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No los aburro con detalles, pero de esa mujer terminé enamorado, con esa mujer me casé, y en menos de dos años ya habíamos tenido dos hijas, una tras otra, separadas apenas por trece meses.
Mi matrimonio a los treinta. El primer parto de mi esposa a los treinta y dos.
El segundo parto de mi esposa a los treinta y tres.
Su primera persona recogida a los treinta y cuatro: porque desde que la conocí, terminaba convirtiendo en propias las penurias y penas de los demás, y recogía personas de la calle a las que nutría y mejoraba y miraba partir satisfechas.
A algunas las terminaba contratando para su tienda de manualidades hechas por ella misma, siempre con objetos que los demás despreciábamos.
Tener dos hijas de dos y de cuatro años.
Trabajar en la revista. Ascender. Escribir con humor en un mundo en el que casi nadie escribe con humor.
Tener gustos burgueses, presiones burguesas.
Ver que las niñas cumplen siete y ocho años.
Viajar a Disney. Atender a mi mamá. Atender a mi papá.
De repente tener dos hijas de diez y once años.
Y tres doritos después aprender a decir la expresión tres doritos después, en un meme, porque súbitamente entró en ebullición la era digital, cuya temperatura fue subiendo poco a poco en medio de charlas de gurús que no sirvieron para nada, y de un momento a otro las revistas son como el telégrafo:
un invento extraño e inútil, incapaz de sobrevivir. O capaz de sobrevivir «gagamente».
Cerraron la revista en que trabajé: esa y todas las demás.
Y a esa edad, en la mitad de mis cuarenta años, tuve que evitar mi propia extinción laboral convirtiéndome en el ridículo ser digital que me fue devorando poco a poco.
Por grabar videos, ni siquiera me di cuenta del momento en el que mis hijas terminaron asistiendo a fiestas con hombres para bailar reguetón.
Cuando eran más chiquitas, la primera decía que quería ser veterinaria y la segunda odontóloga.
Recuerdo mis noches en vela pensando que de verdad lo fuera: que en verdad su vida laboral consistiera en revisar amalgamas y pulir caries, y el pecho se me llenaba de angustia.
Me imaginaba comprando la lista de materiales que le pedían en la universidad.
La loncherita que siempre llevan los que estudian Odontología, los tenis blancos.
Hasta el Griffin: el Griffin como parte de los útiles escolares.
Y si saben qué es el Griffin es porque tienen mi edad.
Pero súbitamente se convirtieron en dos adolescentes a las que debo recoger a las dos de la madrugada en las fiestas de su amigos y de las que aprendía esa expresión: «Tres doritos después», que simboliza el veloz paso del tiempo, la fugacidad de la vida,
uno de los temas más importantes del Barroco español: «Mal te perdonarán a ti las horas / las horas que royendo están los días / los días que royendo están los años».
Tres doritos que significan la brevedad engañosa de la vida.