18
Quince días después de que llegó a nuestra casa, el perro Serafín-al-que-nadie-quería-adoptar me había mordido dos veces, sí, y se había meado en las cenizas de mi mamá, y no había sido lo único: en apenas unos instantes acabó con mi vida, con mis libros,
con las pocas cosas a las que les tenía respeto, a las que les daba valor.
El tal Serafín resultó el perro más alevoso y ruin de todos los seres vivos que había conocido.
Y el más cochino. No había rincón que no rociara levantando la pata.
Los muebles, la biblioteca, cada cosa amanecía recubierta por el suave rocío ámbar con que el perro de nombre de ángel señalaba lo que era suyo, marcaba cualquier terreno como si fuera una porción de su nube celestial.
Si mi vida fuera una película, este habría sido el peor momento del protagonista. Se supone que de acá, de este momento, tendría que levantarme. Si aspiraba a ser el héroe trágico de mi propia existencia, este era el momento en el que tendría que resurgir de mis cenizas.
Pero mis cenizas estaban mojadas por culpa de Serafín.
¿Qué diablos podía hacer con ese perro después de que el video que grabamos, encima de todo, no había servido para nada? ¿A quién regalárselo?
Solo había una persona que podía interesarse por Serafín: el senador Cancino.
Tanto mi esposa como mis hijas me habían contado la historia de la disputa por la adopción de Serafín con el senador, incluso que el senador se lo llevó, a pesar de sus ruegos, pero lo devolvió porque Serafín hizo con su brazo lo que él con el erario: le metió el diente.
De modo que, sin pensarlo dos veces, acaso envuelto todavía en un último efluvio de ira, arrastré al canchoso al carro y conduje hasta el Senado de la República.
Como era día laboral, el senador tardó en llegar una eternidad. Yo no tenía cita previa, es verdad, pero me hice presente con el derecho que me confería ser un ciudadano que quiere conversar con su empleado, el servidor público.
—Senador —le dije tan pronto como lo vi, después de dos horas de espera—: me presento, soy el periodista que adoptó al perro calvo.
Hice énfasis en que era periodista, aunque omití que de sátira, pero de todos modos no era necesario porque me reconoció. A estas alturas deben saber que mi oficio como columnista de humor, y mi posterior conversión en youtuber, me otorgaban algo de fama en algunos círculos políticos.
—Dígame —me respondió con sequedad, casi con amargura.
—Vengo a ofrecerle al perro calvo, senador.
—¿Perdón? —se sorprendió, como si acabara de decirle un insulto en clave.
—El perrito que usted quiso adoptar, senador. Mi esposa me contó el interés genuino que usted tenía por el perrito y me dije: «Ya tengo perros, voy a regalarle este perro al senador».
El senador goza de una extraordinaria reputación, en el sentido literal. Sería por eso que me miró de arriba abajo, como estudiándome, y me invitó a pasar a su oficina.
No sabría cómo describirla. Tenía medallas de todo tipo, órdenes al mérito con su nombre repujado en bronce. Fotos con personalidades: con el presidente, con generales, con el papa. Jalé de la correa a Serafín, que se sentó en el piso con un juicio que pocas veces tenía, al lado de la silla.
—He visto sus contenidos —me dijo al fin.
—Gracias, senador.
—A veces tiene razón, a veces no.
—Como todos, senador.
Hizo silencio. Se puso de pie. Recorrió lentamente los estantes de su oficina. Se agachó frente a Serafín, guardando la distancia. Y al final me dijo:
—¿Y usted por qué cree que yo también puedo querer al perro ese? ¿No ve esta cicatriz que me dejó?
No la veía, esa es la verdad. No se le veía nada.
Pero era cierto que Serafín lo había mordido, como me había mordido a mí, y si de verdad quería deshacerme del perro, no tenía más alternativa que la de ser amable y convincente,
como procuré serlo cuando le expliqué con mi mejor voz que mi esposa y mis hijas me lo habían llevado de regalo pero que en la casa ya había suficientes perros.
—Y suficientes calvos —añadí a modo de chiste.
No se rio. Se sentó de nuevo y me miró de frente.
—¿Y entonces quiere que yo me lo lleve para que me muerda de nuevo?
Serafín, lo recuerdo, levantó la mirada y bostezó.
—Usted está encartado con ese perro y me lo quiere chutar a mí —me dijo con su mirada más severa—. Y ese perro muerde.
—No muerde: esa vez estaba nervioso por las circunstancias.
