Serafín 1
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Serafín

Serafín

Por Daniel Samper Ospina

© inepub.com

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No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

[…]

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).

Ah, lo conozco: es el Esteves sin metafísica.

(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)

Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.

Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo

se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

FERNANDO PESSOA,

Tabaquería (Álvaro de Campos)

Si quieren saber por qué me están subiendo en una ambulancia mientras tomo el celular para grabar un patético video de mí mismo que se volvió viral, lo primero que deben hacer es leer esta historia: la de mi infarto, que es también la historia de un perro que adopté, porque son la misma.

Y también la historia de un hombre de cincuenta años que tuvo que abrir cuentas de redes sociales y convertirse en comediante, mientras por dentro se sentía triste, como esas horribles esculturas de Lladró en las que un payaso llora.

Lo hace con llanto trágico: como si le estuviera dando un infarto.

O como si se le hubiera muerto un perro.

Tienen que leerse esta historia, pero sobre todo tienen que poner atención en esta parte, porque el día que me iba a dar un infarto alcancé a llegar a la clínica caminando por mí mismo,

pero al atravesar la puerta de urgencias dejé de sentir las piernas y tuve una extraña sensación de desprendimiento, como si todo lo que me sucedía me estuviera pasando en tercera persona.

Caminé como flotando hacia la ventanilla de atención al público, recibí la ficha de mi turno, me puse de pie cuando escuché mi nombre y me senté en una camilla a la que me condujo una enfermera.

Pasaron treinta y siete minutos hasta que otra enfermera —que se creía la mamá de Maluma— me tomó de la muñeca, me midió la tensión y ordenó que me sacaran sangre.

No sé si les dije que odio los hospitales, que odio las inyecciones, que odio la sangre.

No sé si les dije que odio las canciones de Maluma.

El hecho es que una doctora me llenó el pecho de electrodos, y después de examinar lo que pasaba en el monitor, pidió que alistaran la ambulancia para llevarme a un hospital mejor equipado, mientras yo desenfundaba el celular dispuesto a dejar la vida por las visualizaciones, por los clics.

Tan pronto como comencé a grabar tuve la primera embestida en el pecho: sentí que subía una súbita marea de dolor que reventaba contra las costillas. Y luego otra, y ganas de vomitar.

Unos pocos segundos después supe que morirse era eso.