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Supongo que me faltan muchas cosas por decir y que si tengo suerte las iré contando poco a poco, aunque no deben perder de vista que esta no es mi historia, sino la historia de mi infarto; y que habíamos quedado en que me postraba en una ambulancia mientras no sentía las piernas.

Ni mis hijas ni mi papá sabían entonces que me escurría poco a poco hacia la muerte; tampoco mi esposa.

Ni la anciana que acababa de recoger. Ni nadie. Tampoco Serafín. Y si acaso Mariete.

Algunas personas que han conseguido poner un pie en la muerte y regresar para contarlo, coinciden en que lo primero que sucede al morir es ingresar por un túnel oscuro al final del cual hay una luz cegadora.

Un disparo de nieve, complementaría Silvio Rodríguez.

Porque no sé si les dije que me gusta la música protesta.

Pensé que morir sería eso: ser testigo presencial de ese cliché, sentir el vértigo de un túnel negro con una luz de fondo frente a la cual gritaría:

—¡Apaguen las luces que no estén usando, carajo!

También suponía que, antecitos de morir, uno recorre su propia vida hacia atrás y la observa en retrospectiva, con bordes color sepia: no sé por qué lo imaginaba de esa forma, acaso por algún filtro de Instagram.

Y mientras la ambulancia tomaba bruscas curvas rumbo al hospital en que iban a atenderme, yo esperaba el momento de repasar los lugares cumbres de mi triste existencia de payaso deprimido bajo una música de violines: la primera cita dermatológica a la que me llevó mi mamá, a los quince años,

cuando vio que me quedaba calvo.

Mi primer ataque de pánico, porque también deben saber de mis ataques de pánico cada vez que existe la sospecha de que debo hablar en público.

Mi primer día en la universidad. Mi primer trabajo como periodista.

El primer chiste de mi vida en un escenario (en el que padecí un ataque de pánico que por poco me mata, como se los contaré).

Cuando conocí a mi esposa. Cuando me casé.

El nacimiento de mi primera hija. La primera persona que mi esposa recogió en la calle para darle posada: una viejita.

La segunda persona que mi esposa recogió en la calle: un viejito.

El nacimiento de mi segunda hija. La quinta persona que mi esposa recogió en la calle.

La primera vez que recibí un audio de más de nueve minutos de mi papá.

El gol olímpico de Omar Pérez en un partido de Santa Fe contra Nacional.

El de Wílder Medina contra Gremio. La muerte de mi mamá, el golpe más duro que he recibido en la vida: una muerte lenta por culpa de un cáncer gris que le invadió la piel, los huesos, los ojos, los dientes; que la desalojó de sí misma,

mientras yo sentía que el universo se reconstruía en mí sin ideales ni esperanza, y que el propietario de la tabaquería se sonreía.

Y, claro, el momento en que me volví youtuber porque si quieren comprender este libro desde el comienzo deben saber que están tratando con un youtuber.

Anciano para los tiempos virtuales, es cierto: pero youtuber, de todos modos.

Un esforzado hombre de edad mediana que se vio obligado a convertirse en creador digital para que el mundo de las comunicaciones, del que vivía, no lo dejara rezagado.

Y que, por jugar en aquel juego, rápidamente cambió el prestigio por la fama y logró abrir un canal de YouTube con una suma considerable de seguidores.

Pero no los suficientes. Porque para un youtuber nada es suficiente.

Por ahora digo que en ese recuento de las postales de mi vida que, supuse, se desplegaría ante mi memoria cuando diera el primer paso hacia la muerte, no tuve un pequeño espacio para pensar en Serafín, la mascota de mi vida: muy seguramente, si la situación fuera al contrario,

en el inventario de la vida de él yo aparecería en todas sus polaroids.

Prácticamente en todas. Porque los perros no son ingratos como los humanos.

Hablo de Serafín, el perro al que conocí gracias al periódico. Y al que, si lo pienso dos veces, hoy le debo la vida.

Recuerdo el titular porque lo recorté: apareció publicado en el diario El Tiempo, cuando llevaba ya un rato siendo youtuber.

Bajo una foto en la que el pescuezo se le veía especialmente arrugado, se leían estas letras: «Serafín, el perro al que nadie quiere adoptar en Bogotá» y tenía este párrafo que titilaba entre los demás párrafos: «Serafín es un perro criollo, tiene 6 años, vive en Bogotá y sufre de alopecia.

Su historia se remonta al día en que llegó a la Unidad de Cuidado Animal. Serafín fue atendido por médicos veterinarios, quienes lo diagnosticaron con problemas hormonales, lo que ha desencadenado en alopecia, o pérdida de su pelo. Desde entonces, recibe tratamiento».

El artículo contaba que el perro había asistido a once jornadas de adopción y que ninguna familia se lo llevaba porque todas suponían que aquellos parches de cuero negro regados por todo el cuerpo eran producto de una enfermedad infecciosa: un perro canchoso en el sentido literal de la palabra,

un germen con cuatro patas.

Yo sé que ustedes ya se imaginan que fui yo quien adoptó a Serafín. Pero se equivocan.