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—Este perro tiene que ser nuestro —le dije a mi esposa en la noche mientras le pasaba el recorte del periódico.

Ya estábamos en la cama. Cada uno leía un libro. La televisión estaba prendida sin volumen.

—¿Perdón? —me respondió, mientras levantaba la vista del libro que estaba leyendo: una melaza feminista sobre los nuevos tipos de masculinidades y los géneros fluidos.

—Este perro —le dije de nuevo—. Míralo. No lo adoptan porque es calvo.

—¿Y? —respondió ella.

—Pues que esta casa tiene que ser su lugar.

Recuerdo que se puso de pie, que leyó nuevamente el titular y que acomodó su mejor voz para responderme con dulzura:

—¡Estás completamente loco! ¡Ya tenemos suficientes animales en esta casa!

—¡Pero no suficientes calvos! —argumenté.

—Suficientes calvos también: y por si fuera poco te está marcando tu papá —me dijo mientras señalaba mi celular.

Si por «suficientes perros» se refería a los cinco shih tzu que vivían con nosotros, tres de los cuales nacieron en la pandemia, se quedaba corta. Pero no podíamos haber regalado ninguno: mis dos hijas lo habrían impedido con sus vidas.

—¡Pero si es como Annie, la huerfanita!: ¡es el Annie de los perros! —clamé, mientras silenciaba el teléfono.

—¿Pero no dices que es calvo? ¡Annie tenía afro!

Acá es necesario que les haga una confesión.

Como les comenté, a mis casi cincuenta años tuve que convertirme en youtuber impulsado acaso por un instinto de supervivencia: antes de padecer aquella metamorfosis, fui un periodista especializado en revistas, lo cual equivale a decir, hoy en día,

que uno es experto en limpiar las cabezas del Betamax.

Anoten eso. Vivir de editar revistas es como vivir de disfrazarse de Naranjito, la mascota de España 82: un trabajo que hoy en día ya no sirve para nada.

Si recuerdan a Naranjito es porque tienen al menos cincuenta años.

Estudié, pues, Literatura, porque quería ser periodista de medios impresos; también porque me gusta la poesía, me da consuelo en el disparate de la vida.

Pero todo fue en vano. Cuando creí que tenía solucionada mi vida laboral, las revistas naufragaron y a las carreras tuve que someterme a una inmersión en el mundo digital que, como ha sucedido con casi todos los que lo han hecho, me idiotizó: caí preso en un bucle en el que necesitaba ser viral,

ganar clics, leer comentarios.

Haber estudiado la obra de Borges para descender a un espectáculo tan deplorable era deprimente.

Pero era así: tener vistas me obsesionaba. A diferencia de Borges. Vaya paradoja.

La historia del perrito alopécico y rechazado que vagaba en las calles y a quien nadie quería acoger me conmovía, claro que sí.

Pero no puedo negar que en un primer momento lo quise para grabar un video que tuviera éxito.

Porque en el mismo mes en que sucede esta historia, deben saber que había llegado al país el famoso youtuber Beto Botero, mi inspiración original, para lanzar su libro Lama al can.

Los estrategas de mercadeo de la editorial inventaron entonces un concurso entre influenciadores digitales para que quien recogiera más visualizaciones promoviendo aquel lanzamiento obtuviera como premio grabar un video en colaboración con él.

Grabar un video con Beto Botero significaba al mismo tiempo acumular por arrastre por lo menos doscientos mil nuevos seguidores: codearse con el maestro de todos los youtubers, el más grande influenciador de lengua hispana, el chileno más universal de todos los chilenos, por encima de Pablo Neruda,

aunque no de don Francisco, su predecesor del programa Sábados Gigantes; si alguno de ustedes recuerda a don Francisco es porque tiene más o menos mi edad.

Imaginaba el brinco digital que obtendría mi prematura carrera de youtuber gracias a la garrocha inmensa que significaba grabar en colaboración con Botero, y la ansiedad me devoraba a mordiscos: con un solo video, podría traspasar el millón de suscriptores.

Sería mi primer video viral de verdad: viral de los que se comparten en otros países, por fuera de Colombia.

Y gozaría en adelante de una carrera de fama sideral, de presentaciones apoteósicas —porque todo youtuber termina vendiendo boletas para sus propias presentaciones— con las cuales podría reemplazar mi vieja y obsoleta trayectoria de periodista de los de antes: periodista de tinta,

trasnocho y bebida en los cierres de edición, cuando había que cumplir con los turnos de la imprenta y las revistas se distribuían con camiones que las repartían por toda la ciudad. Era la forma de entonces de ser viral.

En mi libreta de anotaciones —pues como un hábito heredado de mi vida de periodista analógico anotaba todo en una pequeña libreta, jamás en el celular— había escrito el dato de que el 37% de videos que más se comparten en YouTube se relacionan con animales.

De modo que les pido que imaginen el video: el perro marginado por ser calvo que al fin consigue hogar gracias a un escritor calvo que se volvió youtuber: en complemento con Beto, un youtuber que se convirtió en escritor y que, encima de todo, lanza al mercado un libro que se llama Lama al can.

