Serafín 20
57%

20

Porque sí: las dos hijas que a partir de ese momento dejaron de hablarme recibieron todo tipo de cuidados exagerados previos, incluso, a su nacimiento.

En búsqueda de su bienestar, antes de que nacieran, asistí a cursos psicoprofilácticos dictados por una enfermera bajita, casi de talla baja, si prefieren que lo diga de ese modo, que se mostraba alegre y entusiasta cada mañana.

—Los papitos tomamos una colchonetica azul —ordenaba en voz alta, lo recuerdo.

Siempre he desconfiado de quienes dictan órdenes en plural y diminutivos, asunto muy propio del gremio de la salud: «Tenemos una herniecita hiatal y vamos a suspender la comidita picante», dicen los gastroenterólogos en medio de la más desoladora impunidad,

del mismo modo en que esta mujer decía impunemente la palabra «papitos» para referirse a los hombres, y ella se incluía en esa mención: los papitos vamos a consentir las barrigas de las mamitas y les vamos a decir que las queremos mucho para que los bebés empiecen a sentirnos.

No los pienso aburrir con detalles. Además, comprendo que esta parte de mi novela de iniciación es prescindible.

Pero se me eriza la piel de la rabia cuando recuerdo la orden que nos daba la enfermera de presentarnos ante los bebés.

¿Cómo? Acercándonos a la barriga de las mamitas para que nos fueran reconociendo la voz.

Uno por uno, para que todos nos empezáramos a integrar, cada papito tenía que saludar con nombre propio a su hijo y decir la misma frase mientras los demás hacían silencio.

Soy tímido para estas situaciones. No me gusta sentirme observado. Sufro de pánico escénico. Se los he dicho varias veces. Y en el lugar había tres parejas más. Por eso me puse rojo en el momento en que me oí a mí mismo hablando con la barriga de mi esposa:

—Hola, soy tu papito y te estoy esperando con cariño.

Lo dije con la voz rota por la presión de sentirme observado, y la enfermera me lo hizo repetir, como me haría repetir todo en adelante: solo para gozar con los estragos que mi propio pudor me causaba cada vez que tenía que hablar delante de los demás.

Porque siempre me ha producido terror hablar frente al público. Y más frente a una barriga.

A la tercera sesión del curso psicoprofiláctico mi esposa me llevó como si me estuviera arrestando.

Fue la sesión en la que nos adentramos en la parte escatológica del parto, porque la enfermera describía unos sucesos que causaban náuseas, y desde entonces me sentí intimidado por estar ahí, delante de ese montón de adultos en sudadera,

a los que les escuché emitir unas preguntas tan privadas como repugnantes con una naturalidad vomitiva:

—Señorita: ¿es normal que las hemorroides de mi señora sean así de grandes? —preguntaba un señor canoso, como si estuviera hablando de un pedazo de churrasco.

—Es verdad, son así —complementaba la esposa—, y además mi flujo está cambiando de consistencia.

—A mí lo que me pasa es que el reflujo se me sube a veces hasta la boca y cada vez siento el estómago más inflado —comentaba una señora de la élite bogotana.

—A mí me pasa lo mismo —intervenía su esposo, a pesar de que no estaba embarazado, pero se permitía la licencia de comentar sus miserias.

Además de soportar todas las descripciones escatológicas, me sometí al método pedagógico de la enfermera que iniciaba una frase y la dejaba pendiendo de puntos suspensivos para que uno la completara.

—A ver, el papito de allá: la tensión alta en la mamita es síntoma de…

—¿Toxoplasmosis? —trataba de adivinar yo.

—Preeclampsia —se metía el señor del estómago inflado para corregirme con suficiencia.

—Exacto, preeclampsia: muy bien el papito de atrás.

Luego llegó el módulo de la lactancia y asistí, entonces, a la destrucción erótica de la teta.

La enfermera no le decía teta, claro: tenía la miserable corrección política de decirle seno, como si con ello las tetas fueran menos tetas.

Por más de dos horas oí hablar de lo que en su momento era el misterioso mundo de las tetas como si fueran trapos vulgares: con una teta de plástico la enfermera les iba diciendo a las señoras que agarraran el pezón así, que lo tomaran de este modo para que no se cuarteara,

que se hicieran un masaje de esta forma para que les saliera el calostro, una de las palabras más feas que he oído: calostro, calostro.

Que la moviera, que la zarandeara, que la pellizcara hasta que en mi mente apareció la imagen de una teta lánguida y desinflada que visualicé en el momento en que la enfermera, pícara, remataba la charla con estas palabras:

—Eso sí: que durante este tiempo los papitos se busquen otro juguetico.

Así era la enfermera de la que me acordaba precisamente ahora, cuando la realidad me demostraba que los cursos psicoprofilácticos no servían para nada, que haberles lanzado frases de amor a mis hijas a través de la barriga de su mamá,

con la esperanza de que reconocieran mi voz viajando por la ultratumba de membranas y placentas, había sido una estafa.

Les hablé desde que estaban adentro para que, quince años después, sean ellas las que no me hablen. Ese es el resumen de la vida.