Serafín 7
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Porque Serafín me mordió dos veces, y esa fue la primera.

Yo sé que ustedes imaginan que esta historia terminará con el típico mensaje de que yo no fui quien adoptó a Serafín, sino Serafín el que me adoptó a mí,

y que lo que sigue en estas páginas es leer consejos de superación personal escondidos en la novela de iniciación de un hombre que entra en la mediana edad.

Contar la forma en que el perro callejero del que nadie quería saber al final me rescató de algo, no sé de qué (¿de mí mismo?

, ¿de la desolación en la que me sumía la muerte de mi mamá?)

. E imagino que también suponen que, gracias a Serafín, triunfé, y que el video para promover esa extraordinaria obra literaria escrita por el narrador y poeta digital Beto Botero fue el más viral de todos los que participaron.

Y que gracias a ese triunfo pude grabar mi primer contenido digital de millones de visualizaciones, compartido más allá de las fronteras colombianas: un video global de verdad, como el del niño gordo mexicano que se cae atravesando un puente, «Edgar se cae»:

recordar ese video es una forma de estar viejo.

Todavía no les pienso contar. Y sea como sea debemos ir por partes y recordar de todos modos que esta no es la historia de mi vida, sino la de mi infarto.

* * *

Pero volvamos más atrás, cuando me convertí en youtuber, nada más y nada menos que por culpa de Beto Botero.

Tiempo antes de que un infarto me sacudiera el tórax y la garganta, mi vida era más o menos sencilla y ordinaria: estudié Literatura, como ya saben; conseguí trabajo en una revista, como anticipé.

Y escribía textos de humor que luego compilaba en libros.

Imitaba, en síntesis, una vida semejante a la de mi papá, de quien heredé el oficio y la calidad del pelo.

A mis hijas tuve que explicarles que las revistas son unos extraños adminículos que, unas décadas atrás, hacían las veces de teléfonos inteligentes, aunque sin sim cards para realizar llamadas: servían para informarse o como simple entretención.

Constaban de unas láminas de papel impresas con letras y fotografías, no requerían de carga eléctrica y por eso nunca se descargaban.

Pero mi vida laboral llegó a su prematuro final cuando aparecieron las redes sociales, y entonces terminó todo el trabajo para el que me había preparado por años.

Cuando cerró la revista en la que trabajaba, deambulé en el mercado laboral en asuntos que podían parecer compatibles: di clases en un colegio, fui copy en una agencia de publicidad.

Hasta que descubrí el mundo de los youtubers durante una firma de libros que la editorial organizó para uno de mis títulos de humor.

Sucedió en la Feria del Libro de Bogotá.

Los editores procuraron promover su venta con un ejercicio en persona de firmas con el autor: a lo mejor de esa manera resucitaba aquel libro semimuerto, que agonizaba en su propia nimiedad.

—Acepto siempre y cuando no me toque hablar en público —recuerdo que le dije al encargado de la promoción, porque la misma idea del gentío en el recinto me producía angustia, sudoración, agite: el comienzo de un ataque de pánico producto de mi sofocante fobia a hablar en público.

Fui, pues, a la feria aquella. Estamos hablando de sucesos que acontecieron hace relativamente poco. Me acompañaban mis hijas, que para entonces estaban al borde de la adolescencia, todavía a salvo de ella.

Corferias parecía una estación de Transmilenio. Estaba a reventar.

—Un pueblo que lee es un pueblo que labra su destino —sentencié ante la organizadora de la editorial.

—No es que lea: es que Beto Botero está firmando ejemplares de Lama al can, su primer libro —me explicó.

—¡Beto Botero! —reaccionó con júbilo la menor.

—¿De dónde es ese autor? —pregunté admirado por sus precoces conocimientos literarios—: ¿a qué movimiento pertenece?

—¡Es un youtuber! —me corrigió, entre suspiros, la mayor—: ¡Es tan lindo!

—¿Un qué?

—Un you-tu-ber.

—¿Y qué es eso?

—¿De verdad no sabes qué es un youtuber? —me dijo, avergonzada, la mayor—. Pues una persona que graba sus propios videos…

Y fue en ese momento cuando me presentaron lo que era un youtuber.

Mis hijas me mostraron uno de sus videos, y se trataba, efectivamente, de un muchacho que se filma a sí mismo haciendo monerías: comenta asuntos que le atañen —las cosas que detesta, su orientación sexual,

el número de huevos que es capaz de reventarse en la frente— en una grabación de edición frenética y entrecortada, salpicada de onomatopeyas, en la cual cambia de tonos de voz como Anuel cuando le recuerda a su novia que ella no es bebesita sino bebesota. O cuando puja en el baño.

Rumié mentalmente aquel video semejante a un taladro, mientras avanzaba por el recinto y me acomodaba en el pabellón en que debía firmar ejemplares.

Para alivio de mi ataque de pánico, la fila era corta.

La componían cuatro personas, dentro de las cuales sobresalían mis dos tías, una bola de heno y un señor que me confundió con mi papá.

A los dos minutos había cumplido con mi misión, y cuando buscábamos la salida hacia el parqueadero, la horda de fanáticos del famoso Beto Botero hizo colapsar los galpones de la feria.

No se podía caminar: no había lugar. Hordas de adolescentes lo cubrían todo: engordaban una fila que se enroscaba en sí mismo, en cientos de curvas, para poder conocer al autor: a sus veintidós años, el tal Botero firmaba miles de libros, vendía montañas de libros,

a jóvenes fanáticos que morían en vida por tomarse una foto con él.

Recuerdo que no lo pude soportar. Que aquella semana suscribí una carta de intelectuales liderada por un novelista en la que nos quejábamos ante los organizadores de la feria por contaminarla con youtubers.

Que la publicamos en todas las revistas y los periódicos impresos de la ciudad. Y que por eso nadie la leyó.

Pero mi epifanía sucedió la noche del viernes de esa semana. El tema de Beto Botero era ya una obsesión que no podía evacuar por ninguna cañería de la cabeza: era mi único pensamiento.

Entre pucheros ofendidos, juré ante mi esposa que no volvería a asistir a un evento puerilizado por culpa de los youtubers. Ante mi esposa y ante una señora Carmen que estaba con ella, con mis medias preferidas.

Mis hijas, entre tanto, repetían los videos del tal Botero y la risa me llegaba por oleadas, desde su cuarto.

Y fue allí mismo, en medio de la frustración y del agobio y de la ira contenida de ser un autor menor, cuyos libros no circulan, y un periodista viejo a tan temprana edad, que tuve una revelación: si para vender libros en estos despreciables tiempos de hoy es necesario convertirse en youtuber,

me volveré youtuber.

Y me juré a mí mismo que sería un youtuber de la tercera edad: que grabaría videos epilépticos sobre el examen de próstata, la duración del guayabo, la calvicie, mi vida marital, y todo lo que sucede en la mediana edad, la peor de todas.

Me juré a mí mismo que sería famoso. Que vendería montones de libros.

Que tendría cientos, miles de seguidores.

Que sumarme a la época sería mi manera de derrotarla.

Parecía una broma, entonces, que ese fuera el mismo Beto Botero que, un par de años después, regresaba a Bogotá para lanzar su segundo libro, titulado Lama más al can.

Casi se agota al pensarlo; casi se queda sin neuronas.

El youtuber que se quería consagrar como escritor lo hacía a través del concurso en el que yo, el escritor que se volvió youtuber, pensaba participar.

Díganme ustedes ahora, con la mano en el corazón, si la vida tiene sentido.