Serafín 19
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Por la misma época en que traté de regalar a Serafín, mis hijas dejaron de hablarme.

Habíamos quedado en que subí el video selfie con el inventario de mis rabias sin que el mundo me importara y me fui a dormir en el acto.

Amanecí entonces con una sensación de abatimiento disipada gracias a la cual me sentía liviano.

Los efectos terapéuticos del desahogo habían arrojado sus resultados.

La tranquilidad que había alcanzado me ayudaba a notar lo tonto que había sido, a dimensionar la idiotez general de mi verdadera derrota: la forma en que me tomé tan en serio hacer una colaboración con Beto Botero, el remolino de la ansiedad digital que me arrastraba,

todo aquello en lo que me había convertido en esta nueva era, por completo diferente a mi temprana vida como periodista, cuando trabajar era revisar fotos físicas en una mesa de luz y marcar con una crayola las que servían.

Cuando nadie sabía si un artículo era viral.

Cuando ser visto —ser leído, mejor dicho— no era una presión sino un destino, y los días pasaban en el apacible cubículo de una sala de redacción llena de gente a la que uno conocía.

Mis dos hijas aparecieron en la cocina cuando, como todos los días, me servía el café. Estaban en piyama. Una de ellas —la mayor— con el celular en la mano.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —me dijo mientras señalaba el aparato.

—¿Sabes quién nos va a volver a hablar en el colegio? —añadió la otra.

—¡Eres un tonto! —me gritó la mayor.

—¡Un animal! —agregó la segunda—. ¡Las personas de talla baja no merecen ser matoneadas por un anciano como tú!

—¡Qué cretino! —remató con un grito la mayor.

—¡Y Matías es un bebé divino! —concluyó la segunda, mientras daba la vuelta.

Tardé en comprender que el video que acababan de observar en su celular era el que yo he llamado «mi desahogo».

Ellas y casi toda Bogotá: el senador Cancino, me imagino; Ricardo, el que cuidó a Serafín…

Protagonistas, antagonistas, personajes menores de mi primera novela de iniciación: todos vieron el video en que yo lanzaba mi grito de independencia en medio de esta desquiciada dictadura digital.

No sé lo que habría ocurrido si algún día yo le hubiera dicho a mi papá que era un cretino, si le hubiera gritado a mi mamá que era una tonta.

Y no lo sé porque jamás lo habría hecho.

Sabía respetarlos, y perdónenme que hable como un viejo de derechas: sabía respetarlos a pesar de todo.

Sabía respetarlos y lo hago hoy en día. Jamás me escucharán gritándole a mi papá:

—¡Pendejo, no mandes audios de siete minutos!

Jamás me escucharán diciéndole a las cenizas de mi mamá:

—¡No te riegues de este lado que acaban de aspirar!

En cambio, en medio de la más lamentable impunidad, mis dos hijas me lanzaban insultos como si yo fuera un árbitro de fútbol.

Resultaba increíble que se tratara de las dos mismas niñas con las que me comunicaba a través de la panza de la mamá, por orden de una enfermera.

A las que les decía que las esperaba con cariño.

Enfermera que era enana. Así ya no se pueda decir que hay gente enana.