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La situación con mi esposa parecía normal: después de mostrar sus ínfulas separatistas, la rutina sumergió el problema momentáneamente. La inminencia de la presentación valía una tregua, por lo menos. Y la noche anterior mis hijas se dignaron a hablarme. Pero para pedirme favores.

Algo era algo, sin embargo.

Ya había averiguado a la fuerza que ser papá es comer ruinas de helados cuando son chiquitas; recoger, en orden de aparición, juguetes, paquetes de chucherías, ropa; dormir de afán, cosa que jamás creí que pudiera suceder.

Cuando las dos eran bebés, pasábamos las noches en vela con su mamá porque tenían hambre, o cólicos, o porque necesitaban un cambio de pañal.

Pero verlas sonreír compensaba cualquier esfuerzo, pese a que solo hay algo más conmovedor que ver sonreír a un hijo, sobre todo cuando es bebé, y es verlo dormir.

Ver que al fin se queda quieto y que uno puede aprovechar.

¿Aprovechar a qué? A dormir uno también. A dormir de afán.

Como adolescentes tampoco dejan dormir; mucho menos ver el noticiero.

Este año, el año de mi infarto, descubrí que ser papá de adolescentes es ser víctima de, para decirlo en palabras parecidas a las del presidente Berto, un verdadero Estado opresor; de una pequeña élite por culpa de la cual uno ha de soportar todo tipo de ignominias:

ya les dije que mis hijas sintonizan estruendosas emisoras en las que retumban letras de reguetón; que me obligan a ver series que solo tienen sentido para ellas; que me piden ayuda para las tareas a última hora, generalmente los domingos, generalmente de noche;

que a mis cincuenta años regresé al grado noveno y sufro desde entonces por sacar una derivada, por despejar una X.

Aunque prefiero sacar derivadas a sacar el carro, especialmente de noche.

Porque lo más difícil de padecer la adolescencia de las hijas es la logística nocturna: aquel momento en que uno las recoge en una fiesta y observa, preso del pánico, que aparecen en escena acompañadas de un cuarteto de amiguitas que viven en los cuatro puntos cardinales de la ciudad,

a las que tendrá que repartir entre bostezos a lo largo de hora y media (mientras sintonizan, cómo no, una emisora de reguetón).

La noche anterior a mi debut, retomo, ambas rompieron el silencio con el que me sancionaban —con el que me cancelaban, como dicen ahora—, y lo hicieron en el momento justo en el que me desplomaba felizmente en el sillón para observar el resumen de noticias.

Necesitaba tomar notas sobre el presidente para mi monólogo.

—Levántate que vamos a ir a la casa de María —ordenó la mayor.

—¿Perdón?

—Perdonado —agregó la menor—. Por hoy puedes llevarnos así, en piyama. Pero sin la ruana.

En vano resultó advertirles que estaba dispuesto a trabajar como conductor únicamente los fines de semana, no en las noches de días hábiles, mucho menos en la única noche en que de verdad necesitaba descansar; que, en lugar de ir a donde María, debían dormirse temprano, hacer tareas: obedecer.

Que además necesitaba estar al tanto de las noticias para poder opinar sobre ellas en mi debut, máxime en este momento de efervescencia y calor en que el presidente de la república Gustavo Berto Orrego se trepaba en el balcón como si fuera el precio del dólar y lanzaba emocionantes vibratos para

que los suyos se tomaran las avenidas con profunda irresponsabilidad, sin pensar en las consecuencias que podrían padecer sus seguidores ahora que salir a la calle es un auténtico peligro; y que, para mayor desprecio, lo hacía bajo el peso de su ridícula gorra.

De modo que esta vez, electrizado por el ejemplo revolucionario que había observado en la pantalla desde que estudiaba al presidente de Colombia, decidí dar un golpe en la mesa, arrancarme el yugo español que me apretaba el cuello como si se tratara de la Orden de Isabel la Católica,

y declararme en rebelión; e improvisé un rincón en el corredor de la sala desde el que me trepé a una silla, a modo de balcón, para radicalizarme de una buena vez.

Con una revista que tenía a la mano, enrollada como megáfono, las increpé:

—Ordenan el cuarto o les saco la gente a la calle —les dije, en el mismo tono de oratoria del primer presidente de izquierdas—; recogen la ropa o se les viene la revolución.

¡Ese cúmulo de normas del establecimiento maleducado que ustedes representan desde hace quince y dieciséis años no será impedimento para que llegue el cambio, privilegiadas!

¡Y olvídense de las chaquetas marca Martín Metalero!

—Es Martín Patalero —me alcanzó a corregir la menor, casi sin voz, desde el estupor.

—Y mi mamá ya nos la compró —aclaró la mayor.

Di otro golpe en la mesa y añadí que mal había hecho su madre al patrocinar sus gustos de yupicitas blancas neoliberales:

—¿Qué sigue en el futuro próximo? ¿Que pidan zapatos Ferragamo?

Para el momento ambas tenían los ojos abiertos, parecían desencajadas ante mi reacción de reaccionario.

