Serafín 13
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Pero retomo la historia de mi infarto. Una vez abrí mi canal de YouTube, gané algo de prestigio frente a mis dos hijas, especialmente cuando logré grabar colaboraciones con influenciadores a quienes ellas dos seguían.

Con todos, menos con PaolitaPaoPao, que siempre me dejó en visto.

Salvo la vez que me remitió a su mánager.

No me importaba humillarme. Solamente crecer en seguidores. Pedía de rodillas a youtubers jóvenes, de pantalones escurridos y mechones de pelo pintado de colores, que grabáramos videos juntos. El fentanilo de los clics me llevó a eso. A veces imaginaba que tenía una adicción.

—Me llamo Daniel y soy adicto a los clics y a los likes —decía en un salón repleto de influenciadores y de políticos sentados en círculo.

Gracias a esas dinámicas colaborativas, mi canal creció casi al mismo ritmo que mi descrédito entre los colegas del mundo analógico.

Dejé de ser visto como un periodista. Comencé a ser percibido como youtuber.

Pero tanto de periodista como de youtuber sufrí por mis hijas, porque sufrir por los hijos es la ley de la vida y eso lo sabe cualquier persona que se acerque a los cincuenta.

La menor no hacía tareas jamás. La mayor quería ser dentista.

La menor era buena para los deportes. La mayor era un desastre.

Ambas, sin embargo, coincidían en que algunos de mis videos carecían de sensibilidad, en especial los que se burlaban del físico de las personas, y muchas veces se aliaban con su mamá para decírmelo.

—No le vi la gracia al video en que hacías chistes sobre las personas de talla baja —me dijo un día la mayor.

—¿Quiénes?

—Las personas de corta estatura —me aclaró la menor, la más enana.

—Jamás he hablado de personas de corta estatura en mis videos —me defendí.

Me quitaron el celular y me mostraron, al fin, mi famoso video sobre los enanos: que eso no les gustaba, que eso no se hacía. Y que no les parecía chistoso haberles preguntado si ese tipo de contenidos le restaban altura al canal.

¿Qué se podía decir? ¿Qué puede decir un humorista en estos tiempos en que hacer humor es pisar cáscaras de huevo? ¿En que burlarse ya no digamos de un enano, sino de medio, de medio enano, ya no despierta risas sino juicios?

La opresión de la época, no crean que no, también se iba pegando en los sedimentos de mis venas. Si esta es la historia de mi infarto, agreguen la silenciosa tragedia de ser humorista en estos miserables tiempos hipócritas.

Y agreguen el hecho de que, naturalmente, mi esposa estaba del lado de ellas, del lado de la gente buena incapaz de burlarse de una persona de talla baja, de un mocho, de un bizco.

Pero sí de un gago, según ella, porque no se burlaba: solo le producía un tipo de angustia que lograba drenar a través de ataques que, más que de risa, eran de nervios.

Mi esposa: una mujer adorable que montó una tienda de objetos geniales, pero incapaz de arrojar ganancias, porque al final todo lo terminaba regalando.

Una mujer irrepetible a la que le parecía natural recoger personas en la calle, sin planearlo, como si una cosa llevara a la otra: «Señora, ¿qué hace pidiendo? ¿No ha almorzado? Camine a la casa y le doy almuerzo».

Pero a la que le parecía insólito lanzar un juego de palabras sobre un manco, como si quien lo hiciera no tuviera dos dedos de frente.

El primer video con el que conseguí traspasar la barrera de las 100.000 visualizaciones causó rechazo en mi esposa y en mis hijas. Me grabé comentando noticias insólitas, como solía hacerlo, pero la que elegí aquella vez era sobre una mujer que se enamoró de un árbol y se declaró transespecie.

Juro por la memoria de mi mamá que en las noticias apareció el caso de la canadiense Sonja Semyonova, de cuarenta y cinco años, que confesó en un portal informativo de su país que era ecosexual: busquen la noticia en Google.

Doña Sonja se sentía atraída de una forma particular por los árboles, ya no a la manera de un boy scout en el campo, o de un abuelo en un vivero, sino, cómo decirlo sin que resulte vulgar, a través de pulsiones eróticas.

Digámoslo con claridad. No nos vayamos por las ramas, como le gusta a la propia Sonja: el ecosexual quiere compenetrarse eróticamente con el árbol, lamerlo a fondo, descubrir sus pistilos, irse a tomar una copa con la copa y entregarse la noche entera al follaje,

en todos los sentidos de la expresión. Así lo afirmaba yo mismo en el video.

La verdad es que me ha costado sudor y lágrimas conocer las nuevas orientaciones sexuales.

Gracias a mis hijas, sangre sin prejuicios de una nueva generación, he podido aprender que, además de los heterosexuales, los homosexuales y los bisexuales con los que crecí, ahora existen los pansexuales, amantes de la harina; los no binarios, de las matemáticas; y los polisexuales.

De los tombos, sí.

Y encima de todo ahora existen los ecosexuales como Sonja, que confesaban de esta forma sus impulsos: «Estuve paseando por un sendero cercano a un árbol cinco días a la semana durante todo el invierno y noté una conexión con él; me tumbaba contra el árbol: había un erotismo,

un subidón de energía erótica, en algo tan grande y tan viejo», citaba el artículo, en palabras que lo mismo podía utilizar cualquier anciana.

El árbol con el que siente esas pulsaciones —detallaba la noticia— es un roble.

¿Tendría hijos con el roble? ¿A quién podrían parecerse, al papá o a la mamá? ¿Sacarían los ojos de ella y las hojas de él? ¿O serían un vegetal? Imaginaba a Sonja explicándole a su hijo la forma en que fue concebido y me daba risa:

—Tu papá plantó una semilla en tu mamá. Literalmente.

Pero a lo mejor hablaba desde la ignorancia o desde la envidia: qué daría yo mismo por ser ecosexual, cultivar una relación elástica con un caucho; ¡echar raíces con una acacia que me ayudara a crecer como persona!

Pero no es fácil ser ecosexual. Hay que tener madera. Y así lo decía en el video sobre Sonja Semyonova. El día que su árbol se muera, plantará en el jardín una persona en su memoria.