Cada pieza encajaba a la perfección: parecía un soneto.

Mi video canino sería una pieza imbatible, el pasaporte definitivo a la gloria digital y el primer peldaño —por qué no pensar en grande— de una gran amistad con el maestro Botero.

Pero mi esposa, tan habituada a adoptar personas sin preguntar a nadie, tan dedicada a ayudar a la gente desde la tienda que acababa de montar, no cedía.

Con la misma boca con la que pedía a un viejo en una esquina que se subiera al carro para comer en la casa y cambiarse de ropa, impedía que un perro humilde encontrara hogar.

Discutí con ella durante más de media hora: le dije que no podía seguir viviendo si sabía que existía, bajo mi indiferencia, un perro al que rechazaban por ser calvo; acudí a la máxima básica de que calvo ayuda a calvo; le pedí que recapacitara. Incluso pasé al chantaje emocional:

—Me sorprende que no puedas darme gusto en algo que para mí significa mucho y en cambio a ti no te quita nada.

Que sí le quitaba. Y que la casa iba a oler a perro.

—Pero no más que ahora… —defendí mi punto—: ¡si ya hay cinco perros!

—Puede que no huela más a perro, pero va a oler más a calvo.

Mi esposa suele ser una mujer amable y de buen corazón, pero cuando se le fija una respuesta en la cabeza, se encierra en sus razones como en una cárcel y tira la llave.

En dispersos libros sobre perros había leído frases que quizás ya no resulten originales para quienes aman a los animales: que los perros son mucho mejores que los seres humanos; que la única manera de conocer la lealtad en estado puro es recibiendo un perro en la casa, en la vida:

es volviéndose amigo inseparable de un perro.

Que la diferencia entre los perros y los humanos es que a los perros nunca se les pasa el amor.

En vano se las dije a mi esposa.

—Tengo cinco perros: sé perfectamente lo bueno que es tener perros. Pero cinco son suficientes.

Sonaba como nombre de una comedia ochentera: cinco son suficientes, tres son compañía. Porque quizás tampoco les he contado que una parte de mí se quedó en los años ochenta.

—¿Sabes en número de visualizaciones lo que puede significar para un youtuber calvo encontrar un perro calvo? —arremetí de nuevo, esta vez con otro tipo de argumentos.

—Sí: desde que te volviste youtuber rejuveneciste, ahora pareces de cinco años. ¿Quieres adoptar un perro solo para ganar seguidores? ¿No te da vergüenza?

—¡Y para promover el amor por los animales! —me defendí, ofendido.

Mi alegato fracasó. Mi esposa hundió sus tristes ojos verdes en el libro, absorbida por la lectura de aquel ensayo que describía el género como si fuera un pañal: una sensación fluida e intercambiable.

No se lo dije, porque me habría regañado: habría dicho que envejecí como un anciano facho, con la misma facilidad con que antes me había dicho que parecía de cinco años.

Quizás tenga razón. Quizás eso signifique tener cincuenta años: actuar a veces como un niño ingenuo y a veces como un viejo de derechas, y en cualquier caso producir lástima.

—¡Te prometo que ni siquiera lo vas a sentir! —le dije como último intento.

—No es momento para hablar de sexo —respondió.

No supe qué responderle, y cuando se me ocurrió ya había pasado el momentum, que es algo que me sucede con frecuencia.

Además, mi hija mayor había puesto a todo volumen una canción de reguetón que se desparramó por la casa entera como una espesa y espantosa mancha de aceite.

En ese instante también ingresó a mi celular una metralla de mensajes de audio de mi papá; y mi otra hija salió de su cuarto y dejó la luz encendida.

Y mi cotidiana existencia de señor de cincuenta años se derrumbó sobre mi cabeza como una torre, una vez más, y no me quedaban fuerzas de alegar nada, ni de decir nada.

—¡Apaguen las luces, carajo! —grité como última cosa mientras el universo se me derrumbaba sin ideales ni esperanza, y me sentía solo, como un perro en su guacal. Y el dueño de la tabaquería se sonreía.

Caía el sol esa mañana de domingo sobre el Instituto de Perros Abandonados. Se abría una magnífica jornada de adopción y Bogotá refulgía bajo un cielo tan azul y despejado que no parecía Bogotá.

Una mujer acompañada de dos niñas adolescentes se acercó a Ricardo:

—Perdón, señor, buscamos a un perro calvo: ¿es acá? —le preguntó.

Ricardo sonrió: nunca había imaginado esa expresión, «un perro calvo», pero no tuvo que tomarse mucho tiempo para comprender a quién buscaban.

—Vayan allá —les dijo señalando una línea de gente que desembocaba en la ventanilla de «Formularios de adopción».

Las tres mujeres caminaron hacia la fila, mientras Ricardo corría hacia el guacal de Serafín, para advertirlo:

—Te dije que esta iba a ser tu semana —le susurró mientras le consentía el disparejo lomo de pelos desenhebrados.

Las tres mujeres guardaron la fila hasta que fue su turno.

—Llenen este cuestionario y cuando esté listo pasen a ventanilla dos —les indicó el funcionario.

Llenaron el cuestionario. Pasaron a ventanilla dos.