Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Ricard #3
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Ricard #3

—Y el que no lo olvidó nunca fui yo. Ni la hermana de Nieves, por lo que puedo imaginar.

Declaré que Nieves había traído la cocaína, que lo hacía habitualmente, y que no sabía de dónde la había sacado.

Le eché la mierda encima. Toda. No supe plantarme.

Pensé que en el fondo seguía haciéndolo por Víctor.

Era mi sino. Ya le he dicho que llevaba años haciendo lo mismo, procurando su bienestar, arrancándole una sonrisa de agradecimiento o una palmada en la espalda.

Su padre me pidió que no le dijera nada, que se recuperaría mejor si ignoraba que no había dicho la verdad.

Por si fuera poco, Arcadi Renom tenía amigos entre los comisarios.

Hubiera tapado el cráter de un volcán de habérselo propuesto.

Además, tal y cómo señaló mi padre, que cómo ya les he dicho no tenía escrúpulos: total, la chica ya estaba muerta. Todo se saldó como un accidente.

Suspira como si pretendiera apoderarse de todo el aire de la habitación. Solé remata el comentario con la carcajada agria de un bufón. A Tedesco no le sorprende, para un hombre íntegro la vergüenza resulta difícil y dolorosa. Insoportable.

—Así de turbias fueron las cosas y así de cobarde e infeliz he sido toda mi vida.

Ahora ya lo sabe. Lo taparon todo. Lo del raticida con el que habían adulterado la cocaína tampoco trascendió.

Víctor sí llegó a saberlo, quiso ver el informe forense y se las tuvo días después con Brufau, pero él solo era un eslabón más en una gran cadena.

Víctor salió indemne, un desgraciado accidente, un despiste, un desgraciado error humano.

Lo que prefiera. Para la policía, y a todos los efectos, la que ejercía de camello era Nieves Latorre.

Haga usted con la información lo que le parezca.

A mi padre ya no le viene de una decepción más.

—Por eso cerraron la investigación —prosigue Tedesco, ignorando los últimos comentarios—.

Con Nieves muerta no había nada que averiguar.

Un desafortunado accidente propiciado por la propia fallecida.

La familia de Nieves con las manos atadas y la boca tapada y Víctor a salvo.

Intocable. Un accidente más. Una muerta más.

El policía entorna los ojos en un gesto apreciativo antes de señalar.

—Renom sabía jugar sus cartas.

—Desde luego. Era todo un carácter. Estoy seguro de que Víctor no llegó a saber lo que dije de Nieves.

Simplemente pensó que su familia había conseguido que la investigación no fuera más allá.

Yo no lo reconocí en su presencia y su padre no creo que volviera a sacar el tema.

No le convenía. Lo tapó. Víctor tampoco asistió al funeral, seguía en observación.

Arcadi Renom hizo que lo retuvieran en la clínica hasta que la chica hubiera sido enterrada.

Por lo que sé no volvió a ver a la familia de Nieves.

He hecho cosas humillantes en mi vida, todas relacionadas con Víctor.

¿Y sabe lo que es peor? Que volvería a hacerlas.

Ricard habla ahora en voz muy baja y con la mirada clavada en sus manos entrelazadas como si se encontrase en un confesionario.

—Solo me arrepiento de una de ellas, haber difamado a la chica para salvarle el culo.

Nieves no lo merecía, ni ella ni nadie. Estaba tan colgada de Víctor como yo.

Ella lo sabía, sabía que yo solo pensaba en él, que me arrastraba por él.

Me lo hizo notar con delicadeza, pero quiso que lo supiera.

No me odiaba. Yo no era un rival, solo un pobre marica desesperado. Un desgraciado maricón, un lacayo.

—Comprendo —afirma Tedesco.

El policía cree entender la raíz del resentimiento de Bel Jiménez, así como la locura que se apoderó de ella al reencontrar a Víctor más de dos décadas después.

Iván ha localizado la publicación tras asociar ambos nombres en la red.

Tedesco ha echado una ojeada al reportaje a todo color y todo halago que avivó en la joven fotógrafa el deseo de venganza.

—Lo dudo.

Tedesco no responde a la mordacidad de su interlocutor. Se pone en pie y le tiende la mano. Han acabado.

El médico se levanta con un suspiro e ignora la mano adelantada del policía. Se encamina hacia la puerta del despacho. No necesita ser amable. No se apresura. Como si no quedara en el mundo un lugar al que deseara llegar. Antes de desaparecer en el pasillo se gira y encara al inspector.

—¿Le doy pena?

A Tedesco la pregunta le pilla a contrapelo. No la esperaba y no sabe qué decir. No pretende ofenderle, pero es cierto que no envidia la vida del hombre desgarrado que está a punto de abandonar la comisaría.

—Todos acumulamos miserias.

Ricard cabecea como si se mostrara de acuerdo con el policía. No es así, solo confirma lo que ya esperaba, que raramente nuestras palabras responden a la verdad, pero que no siempre podemos considerarlas mentiras. Reconoce que el policía ha sido compasivo.

No vuelve a abrir la boca. Ricard Solé abandona la comisaría sin prisa y con las manos en los bolsillos del abrigo mientras la lluvia, que no ha dejado de caer durante horas, sigue estampándose contra el suelo para correr en dirección a las alcantarillas.

Las alcantarillas.

El policía le sigue a pocos pasos y se asoma a la calle. Le gusta contemplar la lluvia sobre el asfalto.

Iván regresa a su mesa.

No hay alcantarilla para tanta porquería, piensa Tedesco.