Serafín 25 #3
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25 #3

Por momentos me daban ganas de darle las gracias por quererme tanto, y en alguna tarde de tedio alcancé a imaginar lo que sucedería si llegara a morirse, e imaginé que le ofrecería unas lindas palabras delante de su tumba de pasto: «Gracias, Serafín,

por haberme querido tanto sin que yo haya hecho nada particular para merecerlo. Voy a guardar tu recuerdo para siempre, así como tú te guardas en los huesos de la muerte».

Pero cuando Serafín murió no le dije nada. Sucedió mucho tiempo después, cuando ya nos habíamos convertido en una sola sombra larga, una sola sombra calva.

Por aquel entonces, en cambio —por los días que les estoy contando ahora—, nuestra amistad apenas empezaba.

Mis hijas no me hablaban, mi esposa tampoco, mi papá me tenía en suspenso con el avance de su mancha.

Una asociación de ecosexuales exigía jurídicamente que me retractara, al igual que otra de enanos; en las redes me llovían insultos, pero mis videos eran vistos.

Mis días consistían en grabar con Mariete y en sacar al parque a Serafín, y muchas veces al revés.

También en imaginar mi presentación ante el público y en secarme el sudor de las manos tan pronto como lo imaginaba.

No sospechaba siquiera que estaba por abrir su mano dentro de mi pecho el infarto que me empujaría a la muerte.

Sucedió después. Poque sí: mi angustia de aquellos días consistía apenas en observar, preso del pánico, que el día de mi estreno como comediante se acercaba, y solo pensar en el monstruo de mil cabezas del público que me devoraría en una próxima jornada,

me producía torrentes de sudor y noches blancas de insomnio.

Esos fueron los días en los que trataba de encontrar temas para mi monólogo de estreno.

Nicolás Galindo soñaba con unas palabras torrenciales que torearan a la época y despotricaran de los enanos, los ecosexuales, los transespecie, la generación de cristal y todo aquello que pudiera sacar sangre, es decir, vender boletas.

Yo estaba dispuesto a hacerlo, naturalmente, como estaba dispuesto a lo que fuera por perseguir la fama, por acoger la gloria: desde adoptar a un animal canchoso como Serafín hasta ganarme el odio por siempre de los veganos.

O la solidaridad de los calvos, porque Nicolás Galindo me lo había sugerido:

—Papito, mámeles gallo a los calvos, eso le permite hablar desde Séneca hasta el calvo Vélez: cásquele al calvo Vélez —me sugirió en una llamada, acaso como una orden.

Por esos días, además, los europeos sacaban a la venta una píldora para combatir la calvicie.

Antes de sancionarme con su desdén, mi hija menor me había enviado el pantallazo de una noticia según la cual la medicina acababa de encontrar la cura definitiva contra la alopecia.

Se trata de una pastilla denominada Baricitinib que ya se encuentra a la venta en Europa y es capaz de ofrecer el milagro efectivo de que los folículos se revitalicen.

A cambio, eso sí, de algunos efectos secundarios leves, como resequedad en la boca, acné. O terminar metido en política.

En mi libreta de notas escribí ideas sueltas que podían servir a mi monólogo de estreno: decir que recibí la noticia de que existía una cura eficaz contra la calvicie como si fuera un bálsamo.

Literalmente. También que ser calvo es formar parte de una minoría por la que la humanidad no ha profesado ninguna solidaridad.

Ni siquiera nos acoge la corrección política de la época.

Nos llaman calvos sin pudor alguno: jamás «persona en situación de discapacidad capilar».

Si uno repasa la lucha de la humanidad contra la calvicie, descubre que Hipócrates, padre de la medicina, a quien apodaban el Gran Calvo, se embadurnaba la coronilla con excremento de paloma, desesperado de que su calvicie espantara mujeres: como si no fuera el olor.

Que las célebres coronas de laurel de Julio César tenían el propósito real de camuflar sus lánguidas hebras despobladas.

Que los egipcios se frotaban el cuero cabelludo con aceite, miel y alabastro, mientras la Dinastía XIX, de Ramsés II, se volvía experta en la fabricación de pelucas de pelo natural, como si ser calvo fuera delito.

Los vikingos pelados usaban una loción de excrementos de ganso porque en el guerrero nórdico las frondosas melenas eran tan respetadas como eran irrespetados los gansos.

El único momento en el que la alopecia resultó menos indigna fue en la Revolución Francesa, cuando la sociedad entera utilizaba pelucas.

¿Servirían todas esas reflexiones para engendrar una retahíla humorística que, dicha con gracia sobre un escenario, cosechara la fama y el aplauso?

Redacté entonces un borrador en torno a la pepa definitiva contra la calvicie.

Pensaba informar que el costo del tratamiento ronda los mil euros mensuales, lo cual significa que es una cura para millonarios: para calvos con entradas, así suene redundante.

Y que ante semejante disparate la única salida que nos quedaba a los calvos era la aceptación.

Es más barato. Y exaltar el nacimiento de Calvos Sin Fronteras, la ONG que pensaba lanzar como remate de mi primer monólogo.

Le mandé el texto que acababa de redactar a Nicolás Galindo. Y le pareció como el remedio de los gansos.