11
Si quieren entender por qué me sobrevino un infarto a mis cincuenta años deben saber que mi papá se separó de mi mamá cuando yo ni siquiera caminaba y que desde entonces ella aprendió a ser una madre solitaria, que es peor que ser una madre soltera;
que fue una de las primeras señoras separadas de Bogotá, y que de golpe por eso la iluminó desde siempre una tristeza pacífica que la ennoblecía y de la que nunca hablaba.
Una tristeza que escondía para impulsarme en mi difícil vida de calvicie prematura: me llevaba al médico y gastaba las fortunas de las que carecía en tratamientos y medicamentos hormonales que no servían para nada.
En una espiral descendente, pasamos de los infructuosos endocrinólogos a remedios menos occidentales: un médico cubano que hacía milagros, una señora cuyos masajes capilares habían hecho brotar lamas de pelo de las calaveras.
Indios amazónicos. Brujos de la Caracas.
Una anciana que me obligó a untarme una pomada hecha a base de caca de paloma durante trece meses.
Todas las noches. Un señor del barrio Olaya que supuestamente estudió acupuntura en China y me sembró de espinas la calva.
Tratamientos fallidos, la mayoría insólitos, que confluían en la única cura posible, que es la aceptación y, en menor medida, la cachucha.
Pero yo desde siempre detesté las cachuchas: no existe nada menos elegante que una cachucha.
Y perdí todas las que llevaba al colegio porque los alumnos de los cursos de arriba me la quitaban y se la pasaban unos a otros, mientras yo los perseguía torpemente.
Mi papá, por su lado, me enseñó que el humor es la forma más práctica de aceptarse y que burlarse de uno mismo era la única fórmula para dejar sin armas a los enemigos. Siempre me repetía la anécdota del coliflor:
—En el colegio me decían «Coliflor» y siempre me daba rabia, y mientras más rabia me daba, más me llamaban «Coliflor» —sermoneaba en cada sobremesa—; solo dejaron de decirme así el día que llegué masticando un coliflor.
«Me volví caníbal», les decía a los del salón, mientras me celebraban el chiste.
Si ven que no te duele, te dejan de joder.
Siempre falté a la misa obligatoria, a la cual, naturalmente, no se podía ingresar con gorro: consecuencias naturales de una religión en la que, por su aspecto, el mesías podría haber sido centro delantero de Boca Juniors.
Otra habría sido mi historia si hubiera creído en el Buda.
Y desde muy joven, y a la manera de Augusto Monterroso, un autor que descubrí por aquellos años, comprendí que los calvos tenemos un sexto sentido para reconocernos entre nosotros mismos, un instinto secreto que nos lleva a conectarnos con otra persona calva.
Mis pocos amigos, por eso, terminaron siendo los profesores, en especial los profesores calvos.
El de Matemáticas, por ejemplo, el profesor Zárate: un tipo seco, regordete y horrible, al que todos temían y con quien compartía no solamente la misma condición capilar, sino el mismo tipo de calvicie.
Porque las calvas del mundo no son iguales, y la mía, desde siempre, parecía una calva de notario: a diferencia de lo que sucede con los sacerdotes, por ejemplo, cuyas calvas se expanden de la coronilla hacia afuera, mi calva, y la del profesor Zárate,
era una plasta que se regaba desde la frente hacia atrás, abrazada por una suerte de pelo meridional que recubría las orejas.
—¿El señor Daniel sí podrá despejar X o el frío de la cabeza no lo deja? —me pullaba a veces, como si él fuera Alberto Tarantini. Si saben quién fue Tarantini tienen más o menos mi edad.
—Ya lo hice y quedó tan despejada como mi cabeza, profesor.
Nunca tuve que estudiar. Me pasó todos los exámenes. Me gradué sin problemas y decidí inscribirme en Literatura porque me gustaba leer. Cuando lo dije en el colegio, el profesor Zárate pronosticó que sería el próximo Italo Calvino.
En la medida en que fui creciendo, ser calvo dejó de ser una rareza, de modo que cuando conseguí trabajo en la revista, mi coronilla abierta al mundo como un cuero de tambor era una marca pero no un estigma: incluso un atractivo.
Pude constatarlo con una redactora con la que me crucé miradas desde mi primer día de trabajo, porque poco antes de terminar la carrera conseguí ubicarme como practicante en una revista de actualidad.
Era bajita y tenía los ojos color verde oscuro.
De ella me volví cómplice por un ataque de risa que padecimos ambos en el primer consejo de redacción, al que asistimos en condición de primíparos.
Cada lunes, el director de la revista citaba a una lluvia de ideas a toda la redacción, pero aquella vez llevó a un invitado especial que nos iba a explicar no sé qué cosas de la amenaza del mundo digital frente a los medios tradicionales,
y todo marchaba más o menos bien hasta que nos dimos cuenta de que el gurú de los medios no podía pronunciar la letra erre: la pronunciaba como si fuera una g.
Sé que es infantil, no me quiero defender.
Pero desde siempre he padecido ataques de risa por motivos infantiles.
Es algo que no puedo evitar, algo con lo que nací, como la calvicie.
Cuando asistía a misa en primaria, no podía sobrepasar la frase «lo tenemos levantado hacia el Señor» sin que tuviera que morderme la lengua.
Lo mismo en las novenas de diciembre. No podía leer «Padre putativo de Jesús» sin atravesar una ligera epilepsia de risa que trataba de contener con angustia, casi siempre de modo infructuoso.
Pensaba en tragedias, en los momentos más tristes de mi vida de calvo.
Pero mientras más me concentraba en reprimir el ataque de risa, con mayor fuerza lo nutría y al final se abría paso de forma torrencial, aterradora, y no me quedaba más remedio que permitir una expulsión de risa a chorros y asumir las consecuencias.
De modo que cuando este señor dijo «las guedes declagagon la guega a las guevistas», y tuve contacto visual con la redactora en cuya mirada había un brillo de complicidad, un ligero espasmo de risa, supe que podía suceder lo peor.
Y sucedió, claro.
Fue cuando alguien preguntó al gurú si había casos en los que las revistas podían sobrevivir únicamente con la venta de la calle, sin anuncios de publicidad.
Él contestó:
—Gagamente.
Podría haber dicho «no es común»; podría haber dicho «no es lo normal», pero se aventó de frente con una palabra de cuatro sílabas de las cuales dos llevaban la letra que no podía pronunciar.
Observé entonces que los dos hombros de la redactora comenzaban a moverse de forma rítmica, pero contenida, y cuando de nuevo nuestras miradas se encontraron —qué frase, jamás pensé que en mi novela de iniciación cabría una frase semejante— la situación se hizo insostenible:
alimentamos mutuamente el ataque de risa del otro de una manera que causaba vergüenza, sin represión posible que pudiera apaciguarla.
En esa época mi mamá no había muerto, de lo contrario habría tratado de pensar en ella o en la bolsita de sus cenizas que guardo en mi estudio y con la que a veces hablo.
No recuerdo del todo en lo que pensé, pero cualquier intento de contención fue en vano: para ese momento la redactora sucumbía al clásico movimiento telúrico en los hombros de quienes somos traicionados por la risa mientras yo me contagiaba de su misma angustia y el pobre conferencista seguía
hablando como gago. Como raro, quise decir.