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Les diría mentiras si supiera la hora exacta en que oí el timbre; debían de ser las siete de la noche, las siete y media, porque recuerdo que ese lunes estaba viendo el noticiero y tengo claro que en ese momento decían algo sobre un senador al que había mordido un perro el día anterior, el domingo,
y justo ahí sonó el timbre y, como siempre, los cinco perros shih tzu de la casa comenzaron a ladrar como si los estuvieran quemando vivos, siempre hacían lo mismo.
Si sonaba el timbre, derrumbaban la casa con aullidos.
Bajé entonces a abrir y esto fue lo que vi: en primer plano, a un perro pavoroso, medio despellejado, ligeramente cojo, con un moño de regalo gigantesco enredado en el collar. Lo seguían mis dos hijas y mi esposa, que grababa la escena con el celular.
Si de verdad quieren saber lo que sentí en ese momento, debo decirles que me emocionó: que ver a ese perro ahí, todo abollado, y ver a mis hijas detrás de él, y ver a mi esposa detrás de ellas, riéndose del resultado de su propia confabulación;
y ver que todas me estaban regalando una sorpresa hecha a la medida de mis caprichos, únicamente para darme gusto, me conmovió.
Y debo confesar también que me conmovió el perro: nunca antes había visto uno tan feo, pero a la vez con una mirada de desamparo tan abatida.
Cualquiera sentiría la necesidad de cuidarlo.
Cuando me agaché para saludarlo ni siquiera pensé en el video que grabaría para participar en el concurso de Beto Botero. Prometo que lo hice porque era lo que quería hacer; que me puse cursi, esa es la verdad: el maldito perro hizo que me pusiera cursi.
Allí, de rodillas, en la entrada de la casa, con mi esposa grabándome —este video se hará viral, pensé—, y mis hijas midiendo mi reacción con esa mueca tensa que aparece en la cara de quienes ofrecen una sorpresa, le hablé por primera vez a Serafín: quiero decir que le hablé de verdad,
le hablé sin hablarle, como desde entonces lo hice.
Le dije algo cursi. Le dije algo como «bienvenido, calvete», no sé por qué me salió así, calvete, pero les juro que así fue: «Bienvenido calvete. Era cuestión de tiempo para que llegaras a tu casa de siempre… Esta noche no regresarás a tu jaula».
Me di vuelta para entrar a la casa de últimas, con el perro atado a la correa y esa cinta de regalo sideral, que todavía no le había quitado.
Se la desamarré cuando terminé de entrar. Y entonces les di un abrazo a mis hijas y a mi esposa, un abrazo colectivo, como de jugadores de fútbol. Y le di un abrazo a él.
Y fue en ese momento cuando me mordió.