Serafín 10
30%

10

Los organizadores del concurso «Graba tu video con Beto Botero» habían fijado como fecha límite el lunes de la siguiente semana, a las siete de la noche, para publicarlo en la red. Todos los influenciadores que quisiéramos participar debíamos subirlo al mismo tiempo.

Por mí habría abandonado el esfuerzo de participar ahí mismo, pero frente al entusiasmo de Mariete no había remedio.

De modo que tomé de nuevo el libreto y me aventé con fuerza contra esas dos oraciones finales con las que debía cerrarlo con un moño triunfal.

Lo remacharía con esas palabras y Serafín me lamería: lama al perro pero al revés, el perro me lamería, en un juego de paradojas muy digno del barroco español, periodo en que me especialicé cuando estudié Literatura: leí casi todo Góngora, leí casi todo Quevedo, ¡leí a Lope de Vega!

, para terminar en esto, para ser este señor arrodillado junto a un perro tan alopécico como él, al que Mariete anuncia con un movimiento de cabeza que ya está grabando.

—Y que lo lamba un chivo a quien no compre el libro de Beto: lama al perro. Y más si el perro es calvo.

Y, como lo habíamos planeado en el libreto, acerqué la mejilla a Serafín, para que me lamiera.

Esa fue la segunda vez que me mordió.

—¡Quedó cojonudo! —dijo Mariete, con los ojos llenos de brillo.

—¡Cuál cojonudo, chino marica! —le grité mientras me llevaba las dos manos a la cara para paliar el dolor de la mordedura—. ¡Nos toca grabar de nuevo!

—¿Qué dices? ¡Si con ese mordisco no se vuelve viral el video, me corto un huevo! ¡Te lo apuesto!

No sé con cuántos huevos nació Mariete pero siempre los apuesta.

Me llevé al perro a rastras mientras lo regañaba y Mariete repasaba el material en su celular.

—¡Me descojono! —me dijo mientras se ría.

—Ya, ya, Mariete.

—¡Con esto ganamos! —repetía con júbilo.

—¿Y si PaolitaPaoPao participa?

—Es igual.

No entiendo aún cuál es el sentido de que a esta edad escriba mi gran libro de iniciación; de que pretenda ser mi propio guardián entre el centeno en un lugar sin importancia llamado Bogotá a una edad en la que en cualquier momento me brota un cáncer a traición.

Es algo que sucede cuando uno tiene cincuenta años.

Visualizo a un doctor regordete —no sé por qué, pero siempre lo imagino calvo y regordete, como mi profesor de Matemáticas— que me manda a hacer exámenes y al recogerlos me dice:

—Tome asiento, por favor. Las noticias no son tan buenas.

No sé por qué me dio por escribir este libro, que es una forma de recoger mis pasos y de contar el infarto que cambió mi vida, pero si algún día mi biografía apareciera en Wikipedia,

el texto que redacte la inteligencia artificial tendría que decir que aquel video que grabé con Mariete partió mi vida en dos.

Antes de publicarlo, mi biografía era la modesta gesta silenciosa de una persona capaz de resistir las vicisitudes de haber nacido.

En eso se parecía a la biografía de todos los seres humanos.

Les dije que fui un niño calvo, el único calvo del salón, y que recibí burlas de gente que, naturalmente, me tomaba del pelo.

Avancé en el bachillerato sin amigos. Me disparaban apodos como flechas que me caían no digo que en el corazón, sino en la coronilla: «Cabezaehuevo», «Bolaebillar».

Nunca tuve novia porque asumí desde siempre que ninguna mujer sería capaz de recibir como pareja al calvo del colegio, al fenómeno del circo.

Y, aun así, procuré integrarme, nadie puede decir que no: nadie puede decir que no lo intenté.

Y las veces que lo hice fue porque mi mamá me daba ánimos.

—Que se rapen ellos a ver si algún día consiguen llegarte al menos a los talones —me animaba.

Para mi mamá siempre fui brillante. En todos los sentidos.

Y ahora puedo decir que si me puse de pie cada día fue por ella.

Si soportaba ser el único niño del salón al que no invitaban a las fiestas, fue por ella.

Fiestas en las que ponían música de Compañía Ilimitada, de Hombres G; música que sí era música, no como la de Maluma: «Sufre, mamón, devuélveme a mi chica / o te retorcerás entre polvos picapica», cantaba en mi cuarto, con el casete puesto a todo volumen,

mientras los demás bailaban en la casa de alguien.

No digo que David Summers, el cantante de Hombres G, fuera Jorge Luis Borges, pero al menos no decía: «Estoy enamorao de cuatro babies, / chingan cuando yo les digo, / ninguna me pone pero», como Maluma.

Para no citar a Anuel, el reguetonero tartamudo, el Demóstenes de la canción moderna, que dijo: «Ya no me miras igual / No ere’ la mujer que conocí (oh-oh-oh-oh-oh). / No veo el intento de arreglarlo / Razone’ de quedarme aquí (oh-oh-oh-oh-oh-oh)».

Horribles canciones escritas por personas inmundas que nacieron a años luz de Sabina y fueron concebidas sin alma, o por lo menos sin oído.

Por las épocas de aquellas fiestas a las que nunca me invitaban, las ventanas de las casas tenían una equis trazada con cinta de enmascarar para que las bombas de Pablo Escobar no desgranaran los vidrios como granizo.

Por esos tiempos también hubo un apagón en el sistema eléctrico del país que duró casi dos años, y asistir al colegio era una forma de morir en vida, porque tocaba esperar el bus cada mañana sin la luz solar: las seis de la mañana en realidad eran las cinco de la madrugada; las cinco,

eran las cuatro.

Era la famosa «hora Gaviria». Mi prematura calva de adolescente la sufrió de verdad.

Quedaba tapizada de perlas de escarcha cada vez que salía al paradero de noche para esperar la buseta.

Pero todo lo atravesé porque mi mamá me dio ánimo, y a veces siento que todavía avanzo en esta inútil maraña de días, en este bosque de días sin sentido, gracias al maravilloso empellón que me dio desde el comienzo.

Su desprendimiento general no consistió en darme la vida sino en entregarme la suya.

Y en limpiar los sifones en los que, después de cada ducha, flotaba un nido de pelos: cachumbos que se arremolinaban por kilos en las baldosas y había que sacar a la basura en costales.