Serafín 29
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Mariete, pues, me acompañó al teatro, subimos por el camerino, trepamos las escaleras, él salió a la platea, yo salí al vacío del escenario, y tomé el micrófono e improvisé chistes sobre políticos criollos, en especial sobre el presidente.

Chistes que detesté.

Chistes que no me despertaron risa alguna.

Chistes que presagiaban mi naufragio ante un mar de gente.

—Al presidente Berto su calva lo tenía hasta la corinilla y decidió ponerse implantes: ¡qué calvario!

Mi voz resonaba en el silencio vacío de la sala, las manos me sudaban, y oí con claridad la risa de relincho de Mariete.

—¡El cambio prometido era un cambio de look! Como presidente de la ONG Calvos Sin Fronteras, exijo al primer mandatario que afirme o desmienta públicamente si lo de sus implantes es cierto antes de que esta versión, al igual que su futuro pelo, haga carrera.

De nuevo la carcajada de helio de Mariete retumbaba en el salón sin gente.

Al tercer chiste que produjo la carcajada aguda de mi sobrino de pelo de moña me salí de casillas y lo eché del teatro. Fue un instinto, una reacción. Pedí que prendieran las luces y allá mismo, delante del técnico que aguardaba en la cabina, le grité:

—No sigo hasta que te vayas…

—Pero tío, si solo me he reído: ¡está de cojones! ¡Es la hostia!

—Te largas, no me puedo concentrar contigo, ¡te ríes como un tonto!

Fue la primera vez que Mariete, el optimista, Mariete, el entusiasta, hizo cara de pasmo. Como si por primera vez conociera en carne propia el sentido trágico de la vida. Ahora lo recuerdo y me entristece.

—¡Te vas! —le grité—. ¡O no sigo!

Se retiró perplejo, al borde mismo del llanto, y en su mirada veía el mismo rastro de desamparo de cuando me tocaba dejarlo algunas mañanas en la puerta del colegio, y se quedaba detrás de las rejas suplicándome con la mirada que no lo dejara solo.

El pobre y leal Mariete, a quien en mis oscuros días con los nervios de punta también ofendí. ¿Me perdonaría Mariete? ¿Sería capaz de sacar adelante la función de mi debut sin tenerlo a mi lado?

* * *

El estreno de mi nuevo oficio de comediante sucedería un martes 13 y nada podía importarme menos que la fatídica coincidencia de esa fecha que produce angustia en los supersticiosos: ya les dije que no creo en nada.

Ni en el horóscopo, ni en las energías de los árboles que abrazan las modelos, ni en los perros que se mueren por sus amos: en nada. Tampoco en las modelos.

La marea de mi angustia alcanzó su mayor estatura en la tarde anterior.

Es verdad que llevaba noches sin dormir.

Que, a pocos días de mi estreno como humorista, mi vida era una pequeña tragedia, como esos horribles payasos que lloran que mencioné al comienzo: los payasos de Lladró.

Que a las pequeñas debacles cotidianas que se acumulaban cada día —la distancia de mis hijas por haber ofendido a PaolitaPaoPao y a su bebé Matías, la amenaza de divorcio de mi esposa,

mi pelea con Mariete— se sumaba la presión mayor de someter mis ataques de pánico a la prueba más grande de mi vida.

En las madrugadas en vela, contra mi propia almohada oía los latidos nerviosos de mi corazón, desbocado en su ansiedad.

Faltaba recibir, además, la noticia del cáncer de piel de mi papá, de ese Quijote de la Mancha —imaginaba que así lo llamaban en el laboratorio oncológico— que procuraba mostrar una enorme fortaleza para encajar el momento.

Siempre ha tenido la piel dura, si se puede decir así.

Por eso me sorprendió cuando mi celular recibió un diluvio de audios sin voz, audios enviados por error, después de los cuales apareció la foto del resultado de su examen: ¿tenía cáncer?

¿Le esperaba despeñarse por el filo de la enfermedad de forma dolorosa y lenta, mientras yo iniciaba mi nueva carrera?

¿No sería testigo de ella, ni de la adultez de mis hijas?

Un carrusel de fotos color sepia pasó por mi cabeza mientras daba clic al documento en la pantalla: mi papá y yo desde siempre, desde que yo era bebé, desde que me vestía con uniformes de Santa Fe, desde que él tenía pelo y yo, recién nacido, ninguno; desde que yo tenía pelo y él,

un hombre de cincuenta años, ninguno.

Y ahora: cuando nos empata la misma calvicie y mi cara comienza a repetir la suya.

Mi papá, mi leal papá de siempre, se situaba al lado de la muerte mientras el documento del laboratorio oncológico se abría en mi celular y el universo se me reconstruía sin ideales ni esperanzas.