Serafín 15
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Con el que sí se llevaba bien Serafín era con mi papá, porque entre calvos resabiados se comprendían. Mi papá, el héroe de mi vida, el hombre al que quise parecerme desde siempre, desde que todo me quedaba grande, como a él hoy la tecnología.

Después de que se murió mi mamá, mi papá me llamaba prácticamente todos los días, y yo prácticamente todos los días oprimía le tecla roja para no contestarle: nunca supe si él tenía el don de la impertinencia o yo el de la ingratitud,

pero miraba su nombre titilar en la pantalla y prefería marcarle después, pagar el precio de no recibir la llamada recibiendo a cambio el torrente de audios inconexos que me enviaba.

Supe que, además de enviar audios, había aprendido a mandar fotos cuando me llamó tres veces seguidas, y las tres veces me negué a responder, y entonces recibí una imagen extraña que en un primer vistazo parecía una rebanada de cuajada coronada con una especie de ¿cereza?

, ¿toque de mermelada?, ¿insecto en estado de descomposición?

No quise responder nada hasta que mi papá no terminara de escribir. Pero mientras él redactaba un mensaje pasaban lustros, cambiaban eras, de modo que decidí anticiparme con una pregunta:

—¿Y eso? ¿Ahora haces postres?

Tardó doce minutos en responder que no era un postre; veintiuno en decirme que era una foto y veintisiete en aclararme que era de su espalda.

Entonces lo llamé. Y me dijo que, en efecto, esa suerte de yogur condensado, o de paisaje lunar, si se prefiere, era un fragmento de la piel de su espalda; que le había aparecido una mancha y que su médico le había dicho que no tenía buena cara.

—No tiene buena cara porque es la espalda —traté de animarlo.

—No tiene buena cara porque es cáncer —se anticipó él.

—No puede ser cáncer —le dije.

No puede ser cáncer, me dije también a mí mismo, como quien se da ánimos: no puede ser cáncer porque a mi mamá la acababa de matar un cáncer, y a uno no se le pueden morir los dos papás al mismo tiempo, los dos de cáncer.

Pero lo decía en vano. Porque a la vida no la rige ninguna ley que tenga lógica, y no existe ninguna orden que prohíba a nadie quedar huérfano a los cincuenta años porque los dos papás se murieron de lo mismo, uno tras otro.

Eso lo pude constatar más adelante, poco antes de recibir el segundo golpe más duro de aquel año.

—El video está cargando —me dijo Mariete la noche del lunes en que debíamos publicarlo. Esa noche era la cita sagrada con el destino: esa noche ganaríamos, pasara lo que pasara, el premio de grabar un video con el maestro Botero.

—Se está cargando, pero, ¡hostia, puta!, se ha trabado —gritó de golpe.

—¿Qué significa que «se ha trabado», Mariete?

—Pues no lo sé, tío: no avanza la carga, es como si estuviera pensando.

No entiendo nada de tecnología: cuando dicen que el archivo quedó en la nube, visualizo una carpeta al lado de mi mamá.

Cuando me dicen que se quedó pensando, imagino la carpeta sentada como la escultura de Rodin.

Lo que sí comprendía era el listado de reglas del concurso de la editorial y era muy claro que quien publicara el video después de las 7:10 p.m. quedaría eliminado.

A las 7:03 Mariete me decía que el video «se ha trabado», y exclamaba «hostia, puta» con su acento español.

De modo que el esfuerzo de haberlo grabado, y de haber soportado el mordisco de Serafín (y de haberlo adoptado, para ser sinceros), podía haber sido en vano, hostia, puta.

Mariete me mostró entonces una rayita en la pantalla que, en la medida en que cargaba, se ponía de color azul y un contador que informaba de manera literal el porcentaje que faltaba para que el video quedara publicado.

Es el ejercicio gráfico más cruel que he conocido: la puesta en escena de la ansiedad.

La rayita cargaba, de golpe se frenaba, luego se disparaba hasta el 72%, después entraba en una parálisis de un minuto. Era para enfermarse. Del corazón.

