Serafín 28
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«No hay evidencia científica de que un perro muera para salvar la vida de su dueño; sin embargo, hay situaciones que escapan a la razón y solo se pueden entender desde el corazón y desde la espiritualidad»,

decía el artículo de la revista Selecciones que mucho tiempo después una enfermera me acercó a la cama de la clínica.

Odio la revista Selecciones. Odio la superación personal.

Odio toda explicación de la vida que no la conciba como un disparate biológico, terco, organizado y armónico, pero a la vez carente de cualquier sentido: un sinsentido de la materia que no se puede explicar desde el cosmos o las energías, como lo pretenden hacer muchos de sus artículos.

«De acuerdo con algunas creencias, nuestras mascotas no llegan a nuestras vidas por casualidad, sino para dejarnos enseñanzas y aprendizajes —leí al borde del vómito—. Espiritualmente, los perros son protectores energéticos innatos,

esto quiere decir que absorben las malas energías que lleguen a ti o que permanezcan en el ambiente, elevan la energía positiva y ayudan a armonizar el espacio, y por eso se sabe de muchos casos, sin explicación científica, en los que los perros absorben la enfermedad de sus amos,

o la somatizan con otra enfermedad, para salvarlos. Perros que terminan dando la vida por sus amos», remataba el artículo.

Cerré la revista y la tiré a los pies de las cobijas.

Pero para llegar a esa parte de mi vida en que estoy en una cama de hospital leyendo el ejemplar de Selecciones, falta todavía un rato.

Y digo un rato por decirlo de cualquier manera, porque falta, en realidad, que les cuente lo más difícil de esta historia.

Si de verdad quieren saber lo que me sucedió cuando mi esposa me dejó pasmado luego de pedirme el divorcio por haberme convertido en lo que soy, en lo que era —un ser humano tan obsesivo con sus propios asuntos como despreocupado de los de sus hijas o de su esposa—,

deben estar dispuestos a escuchar primero la forma en que me peleé con Mariete y lo que sucedió después en mi debut.

Porque todo es susceptible de empeorar y el cúmulo de desgracias se sueltan una tras otra una vez que la primera se libera.

Y sí: dos días después de que mi esposa me dijera que no me aguantaba más, acaso como un reflejo, yo mismo me escuché diciéndole a Mariete lo mismo. Que no lo aguantaba más a él.

Sucedió en el último ensayo, dos días antes de la función de estreno.

El leal, el «Risa pegajosa de idiota» Mariete me acompañó a la prueba definitiva de mi repertorio.

Para mal del país, y felicidad de sus humoristas primerizos, el primer presidente de izquierdas de la historia de Colombia había aparecido a lo largo de toda la semana con una gorra sideral que no se quitaba nunca, de ninguna manera: viajaba, comía, abrazaba, rezaba, locutaba,

¡recibía jefes de estado en corbata, siempre con aquella cachucha gigantesca, que lo hacía ver ridículamente enano —de talla baja— y ridículamente tonto!

En las noticias informaron que se había sometido a un procedimiento capilar estético: ¡que se estaba implantando pelo!

¿Qué lo llevó a sus sesenta y tres años a tomar tan tardía decisión?

Pero sobre todo: ¿creía de veras que nadie se daría cuenta de su cursi vanidad, tan contradictoria con sus discursos sobre los desposeídos, cuando se quitara la gorra y apareciera, de forma súbita, una frondosa cabellera con la cual podría promover keratinas?

Es el presidente de la república. Lo vemos en televisión todos los días. ¿Suponía acaso que no notaríamos la forma en la que, aparte del poder, se le subía otra cosa a la cabeza?

El primer presidente de izquierdas de Colombia se instaló unos injertos de pelo en la coronilla y yo no podía contar con más suerte.

Me permitiría reciclar lo menos malo de mi material sobre calvos, pero con él puesto en la mira.

Todos aquellos chistes se revitalizarían cuando fueran dichos en función de tomarle del pelo al presidente.

Por decirlo así. Podría sugerirle que lanzara una reforma tributaria para financiarse la compra de una caja de comprimidos de Baricitinib importada desde Europa.