Serafín 22
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Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo siguiente que deben saber es que mi infarto no se gestó el día mismo en que vi la luz del túnel, ya medio muerto, sino, como he venido sugiriendo, mucho antes.

Claro: hubo un punto de quiebre en esta historia que sucedió cuando mis dos hijas me regañaron como nunca antes nadie me había regañado, y me dejaron de hablar, por aquel valiente video en el que cuestionaba la utilidad de un mundo en que ya nadie puede burlarse de los enanos.

El asunto es que antes los papás regañaban a los hijos, y los hijos ahora regañan a los papás, y tener cincuenta años es hacer parte de una generación en la que a uno lo regañaron los papás y ahora lo regañan los hijos.

Es deprimente, pero es así. Con mi esposa, además, hemos hecho todo por ellas: nos sometimos a los cursos psicoprofilácticos que les comenté; cuando nacieron, las llevamos a otros estrafalariamente costosos, «cursos de estimulación temprana», los llamaban,

en los que unas enfermeras pediátricas nos enseñaban a moverles las piernas y los brazos de forma sincronizada para garantizarles un futuro rico en coordinación motriz: maldita vida burguesa, maldita forma de gastar dinero.

Por ellas, en su momento, renuncié a ver el noticiero y los partidos de fútbol por televisión para ver el DVD de Baby Einstein: imágenes vívidas que se sucedían unas tras otras sin lógica ni hilo conductor, como la vida misma, bajo piezas de música clásica,

gracias a las cuales —según decían— cada niño lograría obtener su versión más inteligente.

En medio del video generalmente a alguna de las dos les daba reflujo, y tocaba interrumpir, pasear, masajear, alzar o, el mejor plan de todos, sacarles un gas.

Eso es ser papá en los tiempos de hoy. Yo fui el control remoto de mi papá, el que debía cambiar el canal del viejo televisor Sanyo.

Como papá, en cambio, tuve que renunciar a mi control remoto, sumir la atención de la casa en Los Backyardigans, repetir la película de Shrek cientos de veces.

Ninguna de las dos parecían tenerlo en cuenta cuando, al día siguiente de haber grabado y subido a las redes mi videoselfie de desahogo general, me cortaron el diálogo. Mi esposa fue más maternal. Por lo menos me sancionaba ya no con distancia y desdén, sino con reflexiones.

Parecía una broma, eso sí, que, descontando el del infarto, el video más viral de mi historia como youtuber no hubiera sido grabado por el leal Mariete, el único que lo celebraba, sino por mí mismo, sin producción alguna: un video ordinario hecho justo antes de acostarme.

Y que ese video me hubiera condenado a la cancelación de mis dos hijas.

Y a las críticas cariñosas de mi esposa.

Y de una señora como de setenta años recién recogida del centro.

Que tenía la camiseta que había estado buscando en los últimos días.