Serafín 21
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Mi propia esposa me lo dijo:

—¿De verdad usas el poder de tus redes para molestar a las personas de talla baja o a un bebé?

Porque, efectivamente, la tarde en que mis hijas me dejaron de hablar, el video de mi desahogo atravesaba los dos millones de visualizaciones y galopaba a buen paso para lograr metas más grandes, y en las redes solamente hablaban de él,

casi siempre con críticas por haberme referido de esa forma a los enanos, a los ecosexuales, a PaolitaPaoPao y a Mati, su hijo.

Me destripaban sin conmiseración. Era protagonista de memes, de hashtags, de insultos de toda índole.

Me gustaría decir que la familia se dividió, pero no se dividió: sencillamente todos estaban en contra de mí. Mis hijas, mi esposa, Juvenal (el señor que mi esposa había recogido aquella semana y lucía los únicos pantalones que me gustaban).

Según alcanzó a decirme mi esposa antes de encerrarse en la misma trinchera de las niñas, mi desahogo no había sido un desahogo sino una excrecencia: pus digital que se derramaba por la pestilencia de las redes.

Una vez más, solamente contaba con Mariete, como el Quijote con Sancho.

—¡Ha sido la hostia, tío, ahora sí la hemos hecho! —me dijo entusiasta cuando apareció en mi estudio esa misma tarde. El video, para entonces, recorría los celulares y dejaba en ellos un quemón para mi imagen del cual supuse que jamás podría recuperarme.

En ese momento ya era consciente de los estragos que mis impulsos habían causado. No había conversación digital en la que no mencionaran mi nombre al lado de algún escupitajo que aludiera a mi edad o a mi condición capilar.

—Mariete: ¿no te das cuenta de que me están masacrando?

—¡Es igual!

—¿Cómo va a ser igual, Mariete? Los noticieros retomaron el video, los medios. La Asociación de Personas de Talla Baja dice que nos van a demandar.

—Es igual, tío: todos hablan del vídeo, nadie del de PaolitaPaoPao…

—¿Y qué tiene que ver PaolitaPaoPao?

—Pues que su video fue una mierda, y el tuyo es un pedazo de vídeo.

Tomó su celular, refrescó la pantalla y me informó.

—Dos millones y medio de vistas en menos de doce horas, colega.

De vistas no, de gente que me odiaba. Recuerdo que le dije:

—Mariete: por favor déjame solo. Necesito estar solo. Quiero hablar con mamá.

—¿Con mi madre?

—¡Con la mía, Mariete!

No se atrevió a decir nada más. Salió del cuarto con la evidente sensación de que me había vuelto loco: no tenía idea de mis conversaciones con las cenizas de mi mamá ni yo ánimo de explicarle.

Me sentía destrozado, esa es la verdad. Salió, pues, y cerró la puerta,

pero era lo que necesitaba: estar solo. Aunque «solo» es un decir.

Acostado al lado de la puerta, Serafín paraba la oreja y media que había sobrevivido a la calle como si comprendiera la escena.

No reparé entonces en cuántas veces había dormido con nosotros y si aquella esquina en la que se acostaba era su nuevo lugar y ya no el rincón de debajo del horno.

Los perros tienen más lealtad que la gente, y más memoria.

Si esta historia fuera al revés, y Serafín la escribiera, seguramente podría compartirles todos los detalles de la forma en que llegué a su vida: «Quiero contarles la historia del hombre calvo al que adopté, que al comienzo era huraño, pero poco a poco se fue apegando a mí:

dormía arriba de mi tapete, en una cama que le instalé, y le permití acompañar mis largas jornadas de siestas diurnas porque era mansito y dócil, y se ponía a escribir».

Recordaría con claridad cada fecha, la progresión de pareja que tuvimos.

Para mí, en cambio, era un personaje menor y secundario en el que apenas reparaba: trataba de reconstruir mecánicamente los hechos que lo llevaron a estar ahí, al lado mío en aquel momento, pero Serafín era tan solo la pieza de utilería de un video con el que no habíamos ganado un concurso.

Les hablo de mi pobre y viejo amigo Serafín, quien para entonces no me despertaba las preguntas sobre su vida que me hice después: ¿cómo habrá perdido la mitad de la oreja?

, ¿en qué pelea?, ¿contra cuántos perros?

Mis hijas no querían hablarme. Mi esposa tampoco.

Yo no quería hablarle a Mariete. Mi papá no me hablaba, pero me mandaba audios: audios de cinco, de diez minutos sobre su creciente mancha.

No me dio la espalda en la crisis de reputación digital más grave de mi vida porque no tiene redes: jamás se enteró de lo que pasaba.

Su relación con la tecnología consiste en cargar un viejo celular forrado en post-its de colores en los que escribe en su letra las funciones de las teclas para poder operarlo.

Y Serafín me acompañaba sin que pudiera advertirlo. Se acostaba en un rincón de mi escritorio sin hacer ruido, con sigilo, casi con temor de existir.

Y, sin embargo, aquella misma noche, la noche de penumbra en que todos me rechazaron; la noche en que me convertí, a mi manera, en un perro calvo y callejero para todos, solo conté con él: con Serafín. Estaba con él cuando recibí el chat que me cambió la vida: al menos la vida laboral.

¿Quién me habría escrito? ¿Con cuál propuesta de trabajo?

Cuando digo que sufro de ataques de pánico al hablar en público lo digo en serio: lo descubrí desde la primera vez que tuve que escuchar mi propia voz delante de más gente, la primera vez que llamaron lista en el colegio.

Cuando llegó mi turno de decir «presente», sentí un gusano de pelos que subía arrastrándose por la garganta: lo sentía caminar con sus patas rasposas, mover el espeso cuerpo de su esponja dentro de mi esófago.

Un gusano que se inflaba cada vez más y me impedía, ya no digamos hablar, sino respirar: se prendía a las mucosas, se inflamaba.

Las manos comenzaban a sudarme, la cara se me congestionaba.

Cuando un profesor decía:

—Para la próxima clase deben preparar una exposición sobre Demóstenes…

Se me caía el mundo a pedazos: la vida se me convertía en un agobiante conteo regresivo para la fecha final, el fusilamiento delante de los compañeros de la clase.

Escribir textos en revistas era una manera de hablar en público sin sufrir. Lo mismo grabar videos: en ellos simplemente debía modular línea por línea frente a Mariete, no frente a personas, no frente a seres humanos.

«Pánico de hablar en público». Precisamente esas fueron las palabras que redacté como respuesta al chat de Nicolás Galindo, el famoso director de la programación del Teatro Colombia, cuando me mandó un chat: «Queremos un show suyo en el teatro».

Las manos me sudaron. No supe qué contestar.

«Necesito que diga todas las cosas que dice en los videos pero en un show de humor acá…» .

Si volví en mí fue porque la sudoración que comencé a sentir me despertó: parecía recién salido de la ducha. Oía mis propios latidos. Tuve que cerrar los ojos, concentrarme para respirar.

La sola imagen de pararme en un escenario me atraía, pero a la vez desataba un pequeño huracán de ansiedad que destruía el poco equilibrio que me quedaba.

Leída hoy en día, la respuesta que entonces le di era una verdadera tontería: «¿Y habría que hablar en público?».

«Sería una temporada de cuatro presentaciones», me respondió. «Arrancaríamos el próximo mes, confírmeme para apartar la parrilla…».

Sentí el peso del mundo enterrándome en el lodo de mi ansiedad de siempre. Sentía que no podía con tanto. Cuatro funciones. El Teatro Colombia. Y tuve ganas de morirme sin morir.

«Avíseme ya», me dijo.