Serafín 3
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Cuando me pregunto qué tipo de cosas me empujaron hacia ese infarto, que quién sabe desde qué momento había comenzado a abrir su mano dentro de mi pecho, llego a varias conclusiones: la primera es que tengo la peor edad que puede tener el ser humano, los cincuenta años.

La edad en la que uno debe pagar cuentas, responder por hipotecas, convivir con sus propias obsesiones, como pedir que apaguen las luces de la casa cuando no las utilizan, que es la razón por la que vivo:

—¡Apaguen las luces, carajo! —es mi grito de guerra.

La edad en la que uno debe ser el papá de todos los que lo rodean: ser papá de los hijos, que a estas alturas ya son un enjambre de barros y espinillas, pero también ser papá de los papás.

Llevarlos a almorzar los fines de semana para que no estén solos.

Llevarlos al médico. Ayudarlos a que manden un archivo por correo, a que envíen un audio por WhatsApp.

Y juntarlos con los nietos, que son la segunda causa de infartos en el mundo: los nietos de los papás, es decir los hijos de uno.

Porque la primera gran causa es el reguetón.

Supongo que no les he dicho que soy padre de dos hijas adolescentes que cantan a un volumen insufrible canciones de reguetón mientras me piden plata para asistir a los conciertos de moda.

—Ya salieron las boletas para Estéreo Picnic, vienen Las Pastillas del Abuelo, Los Pericos: ¡viene Harry Styles! ¿Me das para comprar las boletas? —me dijo la mayor tan pronto como comenzaba a escribir esta historia.

—¿Cómo así que «me das»? —la corregí—. ¡La plata se gana, no se pide!

Me enteré entonces de que, contra todo pronóstico, Harry Styles no era el nombre de una peluquería de barrio, sino un artista que viene a Bogotá por segunda vez: la primera protagonizó un concierto apocalíptico que remedaba las consecuencias del cambio climático,

porque en el coliseo hubo migraciones de la gente de lateral a la platea, extenuantes oleadas de calor, decenas de desmayados, hambrunas.

Y cualquiera podía vivir aquel simulacro de los estragos del calentamiento global pagando quinientos mil pesos.

—Por nada del mundo —le dije—. Si quieres ir a un concierto, que sea de Sabina: en el otro te pueden robar…

Que no sabía quién era Sabina. Pero poco rato después se juntó con su hermana mayor para exigir boletas del espectáculo de Bad Bunny y, como si se tratara de un argumento definitivo,

puso en el altavoz de su celular el aullido de una suerte de puertorriqueño con problemas de dicción cuya inspiradora lírica aprendí de memoria: «¡Tú no eres bebecita, tú eres bebesota!» .

Qué letra, dios mío, qué palabras: ¿para qué leer a Quevedo y su soneto sobre el conde de Osuna, si tenemos a su tocayo y luminoso bardo mundial que elogia a la mujer con una economía de palabras envidiable?

Les negué el dinero para las entradas de forma rotunda y les exigí, además, que entraran en razón.

—¿Podrían decirme quién es el autor del soneto de «Faltar pudo a su patria el gran Osuna»?, ¿o solo se saben los nombres de cantantes de reguetón? —las reté.

—Me gusta Ozuna —me dijo la mayor.

—A mí me gusta más Farruko —se metió la segunda.

Les ofrecí un bono en la peluquería de Harry Styles para que me dejaran tranquilo porque en ese momento mi papá llamaba al celular.

Supongo que no les he contado que tengo un papá que me llama involuntariamente al celular tres veces al día, cada vez que pretende mandar un audio por WhatsApp.

Cada mensaje que, con esfuerzo, consigue enviar, viene precedido por tres pequeños audios vacíos que no se da cuenta de que está grabando: posteriormente manda un audio en el que se queja de que el audio que está grabando no esté grabando;

luego envía un nuevo mensaje en el que repite lo que acaba de decir, porque supone que el audio anterior no se grabó, o no se envió, y cuenta, de todos modos, la anécdota de que lo grabó, pero que el audio no se fue, o se borró: seis o siete audios después, confiesa que olvidó para qué me buscaba.

Hasta que lo recuerda y manda un último audio caudaloso, de siete minutos, que oigo agradecido mientras pienso que por lo menos ha evolucionado.

Antes enviaba chats como si fueran un Marconi: «Favor pagar luz recibo finca».

Mi papá, pues, me llamaba al celular para pedirme ayuda digital:

—Escribí un nuevo capítulo de las memorias pero no me acuerdo de si el computador las grabó.

—Pero si son de memorias, ¡cómo no te vas a acordar!

—No sé si lo grabé. Y no encuentro el documento.

—¿No sabes o no te acuerdas?

—No me acuerdo. O no me acuerdo del nombre que le puse al documento, mejor dicho.

—¿Ya probaste «Memorias»? —le recomendé.

—Ya busco y te llamo.

Supongo que tampoco les he dicho que, además de poner a prueba mi paciencia con el amnésico autor de sus memorias, estoy casado con una mujer que recoge personas de la calle y las instala en la casa hasta que consigan un lugar más digno en el cual hospedarse.

El único problema de su corazón es que es del tamaño de mi neurosis, y cada vez que bajo a la cocina, generalmente en calzoncillos, para servirme algo de tomar, la sorpresa de dar con un nuevo inquilino me abruma:

—¿Y la señora quién es? —pregunté a una anciana que estaba en la cocina cuando todo esto comenzaba.

—Me llamo Carmen: su señora me invitó a pasar.

—¿Y ella dónde está? —pregunté mientras abría la nevera.

—Ella salió, doctor.

—¿A dónde?

—Me dijo que a comprar leche.

—¿No hay leche? —pregunté como un tonto, mientras constataba que no.

—No, señor. Ya me la tomé, señor.