Serafín 2
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Lo primero que quiero que sepan de mí es que soy calvo: calvo como un profesor de Matemáticas.

Calvo como una rodilla. Calvo como la rodilla de un profesor de Matemáticas.

Mi sobrino Mariete siempre dice que eso es una ventaja porque no tengo un pelo de tonto, porque mi sobrino Mariete siempre dice cosas semejantes.

Siempre tiene un comentario agudo. Es como convivir con un eunuco.

Pero esta vez tenía razón. Es verdad. Nací calvo y moriré calvo, y en el medio de esos dos momentos (las dos fechas que tendrá mi tumba) hubo un tiempo en el que tuve un frondoso pelo amarillo lleno de bucles que parecían inmortales, como los de un angelito.

Pero nada en esta vida es inmortal: mucho menos el pelo. Y así lo fui perdiendo como quien pierde la juventud o una materia que nadie pierde, por decir algo Gimnasia o Electivas: sin siquiera darme cuenta.

De ese modo, a los quince años me convertí en el primer y único niño calvo del salón, el único calvo del colegio, exceptuando a los profesores, porque había profesores calvos. Como el de Matemáticas.

Se preguntará alguno: ¿qué se siente ser calvo a los quince años?

Se siente frío, eso es lo primero que se siente.

También se sienten ganas de no ir al colegio porque todos los chistes sobre niños calvos hacen reír.

Pueden anotarlo. Todo chiste contra un calvo brilla como la calva misma: como mi propia calva que por aquel entonces no era la llanura lustrosa que se ve ahora, en que se refleja el cielo con los colores plenos de la tarde, sino una calva en proceso:

con mechones deshilvanados que se caían en la ducha.

Mi nombre es Daniel. Soy calvo de nacimiento y calvo otra vez desde los quince.

Amo a los animales desde el principio, de golpe porque crecí rodeado de ellos, o al menos de mi sobrino Mariete.

Fui buen estudiante tanto en el colegio como en la universidad.

Después trabajé en una revista y me convertí en humorista: el trabajo ideal para una persona calva, porque hay oficios en los que se puede ser calvo y oficios en los que no.

Ser galán de telenovela, ser torero, ser cantante de un grupo de rock, ¡ser centro delantero de un equipo de fútbol, sobre todo argentino!

, requiere exhibir un pelo sideral, ojalá de trapero.

No digo que no haya habido toreros calvos, como Manolete, ni niego la existencia de Zinedine Zidane o de Grzegorz Lato, el futbolista polaco a quien si ustedes recuerdan seguramente es porque son cincuentones.

Pero la cumbre del éxito es sacudir una melena de león después de martillar un gol de cabeza o en los momentos claves de un solo de guitarra.

En cambio, ser profesor de Matemáticas o vender seguros de vida es para calvos.

Lo mismo que ser humorista.

La pequeña plazoleta del Instituto de Perros Abandonados parecía un bazar: había mesas, parasoles, música. Pero más que nada perros. Todos los perros del Instituto, los ochenta y ocho perros abandonados que exhibían su mejor hocico para que los adoptara alguna familia.

—Hoy te llevan, vas a ver que hoy te llevan —le dijo Ricardo a Serafín.

Serafín sobresalía entre los demás perros por antigüedad. Se había hecho célebre entre las personas del Instituto porque llevaba once jornadas de adopción de las que regresaba a su guacal de siempre, con el rabo entre las patas.

—La de hoy es la doce y en la doce te llevan, es mi número de la suerte —le volvió a decir Ricardo mientras le acomodaba el collar con su nombre, el nombre de Serafín, y lo sacaba a la plazoleta, para que se luciera de nuevo.

Ricardo no rescató a Serafín porque Ricardo no es veterinario.

Es el empleado de la alcaldía que organiza a los perros, les limpia los guacales y los baña.

