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Si les hablo de ese video es porque quiero que sepan que ese es el tipo de cosas que a veces digo y el tipo de regaños con que mis hijas los reciben.
¡Cuánta hipocresía! Se quejan de dos chistes contra un enano, pero piden sin clemencia dinero para salir, hamburguesas por Rappi para que las pague yo: ¡hasta ropa de marca!
Por esos días —lo recuerdo— acababan de pedirme una chaqueta Martín Patalero: lo último en chaquetas. Seiscientos mil pesos cada chaqueta.
—Les doy de Navidad una para entre las dos —les dije.
Que no podía ser una, que una cada una.
—Entonces les compro dos de trescientos a cada una.
Que no, que tenían que ser Martín Patalero, que las demás eran horribles.
Es verdad que yo también fui joven y vestía con ropa patrocinada, buzos con un letrero sideral de Coca-Cola, otro de Benetton, por los cuales la marca no pagaba un solo peso, y al revés, uno pagaba fortunas por lucirla: ¿se podía ser más idiota?
Pero en estos tiempos de hoy, las cosas son incluso peores. Y las chaquetas Martín Patalero son la prueba: hay que retirar las cesantías para comprarlas pese a que abrigan lo mismo que una ruana cualquiera (que, si son de fibras naturales, seguramente equivalen a lencería erótica para un ecosexual).
* * *
No es fácil ser humorista en los tiempos de hoy, no es fácil ser papá en los tiempos de hoy.
Tampoco es fácil ser esposo de mi esposa, de sus excesos de generosidad, siempre torrenciales y costosos.
Ser esposo de su forma de dejar encendidas las luces, desordenado el baño.
Ser esposo de la forma en que gasta a borbotones así no sea para ella: mercado para todo el mundo, regalos para todo el mundo. Incluso regalos para mi papá.
Y no es fácil ser hijo de mi papá.
Solo era fácil ser hijo de mi mamá. Era lo único fácil en esto que llamamos vida y es tan solo una tumba transparente, como decía uno de los poetas que recito mentalmente para no enloquecerme del todo.
Mi mamá, a cuya lenta muerte le cumplió la cita.
De hecho, fue la única cita a la que llegó a tiempo.
Mi mamá no conoció a Serafín. Tampoco a Bad Bunny: se quedó con la versión infantil de mis hijas, exenta de barros y estridencias.
Murió poco antes de que el perro más rechazado del mundo llegara a mi casa por los días en que yo apenas le comentaba las angustias de mi vida paterna: que mi hija menor fuera vaga, que la mayor fuera dentista.
Que no soportaba el desorden de mi esposa y su forma de recoger ancianos.
Tres doritos después se murió de cáncer y yo quedé listo para envejecer y morir, que es el resto del guion que me queda por grabar después de haber atravesado los cincuenta años, tener hijas casi adultas y padres ancianos.
Porque el orín del tiempo todo lo corroe.
Y nadie sobrevive a él. Para no hablar del orín de Serafín, el perro que desde el primer día que llegó a la casa marcaba territorio y me mordía en la cara, mientras yo me preguntaba si algo en esta vida tenía sentido.