Serafín 17
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Sucedió así: el lunes siguiente, a las ocho de la noche, se cerró oficialmente el concurso de la editorial. El video de Serafín obtuvo 823.000 visualizaciones. El de PaolitaPaoPao 844.000. Esa era la inmodificable realidad.

No le tuve que dar el parte de la derrota a Mariete, fue al revés. Mariete me lo dio a mí. Y lo hizo delante del resto de la familia: de mis dos hijas, de mi esposa. Y de don Fermín —creo que se llamaba así—, el señor recogido de la semana, que sorbía una sopa caliente mientras tanto.

Lo recuerdo porque estábamos en el comedor, a punto de almorzar.

—No ganamos: ha ganado la zorra de PaolitaPaoPao —concluyó Mariete, mientras mis hijas protestaban, mi esposa me miraba, conmovida, y don Fermín, o como se llamara, aplaudía. No se sabe por qué. Ni siquiera sabía quién era PaolitaPaoPao.

Si de veras quieren saber cómo me sentí en ese momento, debo reconocer que me dolió la vida.

El perro estaba acostado en su cojín rojo, debajo del horno, indiferente del todo a la tragedia digital de mi carrera.

Mis hijas comenzaban a hablar de otras cosas.

Don Fermín pedía más sopa. Mi esposa se la servía.

Mientras mi teléfono no dejaba de vibrar por los audios y fotos que mi papá me enviaba detallándome los avance de su mancha.

La vida no tenía sentido. Y el dueño de la tabaquería se habría sonreído.

Seguiría condenado al tamaño mediano de mi vida como youtuber. A celebrar videítos de 200.000 visualizaciones. La fama internacional que obtendría por grabar con mi examigo Beto Botero jamás llegaría.

Me fui, pues, a mi estudio: un apretado rincón de libros desde el que escribo y en una de cuyas repisas guardo las cenizas de mi mamá.

Fue en ese momento en que Serafín, de forma insólita, apareció en el cuarto en el que trabajo, y su presencia habría sido una forma de solidaridad que cualquiera agradecería de no ser porque olisqueó el piso, olisqueó la mesa,

olisqueó el altar de mi mamá y levantó la pata trasera —la horrible y negruzca pata pelada— y se meó sobre lo único sagrado que tenía mi vida.

No fue un goteo. No fue para marcar territorio, como explican los veterinarios.

Fue para saciarse para siempre, para desocuparse de sí mismo: aquel estallido casi fluorescente empapó el cofre y estoy seguro de que lo filtró, y podía imaginar las lentas gotas sobre las cenizas grises de mi mamá, la forma de convertirlas en barro, en greda;

perro miserable que solo había traído desastres a mi vida.

Entonces exploté. Lo amenacé con pegarle una patada y lo expulsé del cuarto en medio de insultos semejantes —lo pienso ahora— a los que había recibido toda su vida: «¡Fuera de acá, perro canchoso!».

Salió a perderse y cuando quedé solo quise llorar, pero me contuve.

Estuve a punto de comentarle algo a mi mamá, pero no me parecía el momento. Voy a esperar a que se seque, pensé de manera absurda.

En el viejo equipo de sonido en el que oigo mis CD, puse algo para calmarme. Di play y sonó una canción de Pablo Milanés: «Todavía quedan restos de humedad».

No podía ser más impertinente. Fue la canción que Milanés le compuso a su empleada de servicio, cuando le recriminaba su trabajo:

—Todavía quedan restos de humedad —le decía—. Y acá hay polvo.

Polvo como decir cenizas.

Y allá, exiliado en el cuarto en el que trabajo, me quise morir, esa es la verdad, y mientras oía a Milanés traté de calmarme y de volver a la vida: prender el computador, entretenerme con las redes sociales, regresar a mi triste realidad de youtuber derrotado.

Por instinto, revisé si tenía correos y encontré uno cuyo título resplandecía: «Anuncio de demanda», decía.

Abrí el correo y leí lo siguiente:

Como presidente de la Asociación Colombiana de Personas en Situación de Ecosexualidad, me permito informarle que nos sentimos discriminados con su contenido publicado el día 22 del mes anterior, y antes de pasar a las acciones jurídicas que los abogados de nuestra asociación están considerando,

lo instamos a que a la brevedad:

Retire el video en cuestión de todas sus plataformas.

Grabe un video en que pida perdón a toda la comunidad ecosexual que haya podido sentirse ofendida con sus opiniones.

Se acerque a nuestras instalaciones para que nos conozca y sepa de verdad quiénes somos y en qué consiste la visión de mundo de la ecosexualidad.

Lo firmaba un tal William Palma: apellido verdaderamente grotesco para un ecosexual. O a lo mejor lo adquirió de su esposa.

Y, entonces, allí mismo, mientras las últimas palabras de aquel correo se mezclaban en mi cabeza con las del video de PaolitaPaoPao, me sumergí en una alberca de rabia que hasta entonces no había conocido, y sentí odio, un odio en estado puro que no me permitía respirar:

un odio que se me regaba por dentro como una lava ardiente; y comprendí que no podía más, que no quería más.

Y se me vinieron sin querer los momentos extraños de mi vida, que son los más recientes, y como si me invadiera un espíritu que no era mío, tomé el celular, lo puse en modo selfie, y grabé el más brutal y descarnado video que hubiera hecho en mi vida.

Perdónenme las palabras, pero así sucedió.

Me cagué en todo. Informé que los ecosexuales me querían demandar y los insulté con el alma.

Dije de paso que PaolitaPaoPao era la más cretina de las creadoras de contenido que habían nacido, la más insoportable; la más pendeja.

Dije, atención con esto, que me cagaba en Mati, es decir en su bebé; que no soportaba que lo utilizara en cada uno de sus videos; que no soportaba, en términos generales, a todas esas actrices y modelos que suben a sus cuentas de Instagram fotos provocadoras, en vestido de baño,

lo cual está muy bien, en tanga, lo cual está muy bien, pero con textos en que advierten que el universo conspira para que uno sea feliz, e invitan a perdonarse y a honrarse y aceptarse como uno es, con ese verbo: honrarse.

Modelos y actrices admirables que publican retratos con sus bebés acompañados de escritos en que les hablan a ellos: «Mi Mati hermoso, gracias por ser mi amigo y mi maestro, gracias por enseñarme a ser mamá», como lo hacía la misma PaolitaPaoPao.

«¡Tu Mati hermoso tiene cinco meses, PaolitaPaoPao! —grité—; ¡no sabe leer, no tiene cuenta en Instagram! No le escribas a él, que además no es tu maestro: ¡es tu hijo! Y no te honra».

Vomité una viscosa retahíla de adjetivos contra ella y contra esta época sin lógica en la que nada tiene sentido: me cagué en los ecosexuales y en los enanos, lo mismo que en las modelos de Instagram lo mismo que en todos los que no permiten que uno diga un chiste, uno solo,

sobre alguna minoría sin que lo condenen al ostracismo: ¿en qué momento ya no se pueden hacer chistes sobre los enanos? Me quejé: ¡dónde quedaron los valores!

Dije lo que jamás habría dicho. Subí el video sin que el mundo me importara. Me fui a dormir en el acto. Y el universo se me reconstruía sin ideal ni esperanza, y el dueño de la tabaquería se sonreía.