27
Por eso tuve que padecer el viacrucis de ensayar el primer monólogo de humor sin Serafín.
Me hice presente en el teatro, a la hora en que me citaron.
Me esperaban Nicolás Galindo y sus dos asesores.
Ante ellos tendría que someter el arrume de chistes sobre calvos que se caían uno a uno como pelos en la ducha.
Recuerdo haber subido por primera vez al escenario como si enfrentara un pelotón de fusilamiento.
Las escaleras eran empinadas y oscuras y desembocaban en un piso de madera viejo, que traqueaba a cada paso.
En el centro de la tarima había un chorro de luz hacia el que avancé mientras dejaba de sentir las piernas.
Flotaba del miedo. Ocupé mi lugar. Un técnico me acercó un micrófono.
Y, abandonado en la penumbra de la sala, como si escuchara mi propia voz en tercera persona, me oí decir: «Ser calvo es un calvario y se los digo yo, que he sido calvo desde niño, el único calvo del colegio, exceptuando a los profesores, porque había profesores calvos. Como el de Matemáticas…
Se preguntará alguno: ¿qué se siente ser calvo a los quince años? Se siente frío, eso es lo primero que se siente…» .
Y dejé deslizar uno a uno mis chistes sobre calvos en el pozo de un silencio demoledor.
«Los calvos merecemos respeto; merecemos que se refieran a nosotros como personas en situación de discapacidad capilar. Porque no tenemos un solo pelo de tontos. Ser calvo es motivo de orgullo. Por eso propongo hacer el bold parade, y salir a marchar orgullosamente por las calles. Sin sombreros.
Aunque con bloqueador».
Silencio profundo.
«Llevo años enarbolando una defensa de las personas que estamos en situación de discapacidad capilar. Porque los calvos contamos con un sexto sentido que nos permite conectarnos entre nosotros».
Paré de hablar. Alguien de la sala tosió.
—¿O sea que todavía hay alguien ahí sentado? —pregunté.
Nicolás Galindo tardó unos segundos en responder.
—Improvise, compa —dijo, por fin.
—No soy bueno para improvisar —le confesé—. De lo contrario, Berto ya me habría ofrecido un ministerio.
Fue la primera vez que escuché que se reían.
Porque, si de verdad quieren comprender este libro, deben saber que esta novela sucede durante el gobierno de Gustavo Berto Orrego, el presidente de Colombia: un país en el que los malos presidentes se dan silvestres.
Era el primer mandatario de izquierdas que teníamos, y subió con la simpatía de algo más de la mitad de los votantes que al poco tiempo vieron en su semblante presidencial el de un personaje disparatado, cuyos impulsivos trinos brotaban de su cuenta de X como una hemorragia.
—¡Tírese otro de Berto! —me alentó uno de los asesores.
No recuerdo qué dije en ese momento; lo que sí sucedió es que estuve durante cerca de media hora lanzando frases repentinas sobre Gustavo Berto, sobre sus promesas de delirio, sobre su forma de hablar,
mientras aquellas tres personas frente a las que me presentaba se reían con un estrépito semejante al del propio presidente cuando vociferaba discursos en su balcón.
—Hermanito, métase por ahí. ¡Usted es el Luciano de Samósata de la sátira política, papá, usted es Lucilio! —me animó Nicolás Galindo.
—¡Y los Tolimenses! —complementó uno de sus asistentes.
—¡Y los Tolimenses, y todo el humor que le quiera añadir, brother!: ¡es por ahí! ¡Mámele gallo a Berto! ¡Eso es lo suyo!
Aquellos fueron los días en que me obsesioné con el monólogo que debía estrenar y, por ende, con el presidente de la república, cuyos discursos vehementes, en los que solía pedir al pueblo tomarse las calles en contra del establecimiento, arrojaban toneladas de material cómico.
Y esos fueron los días, también, en los que mi esposa me habló del divorcio por primera vez.
Tengo cincuenta años. La edad en la que los matrimonios se hunden como grandes buques tristes. Aparte de la erosión natural de las relaciones que duran décadas, por el lado de mi esposa existían nuevos pretextos para sentirse agobiada.
