Serafín 9
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Para saber cómo fue el segundo mordisco que me lanzó Serafín, deben leer el libreto que escribí para competir en el concurso de Beto Botero. Porque grabar videos para una persona sin retención ni memoria es un suplicio que resolví escribiendo un guion que repito línea por línea frente a la cámara.

DANNY Y SERAFÍN JUEGAN EN UN PARQUE: DANNY SE TIRA AL PISO Y SE REVUELCA CON SERAFÍN.

EN VOZ EN OFF ESCUCHAMOS LA VOZ DE DANNY:

Cuando uno adopta un perro, cree que está rescatando a un animal, pero es el animal el que lo rescata a uno…

El que le enseña qué es la gratitud, el desinterés…

Y demás asuntos del don de la lealtad del que los humanos carecemos…

CORTE A:

PLANO DE DANNY DE RODILLAS Y DE SERAFÍN QUE ESTÁ SENTADO A SU LADO.

DANNY (MIRANDO A LA CÁMARA):

A un perro jamás le importaría que su humano fuera calvo.

Y por eso Serafín, el perro al que nadie quería adoptar, me adoptó a mí.

Que los lamba un chivo a los que no adoptan.

SOSTENIENDO EL LIbrO DE BETO BOTERO:

Y que lo lamba un chivo a quien no compre el libro de Beto.

DANNY AbrAZA A SERAFÍN Y MIRA A LA CÁMARA:

Lama al can. PAUSA. Y más si el perro es calvo. SERAFÍN LAME A DANNY. Dejen un like, compartan este video y etiqueten a Beto Botero.

FRANJA DE COLORES.

Me dispuse entonces a grabarlo, pero en este momento debe entrar en escena Mariete, mi sobrino de veinticinco años, mi complemento capilar, mi asistente de mi carrera de youtuber, el optimista de contagiosa risa de idiota que siempre estaba junto a mí.

Mariete sujetó el celular con las dos manos, de modo horizontal, como le enseñé, e hizo un gesto con la cabeza.

—Me dices cuando estés grabando —le pedí.

Movió la cabeza.

—Me dices…

La movió de nuevo.

Pasaron diez, quince segundos.

—¿Y? ¡Avísame!

—Ya, ya estoy grabando hace tiempo —me dijo—: ya hice el gesto de grabando.

—¿Cuál gesto?

—Ya moví la cabeza, que es mi forma de decir «grabando».

Ese es mi sobrino Mariete, un muchacho que nació en España pero se vino a vivir a Colombia porque en España los periódicos estaban en quiebra.

Desde hace cinco años aterrizó en mi casa.

Sobra decir que es periodista. Sobra decir que hacer parte de una familia de periodistas de periódico es como hacer parte de una dinastía del télex, o de algo semejante.

Sobra decir que también tuvo que convertirse en otra cosa: por ahora en un asistente que mueve la cabeza en lugar de emitir vocablos.

Me di paciencia pensando que cuando ganara el concurso para grabar con Beto Botero, y mi canal de YouTube estallara en plata y patrocinios, podría trabajar con profesionales: un editor de verdad, un productor,

al menos alguien que no comiera con el apetito de Mariete o que por lo menos fuera capaz de decir esas tres sílabas, «grabando», en lugar de mover la cabeza.

Mientras eso sucedía, sin embargo, este era el único recurso que tenía a mano: mi sobrino postadolescente que por lo menos no me cobraba. O a quien por lo menos yo no le pagaba. Aunque le daba posada. Y dejaba prendida la luz de su cuarto cuando salía.

Él mismo se había enterado, en el corredor de chismes de los creadores digitales, de quiénes serían nuestros contendores en el concurso de «Graba un video con Beto Botero»: nada menos que los mejores creadores digitales de Colombia.

La popular youtuber Kika Nieto, el célebre Sebastián Villalobos y, mucha atención, la famosísima instagramer PaolitaPaoPao, actriz y modelo, cuyas curvas con filtros seguían más de tres millones de personas.

