Ricard #2
—Hice lo que pude por ella. Todo lo que pude, se lo aseguro.
Presioné, intenté contener la sangre… Estaba viva, pero sangraba por todas partes, sobre todo por el cuello.
Se le habían clavado los cristales de las copas, entonces todavía no lo sabía, pero uno de ellos le seccionó la carótida.
Ella quería arrancarlos. Intenté que no lo hiciera.
Le sujeté las manos, taponé como pude… Víctor había cogido las mejores copas que había encontrado en su casa, las del mejor cristal, las del más fino.
Su chica merecía lo mejor. Por eso Nieves las llevaba en las manos, para que no se rompieran. Tenían que devolverlas intactas.
Ricard carraspea, trata de continuar. Su voz, confundida con las lágrimas, emerge cada vez con más dificultad.
—Era la novia de Víctor, pero nunca le deseé la muerte, nunca, se lo juro.
Nadie hubiera podido salvarla, sangraba demasiado.
Creo que ella comprendió que se moría. Tenía sangre por todas partes, como si…
Era horroroso. Yo había empezado a estudiar medicina como todos los varones en mi familia.
En ese aspecto si pude cumplir con los deseos de mi padre.
Aquella tarde estuve a punto de dejar la carrera.
—Y de nuevo se le llenan los ojos de lágrimas, algunas parecen haber quedado atrapadas entre sus cuerdas vocales como si las encharcaran—. Hice todo lo que pude. Se lo juro.
—Y le creo. Pero no sé si acabo de entender. ¿Por qué iba a querer usted que Nieves Latorre muriese? —inquiere para confirmar una sospecha.
—No es usted muy intuitivo, ¿verdad? —pregunta con tanto sarcasmo que Tedesco recibe el comentario como si se tratara de una carga de profundidad y se revuelve en la silla.
—Disculpe, no quería hacer juicios precipitados.
—¿Juicios precipitados? ¿Así llamaría usted a las evidencias? —Solé se encoge de hombros antes de proseguir con acritud—. Si no me equivoco es lo que acostumbra a hacer la policía, juicios precipitados. No veo por qué ustedes… Pero, no importa.
Iván, tieso como el palo de una escoba, registra cada palabra. Todo empieza a encajar en su mente.
Antes de proseguir Ricard Solé sacude una mano en el aire y cabecea bruscamente como para librarse de un pensamiento.
—Siempre he estado enamorado de Víctor, desde que íbamos a la escuela en los Salesianos.
Él me utilizaba, yo era casi como un sirviente.
Víctor pedía y yo corría a complacerle. Como lo oye, yo corría.
Perdía el culo. Alto y claro. Corría como corrí aquella tarde para llevarle unas rayas de coca.
A cambio él me protegía, no permitía que nadie se metiera conmigo.
A los dos nos fue bien. Nunca lo hablamos, pero siempre fue así.
Ayuda mutua, enamoramiento de sentido único.
Servidumbre, vasallaje… Llámelo como quiera.
Es humillante, pero sigue siendo así. Todavía ahora, si necesita un favor…
Se interrumpe y rectifica el tiempo verbal.
—Cuando necesitaba un favor… —se corrige, y deja la frase suspendida en el aire.
—No ha debido de ser fácil —comenta Tedesco, que compadece al hombre destrozado que ha perdido mucho más que un amigo.
—No lo ha sido. Eso también puedo asegurárselo. Tampoco lo fue después del accidente.
—¿Qué quiere decir?
—¿No se imagina por qué quedó en nada la investigación? Estoy seguro de que no han encontrado nada. Usted mismo lo ha dicho. No es que haya desaparecido. No hubo ninguna investigación. No lo permitieron.
Tedesco niega con un gesto.
—No sé si le entiendo.
Ricard Solé le incomoda, sus preguntas evidencian la magnitud de su ignorancia. La inmensidad de la parte oculta del iceberg.
—El padre de Víctor se presentó en mi casa aquella madrugada. Víctor había despertado, había hablado con él. Le había hablado de la coca. Había admitido que había esnifado, que iban colocados. También le dijo mi nombre y el padre de Víctor me pidió un favor. Es la historia de mi vida.
—¿Un favor? —repite el policía para alentarlo a proseguir.
Ricard Solé asiente en silencio. Mal acomodado en la silla del despacho policial el prestigioso médico, con consulta propia y clientela adinerada, parece haber menguado, como si hubiera encogido por obra y gracia de un pesar inimaginable.
—A Arcadi Renom nadie le negaba nada. En sus labios un favor era una orden. Así me lo pareció en aquel momento. Yo era muy joven, él era un tipo poderoso.
—¿Qué es lo que le pidió?
—Me pidió que mintiera. Por el bien de Víctor.
—Y lo hizo —apuntó el policía.
—Sí, lo hice. Mi propio padre me animó a hacerlo. ¿Qué te cuesta? Me dijo. Es tu amigo. Si puedes ayudarlo… No tuve un no para el señor Renom ni para mi padre. No lo olvidaré nunca, me dijo el padre de Víctor. Será nuestro secreto.
Ricard Solé cierra los ojos. Se diría que revive el tono de falsa complicidad en el que fue formulada la frase.