En el Congreso de la República hay políticos que parecen bautizados por novelistas sin experiencia, como yo. Recuerdo uno que se llamaba Severo Correa: parecía chiste pero era verdad. Hablar sobre un perro con un senador de apellido Cancino parecía un chiste, pero era verdad.
No supe qué decirle, pero no era necesario decirle nada, de todos modos, porque él mismo quebró la tensión del ambiente con una carcajada.
—Claro que sí, mi querido periodista, mi youtuber: ¿youtuber es que se dice? —me preguntó en su versión más jovial—. Me interesa el perrito. Y me lo entrega haciendo un video bien bonito, en el que yo aparezca rescatándolo de las garras de un antiecosexual, de un cretino antibebédePaolitaPaoPao.
De modo que no quería al perro: quería una vez más ser tendencia, sumarse al ruido digital protagonizando un video que, visto de otro modo, era el de un creador de contenido viral pero cancelado, que adoptó un perro calvo al que todos rechazaban,
y decidió rechazarlo él también de la manera más asquerosa posible: regalándoselo a un político. ¿Podría haber algo más repudiable?
—No me parecería correcto, senador; creo que estas cosas deben hacerse con elegancia, con discreción.
—En un acto público, amigo youtuber: bien lindo el acto, para que los demás vean la importancia de adoptar.
—Sería incapaz, senador: sufro de ataques de pánico cuando me toca hablar en público.
Difícil comprender que pudiera existir una persona más oportunista que el senador Cancino, cuyo amor por los perros era un mero pretexto: seguro quiso adoptar a Serafín únicamente para utilizarlo, ganar fama, seguidores, ¡likes!
Justo como yo.
Solo le faltaba haberse inscrito en el concurso de «Grabe un video con Beto Botero».
Pero así somos los periodistas. Tenemos rabo de paja, a diferencia de Serafín, que tenía rabo de rata: esa cola negra, larga y desnuda que en ese momento podía tocar con el borde del zapato.
Se quedó pensativo.
—Yo le recibo el perro si hacemos ese video: sin video, se me puede retirar.
Camino de regreso repetí varias veces este verso: «Casi te alegras de que hayan atropellado al pobre perro, si no, no habrías escrito nunca ese poema»; les dije que recito poemas mentalmente con frecuencia. Es una forma de calmar el ruido mental y darle curso al mundo.
Mientras lo tiraba del collar, la mirada de Serafín tenía un brillo de orfandad que me conmovía: miraba como miran los perros tristes, como solo saben mirar los perros tristes.
El pobre Serafín. No sé si fue el cúmulo de culpas por haber tratado de regalarlo, pero recuerdo que me pregunté por primera vez qué tipo de vida habría tenido, por qué tenía una raja en la oreja derecha,
si de verdad el alma de un perro callejero era más grande que la de Walt Whitman o cualquier poeta que uno le ponga por delante, pobre perro.
Y pobre Walt Whitman. Y pobres todos, como solía repetir Mariete: siempre decía que ese sería su epitafio.
En cualquier situación, si uno se fija bien, pobres todos.
¿Dónde habría nacido?, ¿en qué circunstancias?, ¿de cuál perra? ¿En cuál esquina oscura de qué calle, de cuál taller? La herida de la pata derecha ¿cómo se la ganó? ¿Cuántos años tenía?
Mi esposa me había dicho que Ricardo, el señor que lo cuidaba en la perrera de Bogotá (que ya no se llama perrera sino Instituto de Perros Abandonados, porque ya casi nada se llama como antes), le había dicho que, por la calidad de los cuatro dientes que le quedaban, podía tener seis años.
Pero podía tener cualquier edad, era un perro sin edad, sin pelo. Y sin educación.
Cuando entramos de nuevo a la casa, luego de abandonar casi de mala manera el horrible despacho del senador Cancino, Serafín me arrojó una mirada que jamás observé en ser vivo alguno, animal o humano, humano o político,
y ahora me estoy poniendo triste porque me acuerdo de esos ojos y me dan ganas de llorar, y recuerdo ahora la historia de aquella familia a la que se le murió la perra que ladraba cuando llegaban a la casa, la perra que ladraba cuando sonaba el timbre,
y se dedicaron a recoger los pelitos blancos que soltaba por los rincones de toda la casa y no eran capaces de botarlos con la esperanza loca de armarla de nuevo.
Jamás habría sido mi caso. Porque Serafín era calvo. Y no soltaba pelos.