Lo deprimente es que la noche en que me dijo que se quería separar, lo hizo en medio de una escena doméstica tan obvia que producía vergüenza: sentada en su lado de la cama, mientras se desmaquillaba, después de regresar de la única comida a la que accedí a asistir,
precisamente ante sus quejas de que ya nunca hacíamos planes.
Así de injusta es la vida, así de injusto el matrimonio.
Hasta entonces sabía que envejecer es aprender a celebrar los modestos placeres de la vida y no existe ninguno más importante que la dicha de no salir de noche: la dicha de ponerse la piyama, enfundarse en las cobijas y arrullarse con el zumbido de la televisión hasta el exilio del sueño.
Acaso en ese momento de mi vida había un placer mayor: tomar nota de las noticias del presidente Berto para surtirme de material. Era la manera de seguir la directriz de Nicolás Galindo: «Métase por ahí, papá, sea el Aristófanes de los mamertos».
La noche que me pidió el divorcio, como les cuento, yo había cometido el gravísimo error de aceptar asistir a una comida —¡entre semana!— a la casa de unos amigos de unos amigos de unos amigos, como ella misma me lo pidió.
—Nunca salimos a ninguna parte —me dijo a modo de chantaje, cuando me informó en la mañana de aquella invitación.
—¡Pero ni siquiera sabemos quiénes son! —respondí.
—¿Y?
Las comidas, al menos en Bogotá, vienen envueltas en unos rituales extraños difíciles de comprender. El más absurdo de ellos se denomina «el tour del propietario».
Consiste en que el anfitrión muestra la casa a sus invitados como si fuera el agente inmobiliario que la ofrece.
En determinado momento, la anfitriona suelta una frase tipo «pero vengan les muestro la casa» y se lanza a presidir la ruta mientras el grupo de comensales marcha detrás de ella elogiando lo que le muestren: la cocina, el cuarto de los niños, la habitación principal.
He estado en reuniones en apartamentos muy chiquitos en los que, de todos modos, el anfitrión insiste en hacer la ruta.
Nos apiñamos ochenta personas en una cocina integral diminuta, entramos por turnos a conocer el cuarto principal, creamos un sistema de intervalos para subir a conocer el altillo «donde oye música Jorge», y regresamos a la sala media hora después, lanzando elogios hipócritas,
generalmente apoyados en eufemismos: en lugar de decir que el sitio es infernalmente enano, uno dice que el apartamento es acogedor; en vez de decir que la decoración es de gusto de mafioso, uno afirma que todo es muy auténtico.
En uno de los cuartos siempre yace en la cama un adolescente que, sin desconectarse de su aparato tecnológico, hace mala cara y no saluda, a pesar de la insistencia de los papás.
¿Por qué piensan que a uno le puede interesar conocer la casa?
¿Por qué, puestos en esas, no muestran también el carro, el depósito?
¿Qué quieren que uno elogie? ¿Los calzones que estaban colgados en la ducha?
Invitaron a comer. ¿Por qué no sirven en lugar de estar mostrando «el sitio donde Jorge oye música»?
Tampoco entiendo el resto del ritual: que sirvan al filo de la medianoche, cuando comer da reflujo; que procuren a lo largo de cada minuto de la jornada que uno se emborrache y que, más indignante aún, no lo consigan.
Y que a la salida, ya fuera de la casa, mientras uno conversa de forma cómplice en la calle con los demás invitados, alguien se pregunte de mala leche de dónde habrán sacado los anfitriones tanta plata, si acaso lavan dinero.
El anfitrión de la comida a la que me obligó a asistir mi esposa se llamaba Hernán, era abogado, y después de señalar cuál posición debía ocupar cada uno en la mesa, como si fuera un técnico de fútbol, puso tema de conversación.
—Qué tal esa vaina del presidente en Panamá: ¡se le voló a la esposa! —se quejó, divertido.
—Ahí está pintado, es un inmoral —dijo su mujer, mientras hacía circular el charol de plata con rebanadas de un lomo crudo en el centro, pero quemado en un extremo, como si se tratara de una alegoría política.