Lo recibió cuando de la veterinaria distrital lo remitieron al Instituto: alguien llamó al número de emergencias médicas de la alcaldía a reportar un perro de tamaño mediano que lanzaba desgarrados aullidos tirado en una calle y con sangre en la cabeza: ¿lo atropelló un carro?

, ¿lo mordió otro perro?

Dos veterinarios lo envolvieron en una frazada para poder recogerlo mientras el perro les lanzaba mordiscos feroces, ardido de rabia y de dolor.

Los veterinarios de las jornadas de la ambulancia de rescate, en todo caso, habían visto cosas peores porque, por salvajes que sean, los animales no experimentan placer propiciando crueldad a otros seres vivos.

Anoten eso. Los seres humanos, en cambio, sí: gozan torturando, torturan por placer. Las letras de Maluma son una prueba.

Perros a los que dejaban amarrados con alambres de púas. Perros que abandonaban en azoteas, a sol y lluvia. Perros quemados con gasolina. Perros heridos a cuchillo, o violados por humanos. Perros atropellados a los que botaban en las calles con la cadera rota.

O perros como este que sangraba por la oreja, como lo supieron después, cuando, ya en la veterinaria de la alcaldía, lo anestesiaron y lo limpiaron y pudieron constatar, en términos objetivos, que se trataba del perro más feo del planeta.

Era flaco, era contrahecho. Tenía las patas largas y el pecho salido, una cola parecida a la de las ratas, larga, pelada y con unas hebras de pelo que impresionaban, y una barriga inflada, a punto de reventar, de la que pendía una hernia deforme a la altura del ombligo.

Pero lo peor era el pelo. Había que verlo.

Parecía chamizo seco, el saldo de un incendio: un reguero de injertos de paja desiguales y amorfos color mostaza, regados por encima de una piel aterradoramente negra que por momentos se asemejaba a las manchas de engrudo en la que agonizan los pelícanos de los derrames petroleros.

El perro al que nadie quería adoptar dormía en una amplia jaula, una especie de cuarto remachado de mallas, junto con dos perros que rotaban en la medida en que las familias los adoptaban.

En ese perrera de cemento había convivido con Gaspar, un dálmata cuyos ojos se reventaron inflamados por un glaucoma y al que rescataron vagando por las calles, cuando se estrellaba contra los muros.

Con Chabela, una perra que padecía un embarazo psicológico por culpa del cual le crecían las tetas y aullaba de noche.

Con Chontaduro, un gozque al que amputaron la pata agangrenada que arrastraba por las calles del barrio Santa Fe.

Con Vainilla, una perra que nació con labio leporino y ladraba con medio hocico en carne viva.

Y con Góngora, un ovejero desequilibrado al que lo invadían unos serios ataques de nervios por culpa de los cuales se perseguía la cola.

Todos ellos fueron huéspedes temporales del galpón de los perros de difícil adopción: perros ciegos o cojos; perros negros a los que no adoptaban por ser negros. Y perros torcidos como políticos por los que nadie daba un peso que, sin embargo, encontraban familia.

Todos menos a Serafín, que durante once jornadas compartió su guacal con una gran variedad de canchosos.

Con algunos apenas se olisqueó. Por otros sintió algo parecido al cariño, como sucedió con Tocino, un callejero de tres años al que unas personas decidieron prender fuego.

La patrulla veterinaria alcanzó a salvarlo.

Compartió cama con Serafín tres domingos.

Y al menos por ese tiempo se convirtió en su mejor amigo.

Pero otros perros eran francamente insoportables, como Cloe, una enana temblorosa, con evidentes sedimentos de french poodle, que padecía las marcas de un moquillo al que logró sobrevivir,

pero que le dejó con un movimiento involuntario en las patas traseras por culpa del cual no dejaba dormir a nadie.

—Hoy va a ser tu día, por fin. Hoy será un gran día. Ya lo verás —dijo Ricardo. Y no lo dijo en vano. Porque aquella jornada de adopción fue el día en que cambió la vida de Serafín.