Era vidente que los recursos para ganar un mínimo de gobernabilidad como padre de familia estaban funcionando: «¿Con qué tema polarizo?, ¿con qué las asusto?»

, pensaba en medio de mi alocución. «¿Cómo consigo que se dividan para atomizar sus fuerzas?, ¿cómo me salto la división de poderes que tienen con su mamá para sacar adelante mi agenda de padre protector?» .

—Os digo lo mismo que el presidente Berto dijo a sus seguidores: ¡si me toca apelar a la movilización, lo haré!

¡No sacaré más derivadas! ¡No despejaré más X!

¡En la madrugada solo llevaré a sus casas a amiguitas que sean vecinas!

¡El pueblo no puede dormirse!, y en eso se parece a mí, ¡por culpa de ustedes!

Cuando terminé mi esmerada alocución, en el recinto de la sala solo quedaba Serafín, atento, como siempre, a mis palabras.

No se me ocurrió pensar entonces que mi popularidad había mermado.

Al revés: supuse que el pueblo se había dispersado con la conciencia plena de permitir los cambios que acababa de plantear, so pena de atenerse a las consecuencias.

Me di cuenta de que no era así cuando las vi salir en el carro con su mamá.

Ella sí había estado dispuesta a trastearlas.

La seguían dos señoras que había recogido aquel día, a las que después les tuve que ofrecer mis buzos favoritos porque ambas eran friolentas: la señora Marina y la señora Yadira, hermanas y ancianas,

con las que se topó a la salida de su tienda y a las que terminó llevando a la casa como a todas las demás.

Hasta aquel momento, reconozco que jamás les había negado a mis hijas un favor o desobedecido una orden.

Pero no me importó. Era la noche previa a mi estreno.

Necesitaba ver las noticias para nutrir el repertorio.

Pero el noticiero pasó volando con su arsenal de titulares y entonces entré en pánico.

No se me ocurría nada nuevo. Ninguno de mis chistes era bueno: al menos no mejor que el gobierno del que pensaba burlarme.

No sabía entonces si acudir a la noticia vieja de que el presidente había hecho un paseo romántico, con una mujer misteriosa, por las calles de Panamá: no sabía si era muy entrometido.

¿Era demasiado? ¿Tienen derecho a su vida privada los políticos? ¿Tienen vida privada? ¿Tienen alma?

La noche antes de mi estreno tuve que salir a la calle a respirar. El cielo —lo recuerdo— estaba despejado. Aunque nunca tan despejado como X.

Mi novela de iniciación de cincuentón se acerca a la parte más difícil de la trama porque al fin llegó la noche de mi debut, y a partir de este punto todo lo que les he dicho toma sentido, las piezas comienzan a encajar.

No sé si les ha sucedido que sienten que su propia vida se pone en su contra, que los sucesos de su modesta existencia parecen confabularse para arruinarla hasta el final.

Así me sentía el día en que debía debutar. Alejado de mis hijas, distanciado de mi esposa, de pelea con Mariete. Con una oruga de angustia que se arrastraba por mi píloro y no me permitía respirar.

Ese día, como siempre, dormí mal y observé el lento paso de las horas, una por una, como debía sucederles a los condenados a muerte en el último día de sus vidas.

Maté el tiempo como pude. Leí. Oí música protesta.

Oí el concierto de Sabina de Nos sobran los motivos entero.

Es el mejor disco de Sabina. Pueden anotarlo.

Sobre las cinco de la tarde decidí ir hacia el teatro.

Antes de salir acaricié a Serafín, que se volcó de panza a exhibir esa hernia espantosa que le sobresalía del ombligo.

No quedaba cerca, pero quise hacerlo a pie.

Y en completa soledad, naturalmente, porque nadie en la familia parecía haber notado que me enfrentaba al día más difícil de mi vida.

De modo que, sin mayor preámbulo, lancé un grito de despedida general, que nadie respondió, y salí a la calle, y, cuando ya había dado unos pasos, me dio por mirar hacia atrás, hacia la casa, y vi a Serafín en su sitio de guardia: otra vez parado en dos patas, como siempre, asomado a la ventana,

el hocico contra el cristal, ligeramente empañado, la oreja y media en actitud vigilante, y me dieron ganas de regresar, de quedarme con él, me dieron ganas de llorar, de escupir la babosa del miedo que tenía en la boca y no enfrentar a nadie, ni al público ni a nadie,

y acostarme como una larva en el suelo mientras lo abrazaba y sentía algo de tranquilidad, y pensaba en mi mamá, y recuperaba la respiración, y estaba a salvo de algo, a salvo de todo, Serafín y su cola de rata, mi compañero de siempre,

mi único compañero al que no podía llevar al escenario en el día más angustioso de mi vida.

Malditos los que no dejan entrar a los perros a sus teatros.

Malditos los que discriminan a los perros.

Maldito Nicolás Galindo y sus dos asistentes sabihondos y pendejos.

Maldita en general mi vida triste de humorista que siente ganas de llorar a los cincuenta años, mientras camina al teatro y las manos comienzan a sudarle a borbotones, y siente la larva de la zozobra palpitándole en la boca de la barriga.