Serafín 8
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Lo primera reacción de Serafín al entrar a su nueva casa fue de parálisis: los cinco perros shih tzu se le vinieron encima como un aluvión, a olisquearlo, mientras él se quedaba quieto.

Pensé en ese momento que reaccionaba desde su esencia de perro callejero, pero agradecido; que semejante cuerpo lleno de calle y de cicatrices apreciaba el cobijo de un hogar.

Del collar todavía colgaba el moño gigantesco con que mis hijas y mi esposa lo habían decorado, y la casa entera giraba en torno a él.

No solo lo examinaban los perros. También mi familia.

También yo. También Mariete. También un anciano que apareció desde la puerta de la cocina vestido con mi sudadera preferida al que mi mujer había recogido aquella tarde.

Todos admirábamos expectantes la novedad del hogar: el perro E.

T. Ese nuevo miembro de la familia que provenía de otro planeta para unirnos por completo.

La felicidad era esto, pensé: la familia reunida en torno al perro. La casa en calma. El anciano que regresa a la cocina a coger más y más cosas de la nevera. El equilibrio. Ninguna luz prendida.

Cuando me acerqué a liberar a Serafín del moño que debía estorbarle como un yugo —quiero decir, cuando me tuvo cerca, cuando tuvo mi cara casi frente a la suya— me lanzó un mordisco seco y repentino: sentí los dientes sobre el hueso duro de mi frente,

cuatro dientes que resbalaban rasgando la piel hacia abajo, con violencia, mientras yo reaccionaba con un grito y mi esposa jalaba al perro y lo llevaba a rastras al jardín: ese, pues, era el perro calvo, el famoso perro calvo al que tanto había deseado rescatar.

Once jornadas de adopción sin que nadie se lo llevara que han debido ser muchas más, que han debido ser todas.

De esa forma pagaba a la única familia que se había interesado por él.

Se merecía que se lo llevara el senador Cancino.

Mi esposa, pues, jaló a Serafín al jardín, y allá lo dejamos durante unas horas, mientras me revisaban la herida y yo constataba que el rasguño era como mi propia vida de señor de cincuenta años: algo sin importancia, una huella que en cualquier momento cicatriza y se olvida.