—No pasa nada, Mariete: lo intentamos —le dije cuando los nervios me carcomían de tal modo que rendirse era un alivio.

Pero Mariete rara vez se rendía, esa es la verdad.

Y contra el límite del tiempo, el video con el título EL PERRO AL QUE NADIE QUERÍA ADOPTAR: LAMA AL PERRO obtenía su primer clic a las 7:09 de la noche mientras asistíamos en persona a un momento histórico para nuestro canal, y nos abrazábamos y brincábamos en círculo,

y mi esposa aparecía en el cuarto para celebrar con nosotros, lo mismo que mis hijas, y una señora vieja de las que había recogido mi esposa también se hacía presente con el cartón de leche en la mano —se la tomaba sin servirla en un vaso, directamente del cartón—,

y observábamos la manera en que nos dejaban un like, y luego otro, y luego cientos de likes, y mi propia familia iba mirándolo, ya al aire, en simultánea con el mundo atento: atenta Colombia, atento Perú, atento Beto Botero, y yo las veía reírse a todas.

—Serafín se ve mejor de lo que es —dijo mi hija menor.

—¿Dónde está Serafín? —pregunté.

—Si hablan de un perro inmundo, está dormido en la cocina —respondió la anciana desconocida.

Siempre estaba en la cocina. Después del segundo mordisco trazamos una línea de separación invisible, pero infranqueable: cada uno tenía su espacio y el de él sería un lugar que encontró debajo del horno, sobre un cojín rojo que le acomodó mi esposa.

Las visualizaciones crecían como espuma y era emocionante refrescar la pantalla para actualizar el número de conteo.

—¡Vamos a ganar! —gritó Mariete.

—¡Vamos a ganar! —lo abrazaban mis hijas.

—¡Vamos a tu cuarto a agarrar un buzo para doña Otilia! —gritó mi mujer mientras subía las escaleras con doña Otilia.

Mis hijas siguieron minuto por minuto los sucesos de aquel video de siete minutos (y catorce segundos, para ser exactos) y el cierre con el inesperado mordisco de Serafín las hizo caerse al suelo de la risa, y me llegaban los gritos alegres de Mariete y de mis hijas como en cámara lenta,

y sentía la satisfacción honda que sentimos los youtubers cuando un video comienza a tomar vuelo, a ser viral, y nos entra aquella adrenalina como una inyección de heroína en el cerebro, y sabemos que volveremos a necesitarla en dosis más grandes, insaciables,

porque en determinado momento nada nos parecerá suficiente y regresar es saber que nunca se regresa, que vamos tiempo abajo hacia el olvido, y que estamos perdidos, y todo está perdido.

Y, sin embargo, esto era triunfar, pensaba mientras el conteo de visualizaciones y likes subía.

Era esto. Tomé aire en una esquina para poder abstraerme de la escena y disfrutarla mejor.

Ante la algarabía de los que miraban el video, se había sumado mi esposa; lo mismo la señora recogida, doña Otilia, ya con mi buzo.

Cuando el video terminó, los cinco se abrazaban en círculo y yo observaba la escena a la distancia y me anticipaba al futuro: ¿de qué va a tratarse el video que grabaré con Beto —ya lo llamaba Beto—, paso definitivo de mi carrera digital?

¿Cómo debía ser ese guion universal que me llevaría a girar en una órbita tan amplia como el mundo mismo?

Eran las diez pasadas de la noche cuando, ya acostado en la cama, miré por última vez el prematuro saldo del video.

Más de 300.000 visualizaciones en apenas dos horas; más de 20.000 likes.

Los mensajes sobre Serafín habían despertado lágrimas y admiración.

Dormí con una sonrisa mientras imaginaba la cara feliz de los señores de la editorial en ese momento.

Debían estar evaluando el tamaño de su victoria, su carambola a tres bandas: tendrían a Beto, tendrían a un youtuber de la tercera edad que provenía del mundo editorial, como ellos, y tendrían un perro rechazado.

Si con aquellos ingredientes el libro de Beto Botero no rompía ventas, nada lo haría.

¿Funcionaría el video? ¿Ganaríamos el concurso?