25
La reunión con Nicolás Galindo sucedió en su oficina.
Allá me esperaba con su séquito de colaboradores.
Pisar aquella casona en el barrio de Teusaquillo en la que se habían presentado tantas obras, carecía de cualquier tipo de lógica.
Desde que trabajar ya no era escribir para una revista y tener una relación amistosa con el corrector de estilo y con el diagramador, cualquier cosa podía suceder; y estar allí sentado, frente al gurú del teatro,
hacía parte del delirio de sucesos que me pasaban uno tras otro sin que pudiera meditarlo.
Quiero decir: había tenido que transformarme en youtuber, un oficio que no existía cuando yo era niño.
Incluso que no existía cuando yo era adolescente, incluso adulto: un oficio que tenía tres o cuatro años de existencia.
De modo que recibir ofertas insólitas comenzaba a ser parte del absurdo en que se había convertido mi vida.
—Tenemos una parrilla de obras muy interesante para este semestre —dijo al fin Nicolás Galindo, cuando ya todos estábamos sentados frente a la mesa, con un tinto y un vaso de agua, y tocábamos el tema que nos convocaba—. Vamos a traer a uno de los sobrevivientes de los Andes.
—Yo sobreviví a la Javeriana —anoté, en medio de las sonrisas de cortesía que despertó el comentario en todos.
—Es un testimonio con una puesta en escena hermosa que ha tenido mucho éxito en otras partes del mundo —añadió.
Si quieren que les diga lo que opino sobre los sobrevivientes de los Andes, seguramente cerrarían este libro en este mismo momento y dejarían de hablarme para siempre.
Lo que quiero decir es que la charla era de un sobreviviente del equipo uruguayo de rugby cuyo avión cayó en los Andes, una historia de la que han sacado libros, películas, documentales.
Y, por lo visto, un testimonio con una puesta en escena hermosa que ha tenido mucho éxito en otras partes del mundo.
El éxito de ese accidente, si me dejan decirlo así, es que, para sobrevivir, los que quedaron vivos fueron comiéndose a los muertos.
No digo con placer, no digo que los prepararan con recetas.
Vale decir además que lo hacían con respeto: no es que pidieran el corte del día o que preguntaran si quedaba algo diferente a chatas o muchacho.
Solo cortaban rebanadas de carne congelada y la deglutían a modo de proteína.
Yo no sé si hubiera sido capaz de hacerlo, les digo la verdad. Todo me produce impresión. Y detesto la carne por debajo de los tres cuartos.
Mientras Nicolás Galindo relataba pormenores de la charla motivacional de uno de los sobrevivientes, pensaba que lo bueno de no sobrevivir a una tragedia de avión es que uno no debe dictar conferencias sobre la forma en que esa tragedia le cambió la vida para bien.
Conferencias de lo que aprendió gracias al cáncer.
Conferencias de lo que aprendió gracias a la amputación de las dos piernas.
Y si algo me producía temor de escribir mi primera novela, y que justamente se tratara de un infarto, era eso: terminar mis días paseándome por un escenario con un micrófono de diadema compartiendo con los demás la nueva tabla de valores que descubrí gracias a mi desgracia.
Nicolás dijo entonces que en esa parrilla necesitaban un show de humor; que había visto mis videos, en especial el de mi desahogo, y que apenas lo miró supo que eso era lo que quería: el youtuber de cincuenta que le canta la tabla a todo el mundo, o por lo menos a PaolitaPaoPao.
Quedé petrificado. Imaginaba al público y mi silueta frente al público y sentía que una mariposa negra abría sus alas dentro de mi esófago.
—Hágale sin miedo al éxito, compadre, a lo Séneca —me dijo Nicolás Galindo, que siempre hablaba así: con frases coloquiales y a la vez referencias culteranas—. ¡Firmemos!
Mis manos se derretían como trozos de la nieve de los Andes.
—Pero ¿sería para hablar delante del público? —pregunté de forma ingenua.
Se rio. Se rieron todos, mejor dicho. Creían que era un chiste.
—La verdad es que me siento incapaz de hablar en público.
Que no fuera idiota, que eso se me quitaba. Y que todos los comediantes padecían del mismo miedo al público. Y que había técnicas para disipar el pánico escénico: apretar los dedos de los pies, por ejemplo. O pensar en otra cosa.
—Pero además tengo pésima memoria: no me siento capaz de aprenderme un monólogo de humor.
Que no pasaba nada. Que había técnicas. O que anotaba las ideas centrales en un papelito y lo iba mirando con discreción.
—Si Demóstenes hablaba en público, cualquiera puede hacerlo: ¡y él inventó la oratoria, compadre! —dijo, mientras celebraba su propio apunte con una risotada y un golpe en la mesa.
Demóstenes, para el que no sepa, era un político griego que se enfrentó contra el papá de Alejandro Magno con su oratoria, pero lo valioso en él es que era tartamudo.
Vivía de dar discursos y al tiempo era tartamudo, y se inventó una técnica que consistía en acomodar pequeñas piedras en la boca para mitigar el desastre, con lo cual no solo tartamudeaba sino que además parecía con la boca llena.