—Solo falta que comiencen las expropiaciones, como en Venezuela —volvió al ataque el señor de la casa.
Pensé en expropiarle el pedazo de lomo que se acababa de servir, a todas luces el mejor, porque venía sin nervios. Como él. Que hablaba con suficiencia. Pero no me fue posible: se lo agarró él.
Hernán pontificaba mientras yo me sentía fuera de lugar y solo quería un pedazo de lomo. Solo eso. Pero para mi desgracia, la bandeja estaba en el otro extremo de la mesa mientras yo, en el centro, me sentía inmóvil, incapaz de alcanzarla. La alegoría política no podía ser más amarga.
La única vez que abrí la boca fue para pedir, con discreción y veinte minutos después de haberme sentado, que, por favor, alguien me pasara la comida, la miserable rebanada de lomo que todos habían despreciado y que yacía abandonada en el charol.
La señora de la casa al final se conmovió:
—¿Quieres una tajada? —me ofreció como si plagiara al senador Cancino cuando hablaba de negocios.
En la bandeja flotaba apenas un pedazo menor que deglutí en dos mordiscos, mientras el hambre me consumía sin que pudiera reaccionar: porque el único reaccionario de la mesa era Hernán, que durante toda la noche habló de política y pidió mano dura.
No quiero estar aquí, pensé. Echo de menos mi cama. Echo de menos a mi mamá. Echo de menos a Serafín.
La anfitriona interrumpió mis pensamientos:
—¿Seguro no quieres repetir? —preguntó.
Le dije que no, porque era evidente que no quedaba nada, y soporté con estoicismo lo que faltaba de reunión: el postre miserable, el café eterno, la despedida tan anhelada como larga.
Llegué muerto de hambre a la casa, y después de saludar a Serafín, siempre efusivo a mi regreso, me preparé un cereal, me lo comí mientras ponía el canal de las noticias y me prometí a mí mismo no volver a salir a comidas, y así se lo dije a mi mujer mientras se desmaquillaba.
—Me quiero separar —dijo por único comentario.
—¿De mí? —pregunté.
Así es la vida. Quise despertar al anciano que ella misma había recogido en la mañana para denunciar ante él semejante injusticia.
Mi esposa se quería separar como si fuera yo el desordenado, o el que recogía intrusos y les regalaba su ropa sin consultarle, o el que la obligaba a ir a comidas en casa de gente que apenas conoce. Y entre semana.
Pero no tuvo compasión.
—Desde que te dedicaste a ser youtuber te volviste imbécil —dijo sin una sola sombra en la expresión—. Y no tienes tiempo para nosotras. Solo para las redes. Para tus estúpidos trinos y videos sin los cuales no puedes vivir —remató impasible.
Me quedé en silencio mientras pensaba que, si hubiera grabado la escena, habría tenido muchas visualizaciones.
Bajé una pierna de la cama y con ella toqué a Serafín. No sé por qué lo hice, pero fue mi única reacción.
—Ahora, además, no paras de ver noticias: las niñas dicen que te volviste insoportable, que pareces obsesionado con Berto.
—Yo no las crie: esa es la verdad —me defendí.
—¿En qué diablos te convertiste? —remató sin escucharme.
Iba a responderle que en etnia cósmica, pero preferí guardar silencio.
—No más noticieros —le di mi palabra—. Miremos otra cosa. Una serie de viajes. A Panamá, por ejemplo.
Pero no se trataba únicamente de un asunto televisivo. Tampoco de un juego. Mi esposa, de verdad, se sentía agobiada por mi culpa. No me soportaba.
—Es lo mejor para los dos y para las niñas —me dijo.
—Y para mí, si me permiten un saco para dormir, que hace mucho frío —dijo desde la puerta el anciano recogido mientras ella se ponía de pie y le entregaba el único saco que me hormaba.
Regresó a su lado de la cama y apagó la luz. Me quedé despierto por un rato. En la punta de los dedos sentía a Serafín, sus pelos rasposos, su desvencijada cola de rata. Y el universo se me recomponía sin ideales ni esperanzas.