Era un rumor apenas, es verdad. Pero si participaba estaríamos muertos.

PaolitaPaoPao es un verdadero fenómeno digital, una mujer experta en mercadeo que había crecido en seguidores desde que transmitió en tiempo real el nacimiento de su primer bebé: fue el primer live de un parto.

Tener un hijo le abrió una trocha de contenidos a través de la cual le caían seguidores como moscas. Fue una jugada maestra.

Su bebé se llamaba Matías, pero ella le decía «mi Mati».

Y nos contaba a sus seguidores pormenores de su evolución en cada uno de los aspectos, desde el cuidado en el momento en que Mati evacuaba los gases, hasta las dificultades con el calostro que padeció ella misma, la misma PaolitaPaoPao,

solucionadas gracias al succionador Philips Avent que nos mostraba a todos, de tantas formas como fuera posible, en un contrato que debía ser más jugoso que el calostro mismo: qué porquería de frase.

¡Cuántas modelos hermosas, de tersa piel de foca, capaces de retratarse en las islas Fiyi y de invitar a sanar al mismo tiempo, a aceptarse y a quererse como son, abundan en Instagram!

¡Y cuántas ganas me daban a mí mismo, un burdo periodista intoxicado de odio por chapotear en el barro de su cuenta de Twitter, de ser un espécimen de ese mundo perfecto!

¡Revertir mi vasectomía para organizar una fiesta de explosiones de humo rosado o azul para que mi esposa y yo descubriéramos el sexo de nuestro cigoto!

¡Tener un hijo al cual honrar, acreditar las vacaciones en videos impecables, publicar en colaboración con actrices magníficas que celebraran la planicie de su explantación con una foto en la playa!

¡Lanzar consignas para que los demás vivan mejor, vivan el ahora con frases que podrían convertirse en regaños, del estilo de «haz ese viaje, regala ese abrazo, cómete ese helado»!

Y en esa misma línea: «Métete la camisa, paga los recibos, ¡apaga esa luz!» .

El asunto es que mis bamboleantes pechos de señor gordo son voluminosos, pero no son nada frente a los suyos y, en caso de animarse a participar, PaolitaPaoPao lo tenía todo para ganar.

Sus seguidores le darían like en bloque a lo que subiera.

Por eso, al enterarme de que ella entraría en el juego, una sombra de decepción prematura me quitó el optimismo, y por un instante inmenso vislumbré que nada tenía sentido, y pensé en rendirme y despejar la avenida.

Decirles a los demás: ahí tienen a su Beto Botero.

Hagan lo que les dé la gana con él. Mis esfuerzos no fueron sino rocío de los prados.

Los evaporó el primer sol de la mañana con sus manos calientes.

Alcancé a planteárselo a Mariete.

—¿Tío, pero no te das cuenta de que lo nuestro es cojonudo? ¿Que nadie más tiene un perro calvo? ¿Que no existen youtubers de tu edad y eso ya te vuelve un bicho raro que todos quieren ver? ¡Anda ya! ¡Vamos a grabar, cojones! ¡De todo esto nos reiremos con Javier! —me respondió.

—¿Quién es Javier? —le dije.

—¡El del libro!

—¡Es Beto, Mariete!

—¡Es igual!

Mariete siempre decía «es igual» cuando se equivocaba con un nombre, con una cifra. O cuando enfrentaba cualquier desavenencia. O cuando observaba a una persona calva y con barba y gafas: la señalaba, me señalaba a mí, y decía «es igual».

Pero así era Mariete. Era su mantra contra las tragedias de estar vivo.

—¿Te dejó tu novia, Mariete?

—Es igual.

—¿A tu tío le dio un infarto, Mariete?

—Es igual.

Cuando perdía fuerzas, Mariete me obligaba a recuperarlas.

Si mi historia no fuera la de un youtuber de cincuenta años y de su miserable infarto, sino las aventuras del Quijote y Sancho Panza, Mariete sin duda alguna sería, si no Sancho, por lo menos el burro de Sancho, que a diferencia de Rocinante no tenía nombre.