Debía escupir boronas. Todo eso lo aprendí cuando tuve que exponer su vida frente al salón.
Ese fue el día en que supe que padecía ataques de pánico.
Demóstenes siempre asumió las burlas con humor, incluso con dignidad. Incluso logró que las burlas fueran su gasolina.
—¡Tú eres nuestro Demóstenes, papá! —dijo a modo de cierre, y me dio una brusca palmada en el hombro que, si yo fuera Demóstenes, me habría hecho escupir las piedras.
Yo sabía que no me estaba llamando por mis dotes actorales; solo por la súbita popularidad que había obtenido por mi video sin filtros.
También sabía que en esta época de hipócritas la receta de ser visible en las redes por decir barbaridades vendía boletas.
Y que vender boletas en un teatro que tenía tanto prestigio como deudas, era la nueva brújula de Nicolás Galindo.
No tengo idea de por qué firmé el contrato que me extendió.
O sí lo sé: porque —ya les dije— me cuesta trabajo decir que no.
El asunto es que me vi acorralado por las circunstancias, por los argumentos de Nicolás Galindo que mezclaba las referencias a Grecia con palabras como «mompirri», por una necesidad urgente de salir de allí, y firmé.
Cuando regresé a la casa me sentí más solo que nunca. Sabía que acababa de cometer un error. Abrí la puerta y me recibió Serafín. Los demás seguían sin hablarme por el famoso video que me lanzó al mismo tiempo a la fama y a la infamia.
Y fue ahí mismo, al cerrar la puerta, cuando por primera vez tuve conciencia de la mirada de Serafín.
Quiero decir: que por primera vez vi de verdad la mirada de Serafín.
Y sellé, sin necesidad de decírselo, una amistad eterna.
Porque mirando su mirada triste, su triste y desamparada mirada de perro abandonado, sentí que no estaba solo.
Y ahora que lo recuerdo me estoy poniendo triste, pero no pasa nada porque muchas veces la vida es triste y esta es la parte triste de mi vida, y a la vez la más bonita, porque en ese momento —fue en ese momento— supe que Serafín jamás me abandonaría.
Que iba a estar conmigo para siempre. Y fui consciente por primera vez de que durante el tiempo que había estado en la casa, me había acompañado: siempre, a todas horas, a pesar de que su presencia fuera invisible para mí.
En ese momento en que era un papá rechazado a modo de sanción por sus dos hijas, el marido de una esposa que lo regañaba por no escucharlas, un posible huérfano de madre y padre; en ese momento en que era un calvo de cincuenta años inmaduro y torpe.
Y mientras sentía como nunca que el universo se me recomponía sin ideal ni esperanza, la mirada de ojos negros de Serafín era el único refugio que me quedaba, y de ella salía un brillo que no había visto nunca en nada ni en nadie.
Mi perro Serafín con cola de rata, que desde entonces y para siempre se convirtió en mi sombra y en mi amparo, y en el único pedazo memorable de lo que soy.
A Gaspar, el perro dálmata cuyos ojos tuvieron que arrancar en una cirugía, lo adoptó la señora Fanny Martínez, una pensionada de sesenta y seis años que había perdido a su marido en un accidente.
Nunca supo dónde lo dejó. A Chabela, la perra que padecía embarazos psicológicos, la adoptó la familia de Pacho Arbeláez, un abogado tributarista buena persona, que tenía dos hijas.
Chontaduro, el gozque de la pata amputada, tuvo mala suerte: fue adoptado por una pareja de jóvenes —él un fotógrafo, ella una modelo— que lo regresó a los tres meses al Instituto, según ellos porque se iban de viaje.
Allá compartió galpón con Vainilla, la perra de labio leporino, apenas por dos meses: porque al cabo de ese tiempo Vainilla amaneció muerta.
Nadie la lloró. Chontaduro todavía espera quién lo adopte.
Góngora, el ovejero que se perseguía la cola, fue adoptado por la familia del novelista Ricardo Silva Romero, y su esposa editora, donde terminó protagonizando una novela para niños.
Y Serafín terminó conmigo, como ya lo saben.
Y me bastaron pocos días para confirmar que la diferencia entre las personas y los perros es que a los perros, efectivamente, nunca se les pasa el amor.
Nunca, suceda lo que suceda. Porque después de los mordiscos iniciales, lentamente, casi imperceptiblemente, su vida se fue plegando dentro de la mía como si fueran una misma cosa.
No me di cuenta de cómo sucedió. Tampoco de cuándo.
El asunto es que, como si la nuestra fuera una relación de siempre, Serafín se sentaba a esperarme donde yo estuviera.
Cuando grababa, se acomodaba a mi lado, en el set de grabación.
Si me ponía de pie, él se ponía de pie. Si me iba a dormir, se dormía en el piso, al lado mío.
Por aquellos días, además (un poco después del auge del video-insulto a PaolitaPaoPao), nos pidieron participar en una campaña para promover la adopción de otros perros rechazados y terminamos grabando juntos, una vez más.
Desde entonces vino conmigo a todas las grabaciones, fueran donde fueran, y protagonizó algunas, como aquella crónica digital de la que fue protagonista.
El oportunista y falso senador Cancino —¿lo recuerdan?