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No sé cómo hice para dormir y trabajar durante los días en los que la editorial definía el nombre del ganador del concurso.
Mi rutina diaria consistía en despertarme, refrescar la pantalla del computador y observar el conteo de vistas del video y la forma en que el potente chorro digital del comienzo se adelgazaba poco a poco hasta ser un goteo leve que de todos modos no arrojaba un mal resultado:
una semana después de publicado, cuando la fecha para dar por terminado el concurso estaba próxima, el video en el que Serafín me mordía llegaba a la nada despreciable suma de 762.000 visualizaciones.
No era un millón, es cierto; no eran siete dígitos.
Pero no estaba mal. Nada mal, al menos, si tenemos en cuenta que los demás participantes se iban descolgando poco a poco: el video de Sebastián Villalobos se había estancado por las 400.000 vistas; el de Kika Nieto languidecía tras cruzar el umbral de las 500.000.
En la recta final quedábamos nosotros y, claro que sí, ustedes se lo imaginan, PaolitaPaoPao, la infinita, la insoportable, la indignante barbie digital cuyos mensajes de empoderamiento maternal daban la vuelta al mundo mientras un aparato Philips Avent le succionaba leche.
La carrera estaba cerrada. Los videos debían competir una semana entera y me dediqué a promover el nuestro con el alma, desde todas las redes, como tirando de una cometa sin viento, para sacar hasta los últimos embistes de visualizaciones.
El concurso absorbía cada uno de mis pensamientos.
Si me preguntan en detalle qué pasó en aquellos días, les juro que no sabría qué decir porque los viví absorto en mis cálculos.
Imagino que mi esposa recogió a otra persona de la calle, que mis hijas asistieron al colegio, que fueron a una fiesta.
Supongo también que habré ayudado a mi papá a instalar algún objeto de la vida moderna, un Betamax, acaso.
O a responder sus audios. De varios minutos.
Lo que es seguro es que habré pensado en mi mamá, como lo hacía de forma repentina, en cualquier momento del día: arremetía como un toro un pensamiento lúgubre que me aplastaba el cerebro y me dejaba pasmado.
—Si hubieras conocido a Serafín, lo adorarías, porque seguramente a ti no te mordería —le dije entonces a la bolsa de sus cenizas con la que generalmente hablaba cuando sucumbía en la derrota.
No era cierto. Mi mamá jamás tuvo perros. Era una mujer elegante. Creía que hacerse notar era de mal gusto. Jamás habría podido ser influencer. Cuando supo que tenía cáncer prefirió no avisarle a nadie, para no molestar.
Luego de que se murió, me quedó un dolor por dentro parecido a respirar con dificultad que poco a poco se fue convirtiendo en una música de fondo cuyos decibeles aprendí a dominar, aunque todavía puede suceder que por un sueño a traición, o un recuerdo en concreto,
el volumen suba de nuevo y yo me sienta más solo que nunca, así nadie lo sepa. Para no molestar.
Poco a poco fui perdiendo el sentido protocolario de las charlas con las cenizas, el lado ceremonial, y les comentaba asuntos ordinarios de mi vida, pormenores de mis agobios conyugales, las peleas con mis hijas por culpa del reguetón,
el lugar de Santa Fe en la tabla de posiciones y las noticias del día.
A veces les mentía, como cuando les dije que adorarían a Serafín, porque sabía que no me iban a controvertir. Son las ventajas de conversar con unas cenizas.
Enterrar y cuidar las enfermedades de los papás es la vida a los cincuenta.
A los cincuenta uno ya sabe que uno no está hecho de los huesos que tiene sino del tiempo que se va; que no importa lo que uno sea —el número de suscriptores que tenga, los likes que haya ganado— porque al final nadie es nada: a los cincuenta uno sabe que cualquier esfuerzo es inútil,
que el canal de YouTube crece en vano; que hasta Beto Botero morirá.
Y que él también estará condenado al olvido, tarde o temprano.
El altar con las cenizas de mi mamá era mi consuelo; mi última guarida; la trinchera final que me quedaba.
Sobre ese altar se meó Serafín.