Serafín 26
78%

26

El otro calvo del que debía ocuparme era mi papá, cuya mancha de la espalda había crecido casi tanto como su nerviosismo.

Inicialmente parecía el mapa de Cundinamarca.

En poco tiempo, se había expandido como si fuera el croquis de Suramérica y él me mandaba todos los días reportes diarios de una zona que podría ser Brasil con pelos, Bolivia sin cordilleras: ¿en qué momento, me lamentaba, aprendió a tomar y mandar fotos?

Mis hermanas lo habían acompañado a hacerse los exámenes cuyos resultados entregarían el mismo día de mi debut, y esa nueva presión me ahogaba.

Porque no pensaba en mi papá. Pensaba en mi debut.

Así ha sido mi vida. Los asuntos urgentes no me permiten ver los importantes y antes que imaginar lo que sucedería si en el informe remitido por el centro oncológico apareciera el término «Positivo para cáncer», y cómo me quedaría doblemente huérfano a los cincuenta años,

me agobiaban las dudas prácticas de la situación: ¿es fácil devolver el dinero de la taquilla?

¿El teatro cobraría alguna multa? ¿Mi fracasado debut sería a la vez el final de mi carrera de comediante, antes, incluso, de que hubiera nacido?

Y ya en un segundo momento: ¿cuánto sobrevive una persona con cáncer de piel?

¿La mancha de la espalda continuaría expandiéndose?

Y más grave aún: ¿él seguiría enviándome sus reportes cartográficos a través del celular?

* * *

La vida de Serafín, entre tanto, consistía en estar conmigo o en esperar a que yo regresara a la casa, únicamente en eso, siempre parado en sus dos patas y con la mirada atenta en el vidrio, hasta mi regreso.

Y una vez volvía, su vida consistía en estar donde yo estuviera, por encima de cualquier circunstancia: podía tener hambre o sed, pero si no lo llevaba yo mismo a su plato, prefería morir por inanición, pero a mi lado.

Aparte de consentirle la cabeza de vez en cuando, no hice nada especial para ganarme todo su cariño.

¿En qué momento merecí que otro ser vivo me considerara su centro de gravedad, el propósito principal de sus días, quizás el único motivo por el cual valía la pena vivir y esperar?

No sé mucho de razas de perros. De niño solía clasificarlos por el pelo: los de pelo largo y los de pelo corto; los de pelo de lana y los de pelo de alambre.

Descubrí de pronto, a mis cincuenta años, que los mejores perros son los que no tienen pelo.

Los perros calvos. Los perros callejeros calvos.

Los que mordisquean en la calle ese gran hueso de mundo muerto que es la luna, como dijo otro autor, cuyo nombre tampoco recuerdo, pero cuya cita se me viene a la cabeza cuando recuerdo aquellas noches en que me distraía mirando a Serafín, e imaginaba su vida de perro abandonado,

las duras noches callejeras a las que tuvo que sobrevivir bajo la luna: me dejaba llevar entonces por una espiral de suposiciones fantasiosas que me alejaban de la responsabilidad de afinar el monólogo de humor con el que debutaría en el Teatro Colombia.

Porque la fecha de mi debut era rígida como el alfiler en el calendario que la señalaba, y la superficie blanca del archivo de Word me absorbía como un hoyo negro.

No se me ocurría nada. Me sentaba frente a la pantalla y me distraía en minutos.

Apenas me devolvía a la realidad la música de Anuel, tartamudo él, boqueto, cuyos mugidos de ternero herido debía soportar cuando mis hijas ponían su música a todo volumen y Serafín paraba las orejas —la oreja y media que sobrevivió a su vida en el asfalto— como si pusiera atención:

¿por qué no podían aficionarse a las canciones de Sabina?

Mi viejo y pobre amigo Serafín, por quien ahora, en este momento, comienzo a ponerme melancólico.

El perro que caminaba parejo a mí, estrenando un orgullo limpio que no había tenido jamás en su vida de perro sin dueños, que sin darme cuenta se convirtió no tanto en mi mascota como en un estado anímico, la forma de resistir los embates tristes del domingo.

Estaba allí sin condiciones. Sin horarios.

Podía derrumbarse mi vida, pero yo sabía que podía apoyar mi cara contra su cuello, consentir su pellejo negro, repelido por los demás y aceptado por mí.

Sabía que podía sacarlo a pasear para sentir, en el fondo, que era él quien me estaba llevando de paseo.

Y utilizarlo de consuelo cuando me sentía derrotado. Porque todos los perros son psicólogos.

Les tenía pánico a las tormentas. Les tenía miedo y desconfianza a los humanos.

A los desconocidos les ladraba con un ronquido afónico, que se desvanecía en el aire y que no conseguía intimidar a nadie hasta que lo veían: porque podía ser el perro más feo del mundo ante los ojos de quienes no sabían mirarlo.

En cambio, me daban ganas de pedir sus ojos prestados para aprender a mirar con su tristeza.

Y esa frase tiene que ser de otra persona.

Con sus encías de pocos dientes mordía a las visitas, y todavía recuerdo aquella vez que mantuvo a raya a mi primo Miguel, a quien no permitió salir del baño hasta pasada una hora y media, cuando notamos su ausencia.

La ausencia de Serafín, quiero decir, no la de mi primo Miguel.

Me asomé para saber qué pasaba y lo encontré montando guardia en la puerta, mientras mi primo gritaba.

En el obtuso y tonto mundo de las clasificaciones caninas, los veterinarios inventaron el rótulo de «perros de rescate» como si en el fondo todos no lo fueran.

Todos lo son. Todos los perros aman a sus dueños sin las condiciones que hay que poner de manifiesto entre los humanos: sin necesidad de pedirles que firmen bajo sello notarial que estarán en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad.

Y jamás abandonan. Y en eso también se diferencian de los humanos.

Les da lo mismo si su dueño tiene cáncer o dinero; si tiene los días contados o tiene todo por vivir; les da lo mismo si su humano vive de vender seguros o si es el autor de la lírica «Tú no eres bebecita, eres bebesota».

Al perro solo le interesa estar con él, dormir a su lado.

Y no hay nada más triste que un perro triste que sobrevive a su amo: está el perro que espera en vano a su persona en la estación del tren en que se encontraban todos cada los días, como el de la película de Hachiko, que vine a descubrir en aquellos tiempos,

y está el perro que se trasteó a vivir a la tumba del humano que lo cuidaba.

Es un caso de la vida real: un perro fue al funeral de su dueño y se quedó a vivir en su tumba.

Se llama Capitán. Todavía duerme al lado de la lápida.

Sucedió en Argentina. El celador del cementerio le sirve la comida que financian quienes lo visitan.

Así imaginaba que sucedería con Serafín.

Imaginaba que me moriría y que él marcharía con mis hijas detrás del féretro, y que se instalaría en Jardines del Recuerdo, como si la gente de Jardines del Recuerdo le permitiera quedarse: estoy seguro de que no, de que lo arruinarían todo con su política de no permitir el ingreso de animales.

Como sucedía también en el Teatro Colombia, donde tampoco permitían animales.

A menos de que se tratara de Nicolás Galindo.