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Mis hijas me han regalado algunos de los momentos más felices de mi vida, no les puedo decir que no: el primer día, cuando nacieron; al séptimo mes, cuando logramos que pasaran la noche de corrido.
Cuando aprendieron a montar bicicleta, cuando me regalaban dibujos en el cumpleaños, cuando se destacaban en el salón o en el equipo de fútbol.
Pero desde que vinieron a este mundo he tenido que padecer los rigores de su dictadura como, estoy seguro, no sucedía en el pasado: en el pasado los papás tenían hijos como poner un huevo, y el hijo iba creciendo en un ejercicio de supervivencia hermoso, porque nunca mandaba, solo hacía mandados.
Hacía mandados y era corregido con severidad y a veces con correa, con Severo Correa.
Aquello podía producirles traumas, pero los llevaban en silencio y eran acríticos.
Si eran adolescentes, obedecían: o al menos yo, o al menos mis amigos y todas las personas a las que conocí.
Si uno les respondía de mala manera, se exponía a cachetadas o a largos encierros en el cuarto.
En mi época, los hijos jamás les levantaban la voz a los papás, en buena parte porque muchas veces ni siquiera había papás.
Pero el adolescente de hoy es desagradecido por naturaleza y su nivel de ingratitud es inversamente proporcional a la atención que ha recibido: a más cursos de estimulación temprana a los que haya asistido, más grosero.
Encima de todo, me había quedado el mal sabor de la pelea por la famosa chaqueta de marca: solo pedían ropa de marca, solo querían ir a conciertos: ¿era eso, entonces, ser adolescente?
Y, sin embargo, nada podía dolerme más que su desprecio.
En ese momento crítico de mi vida, me encerré de nuevo en el estudio, acompañado por Serafín, que todavía no era mi amigo pero ya era mi sombra.
Renegué entonces de mis hijas, y para contener la tristeza de su castigo, recordé momentos del pasado reciente en los que también fui sancionado por los valores de su generación.
Porque quizás se trataba de eso: de un choque generacional; de ofender con el material que en mi época —ahora hablo de mi época como un viejo de derechas— no resultaba ofensivo.
El primero de aquellos momentos que se me vino a la cabeza fue la vez en que las llevé a comprar barbies. Parecía haber sido ayer, pero había sucedido hacía casi once años.
En aquella época, les había prometido comprarles una muñeca barbie a cada una por motivos diferentes: a la menor, por haber pasado el año; a la mayor, a cambio de renunciar oficialmente a sus deseos de ser dentista.
Las llevé entonces a Unicentro, a cumplir con mi promesa.
Ante mi completo estupor, sin embargo, noté que los estantes de la juguetería estaban surtidos con muñecas inspiradas en señoras comunes y corrientes: no había leído, entonces, la noticia de que, para promover la inclusión, la casa matriz las fabrica ahora con medidas naturales,
y que incluso sacó una edición inspirada en Frida Kahlo, con bigotes.
—Quiero esta, papi —pidió la menor.
—¿Con esas caderas? ¡Pero si podría ser una de tus tías abuelas! —le reclamé.
—Y yo esta —se decidió la mayor.
—Pero si parece una profesora de Química, por dios: ¿dónde están las barbies de siempre?
Busqué en vano una barbie de características similares a Carolina Cruz, pero todas parecían réplicas a escala de Angela Merkel: ¿en qué mundo estamos?
, me pregunté, ¿qué nos sucedió? Me resistía a que mis hijas jugaran con muñecas para las cuales ya no venden accesorios como el tocador, sino implementos objetos afines a su físico o profesión:
—¿Qué le vas a pedir al Niño Dios?
—La barbie operadora de call center: ojalá me la traiga con el cubículo y la diadema.
Debatiéndome entre la decepción y la rabia, busqué al gerente del almacén:
—¿Dónde consigo una barbie como las de antes, por favor, señor? —me quejé.
—¿A qué se refiere como las de antes, caballero? Tenemos esta…
—¿Pero qué tipo de señora es esa? —lo increpé—. ¿Está embarazada, acaso? ¡Va a romper fuente! Para ver gente gorda la niña ya me tiene a mí…
—Se dice «bien alimentada», señor…
—¿Y no hay más?
—Tenemos esta de acá…
—¿Esa? ¡Pero si es enana! ¿Vale menos, acaso?
—Se dice «de corta estatura», caballero: todas y todos lo sabemos.
—¿Y una barbie negra?
—Sería la afrobarbie, caballero. Pero no nos quedan.
—¿Y no hay más? —respiré—: ¿ya no venden barbies normales?
—Al revés, caballero, estas son las normales: ayudan a que las niñas carezcan de modelos únicos de belleza y no se obsesionen con su figura.
—¡Es mucho pedir una barbie sin conejos en los muslos —manoteé—; ¡¿una simple barbie sin estrías?!
Era el invento de nuestros tiempos: muñecas gordas. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Un Ken calvo?
Repugnado ante tantos formalismos, empujé de mala gana al gerente, tomé de la mano a las niñas y las llevé a McDonald’s para demostrarme a mí mismo que no estaban obsesionadas con su figura.
Pero entonces me enfrenté a una repugnancia peor, porque el «Empleado del mes» me ofreció la nueva carta de ensaladas.
No podía soportarlo. Hacía cerca de un año, las modelos de Playboy empezaron a aparecer vestidas en los estertores de la revista, ahora Mattel sacaba ediciones basadas en mujeres reales y en McDonald’s vendían ensaladas. Supe entonces que nos esperaba un futuro negro: ¡un afrofuturo!
Aquella vez, recuerdo que regresé a la casa para ventilar mi indignación frente a mi esposa, pero no obtuve eco.
—Mejor que las barbies vengan con todas las medidas —me dijo—: así las niñas respetarán el físico de los demás. Y ten cuidado porque en tus artículos siempre te burlas de los defectos físicos, y ya mucha gente se ha quejado.
—No me burlo —me defendí—: a veces describo las características físicas de algunos personajes públicos, que no es lo mismo…
Los efectos persuasivos de mi mujer obraron milagros en mi conciencia, como siempre, y la charla desencadenó un profundo ejercicio de introspección y autocrítica.
De golpe tenía razón, pensé entonces. A lo mejor reina la ofensa en el mundo, y necesitamos una sociedad correcta y mesurada, probablemente sin humor, es cierto; pero de todos modos libre de conflictos.
Regresé al almacén a comprar una barbie bien alimentada, pero el gerente no me recordaría con cariño:
—¡Este es el que se burla del físico! —me acusó ante sus empleados—. ¡Váyase de acá, calvo pendejo!
«No se dice calvo»,quise responderle: «se dice persona en situación de discapacidad capilar, caballero…».