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— no había renunciado a dar un favorable golpe de imagen con el atractivo y siempre bien recibido tema del cariño hacia los animales.
De modo que, después de haber rechazado a Serafín, decidió inventar una nueva estrategia que consistió en sacar adelante una declaratoria para decretar al Congreso de Colombia como un lugar pet friendly, en inglés: así fue el comunicado oficial.
Eso significaba que, en adelante, permitiría la entrada libre de animales a la sede del Capitolio, fueran del partido político que fueran: ¿no resultaba un verdadero acto de humor involuntario dejar ingresar animales a un lugar reconocido por tenerlos adentro?
¿No era el paraninfo mismo de las Cámaras un zoológico por la cantidad de bestias y delfines y lobos con piel de oveja que lo habitan?
El senador, entonces, lanzó su idea con bombos y estridencias y quisimos constatar en carne propia el alcance de su medida visitando con Serafín la sede más importante de la democracia, para hacer un video: aquel recinto habitado por zorros de toda índole, zorros y zorrillos,
y por momentos de ratas, para determinar si de verdad eran bienvenidos los animales. O si había gato encerrado.
Nos permitieron grabar por una hora. Serafín se paseó por todas las curules y marcó algunas de ellas con el rigor mecánico de su pierna levantada, mientras Mariete lo seguía con la cámara del celular.
Yo, entretanto, entrevistaba aleatoriamente a quien encontrara:
—Senador, ¿no considera que permitir el ingreso de animales al capitolio es maltrato animal? —le pregunté a un hombre del Partido Conservador famoso por colar micos en las leyes.
Entonces lo vi. O peor, él me vio a mí: el senador Cancino me extendió una sonrisa de tapete, de lado a lado del recinto, y se vino caminando hacia mí, hipócrita, amable, ante el foco encendido de los camarógrafos de prensa que cubrían ese curioso día del animal:
—¡Pero si acá está esa belleza de perrito que yo quise adoptar! —dijo casi a los gritos, efusivo y meloso, mientras se nos acercaba.
Serafín lo miró, indiferente.
—¿Puedo acariciarlo? —dijo con miedo.
—Adelante, senador —lo animé.
Entonces sucedió el segundo milagro de este libro porque, acaso como si hubiera recibido mi instrucción telepática, Serafín mordió de nuevo al senador, lo mordió en la mano, mientras Mariete lo grababa, y las cámaras de los noticieros capturaban la noticia, y sus colegas se le abalanzaban encima,
algunos para ayudarlo, otros para constatar que de verdad estuviera herido.
—¡Saquen a ese perro ya de acá, chite perro hijueputa! —gritó el senador mientras se volvía trizas su falsa careta de amigo de los animales.
—No se ponga así, senador —alcancé a decirle, todo bajo la lente de Mariete—: mejor aplauda que en este recinto usted ya no es el único que da mordidas.
Ese video tuvo muchas visualizaciones, por supuesto, y desde ese día, después del escándalo que armó el senador Cancino, el Congreso de Colombia fue, oficialmente, un lugar pet friendly.
* * *
Serafín me acompañaba a grabar dos veces por semana al estudio, y a escribir todos los días en el escritorio, y en ambos casos se acercaba cada tanto para moverme el antebrazo con el hocico y obligarme a consentirlo.
Y no se trata de convertir esta novela en un relato de aventuras, mucho menos a mi edad: el alopécico señor de cincuenta años que adopta un perro alopécico como él, con el que vive a tope lo que le queda de su vida ya vacía, su vidita ordinaria, y al que su perro lo convierte en una mejor persona.
No se trata de eso.
Pero me resulta imposible no recordar lo que sucedió por aquellos días en que la rutina de Serafín y mi propia rutina se convirtieron en la misma.
Me cuesta trabajo no recordar ya no digo los paseos al parque, en los que me sorprendía mi propia paciencia mientras esperaba a que Serafín repasara árboles u olisqueara a otros perros.
O aquella vez en que hizo parte de un concierto para promover la adopción de perros tristes organizado por la Orquesta Filarmónica.
Los músicos aparecían en el escenario acompañados, uno a uno, de un perro rechazado: perros cojos, perros tuertos, perros ciegos.
Aquella vez Serafín codirigió una pieza clásica en el Teatro Julio Mario Santo Domingo, nada menos que con el maestro Enrique Diemecke, que sostenía la batuta con una mano y la correa de Serafín con la otra, mientras yo me plegaba en la silla de la primera fila, a la vista de él,
para que se sintiera seguro: si me alejaba, comenzaba a aullar con sus aullidos de perro ronco, de perro que no aprendió a ladrar, mientras rasgaba en dos la sinfonía n.o 6 de Gustav Mahler.
Por momentos me preguntaba qué le habría resultado peor a su destino de mascota del azar: si ser un perro callejero o ser el perro de un youtuber.
Pero eran dudas retóricas y falsas, porque el único sufrimiento actual de Serafín consistía en no estar a mi lado: le daba igual si lo rodeaban congresistas o músicos de orquesta, personas de bien o cantantes de reguetón, mientras pudiera recostar su cabeza en mi antebrazo.
Quiero decir que se trataba de un perro al que jamás observé cambiar de humor desde que le permitieran estar conmigo; que gravitaba en torno a mí como la única forma de vida que aceptaba.
Un perro que jamás hacía reclamos si salía a la calle sin él, ni cobraba mi retorno con rencores.
Me esperaba parado a dos patas mirando por la ventana, y siempre me recibía con el asombro intacto de la primera vez, estrepitoso y feliz, gracias al cual convertía los regresos rutinarios de cada noche en una celebración definitiva: me lamía, me olisqueaba, me perseguía,
como si quisiera estar lleno de mí mismo.
Pues en el fondo sabíamos que su casa era su casa porque yo siempre volvía, como yo siempre supe que mi casa era mi casa porque él siempre me esperaba.
Y esa frase también la leí en alguna parte. Pero ya olvidé dónde.
* * *
Ese era el amor que me ofrecía Serafín. Un amor extraordinario para alumbrar los días ordinarios.
Lo único que le interesaba por encima de la comida era mi compañía.