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Querían adoptar, a manera de sorpresa, al perro que nadie quería adoptar para dar un respiro de alegría a su esposo y progenitor: a ese pobre hombre desubicado, tan inmaduro como viejo, que había leído en la condición capilar del pobre animal un signo del destino.
Imaginaban surtir todos los trámites en la tarde, llegar con el perro en la noche, coronarlo bajo un moño de regalo gigante, timbrar y demostrarle al padre de la casa que tenían suficiente paciencia para seguir sus obsesiones.
Y también para demostrar a aquel perro rechazado que en este mundo hostil siempre habrá una familia a la cual pertenecer, así se demore en llegar. Y así uno espere sin esperanza.
Pero unos minutos después, cuando estuvieron frente al funcionario del Instituto de la ventanilla dos, comprendieron que habían llegado tarde:
—Ese perro ya fue adoptado. Pero nos quedan muchos otros: puede ser Cloe, que es la que tiembla allá al fondo. O Tocino.
Como no se trataba de adoptar un perro cualquiera, sino ese perro, la mujer se anticipó:
—Tiene que ser el perrito que es calvo, señor: venimos solo por ese…
—Por eso le digo, mi señora: ese perrito ya se lo llevaron —dijo el funcionario.
—¿Y no hay nada que hacer? —preguntó la hija menor.
—Nada, niña… dejen pasar a la siguiente persona, por favor. ¡Siguiente! —gritó.
—¿Puede decirme al menos quién lo adoptó? —insistió la mamá.
—El señor que está allá —señaló el funcionario.
«El señor que está allá» era un célebre político de la capital, el senador Cancino, que aparecía con frecuencia en las noticias.
La mujer no dudó en abordarlo: caminó con grandes zancadas hasta alcanzarlo y se paró frente a él.
—Senador, le ruego el favor de que nos permita adoptar a ese perro —le dijo—. Se lo ruego.
Las niñas consentían al perro mientras el perro procuraba reconocerlas con el olfato.
—Es el perro más tierno que he visto —dijo la menor.
—Y el más feo —dijo la mayor.
El senador, por su parte, ni siquiera se inmutaba: tecleaba en su celular como si se encontrara en cualquier otro lugar del mundo.
La niña mayor, entonces, arremetió:
—Señor, es que este perro es calvo y el sueño de mi papá es tener un perro calvo —le dijo con su voz más suave.
Pero el senador ni siquiera se dignó a mirarla, seguía con la atención fija en su celular mientras sostenía, con las mismas manos, el lazo del perro.
—Ese perro —dijo la niña menor— tiene una enfermedad infecciosa, señor: ¡no se lo lleve!
A pesar de su apellido, al senador Cancino no le gustaban los perros, únicamente los golpes de opinión.
Hacía algunos días había aparecido en las noticias el caso de una perra llamada Canela, adoptada por la bancada animalista del Concejo.
La perra dormía a las afueras de la sede del Senado, pero la encontraron husmeando en el salón de la plenaria, y, en un momento de confusión, acaso porque se sintió atacada, la perra mordió a una funcionaria y los demás funcionarios del Senado decidieron expulsarla.
A la perra. No a la funcionaria. Aunque ha debido ser al revés.
Tuvieron la mala suerte de que la prensa se enteró de la situación y la quiso graduar de noticia, y el abucheo de la opinión pública por haber echado a la calle al pobre animal fue general.
En un golpe de astucia, entonces, al senador Cancino se le ocurrió reemplazar a Canela por Serafín, el perro que también acababa de asomarse a la fama de los titulares por salir en vano a las jornadas de adopción.
Su idea —la del senador— era capturar la atención, salir de héroe.
Así que poco le importaba el ruego de una adolescente o de la otra, o de la mamá de las dos.
Tan pronto como terminó de escribir en su celular, miró a una niña, miró a la otra, miró a la mamá. Y se largó hacia su camioneta sin siquiera abrir la boca.
—¿Y si adoptamos otro perro? —se resignó la niña mayor,
—No tiene sentido —le respondió la mamá—, tu papá no quiere adoptar un perro, sino un calvo… Al menos iba a ser una sorpresa y la frustración es solo para nosotras —dijo la mamá.
En ese momento sucedió un milagro.
El primero de este libro, que viene con tres milagros.
* * *
El milagro consistió en que el senador Cancino emprendía su retiro del centro de adopción arrastrando de la correa a Serafín: quería organizar una rueda de prensa con el perro más rechazado del país, el más famoso, y demostrar que quedaba gente buena, como él, que lo acogía en su corazón.
Arrastraba, pues, a Serafín, para subirlo en su camioneta blindada, cuando sin previo aviso el miserable perro lo mordió.
No se trató de un mordisco desgarrado y sangriento, en buena medida porque de los cuarenta y dos dientes que tiene un perro, a Serafín le quedaban apenas cuatro. Pero sí fue un arañazo brusco en el muslo que por poco despierta la reacción de los escoltas del senador.
—¡Este perro hijueputa me mordió! —lo maldijo Cancino, mientras amenazaba con pegarle con la mano abierta.
La mañana se paralizó. Las familias que recorrían el recinto se aglomeraron en torno al senador. Los funcionarios del Instituto lo atendieron.
—Doctor: vamos a la enfermería —le dijo, apenada, la directora, mientras le ordenaba con gestos a Ricardo que se llevara a Serafín a donde nadie pudiera observarlo.
Ricardo, efectivamente, lo regresó a su guacal con más tristeza que rabia:
—¡Cómo hiciste eso, Serafín!, ¡tu primer cliente en tres meses! ¡Cómo la embarras así! ¡Ni que fueras tú el senador!
Como si se resignara a su destino, Serafín olfateó el piso de cemento de su jaula, eligió un punto específico, dio tres vueltas sobre sí mismo, como siempre, y se acostó.
No se podría decir que miraba con tristeza porque Serafín siempre miraba con tristeza.
Se acomodó y se acostó y abrió la boca para dar un largo bostezo indiferente, mientras Ricardo cerraba la puerta y él se quedaba solo.
Los demás perros seguían en la jornada, entregados a su mejor exhibición.
El sol caía a chorros sobre el pasto mientras las familias se acercaban a preguntar por ellos.
La cola de rata del perro más feo del mundo se enroscaba bajo sus patas y ahí quedaba aislado a modo de sanción.
Otra jornada invicto: ¿moriría acaso en ese lugar?
¿Alguna vez conocería una familia dispuesta a adoptarlo?