Ricard
Ha pasado varias horas con los ojos cerrados y las imágenes del siniestro proyectándose en la pared de los párpados.
Ha visto mil veces cómo el coche, apenas una sombra, era engullido por la oscuridad como en la última escena de una película sin final feliz.
A medio camino entre el sueño y la vigilia ha reproducido entre tinieblas las luces de los vehículos de emergencias como en un túnel endiablado.
Con el alba Mauricio Tedesco se ha dirigido a comisaría para retomar la investigación justo en el punto en el que quedó cuando durante la tarde anterior dejaron las dependencias policiales para obedecer a una intuición.
Romeu, que ha seguido el desenlace del caso en los diarios digitales y conoce ya la muerte de Víctor Renom y de Bel Jiménez, ha esperado durante más de una hora mientras las primeras imágenes de las consecuencias del accidente saltaban ya a la pantalla del televisor en el París.
Un alboroto de luces permite contemplar cómo los sanitarios cierran las puertas de la ambulancia que se dispone a trasladar los cadáveres.
También unos planos, muy pocos, del coche con las ruedas en el aire.
Se ha marchado malhumorado cuando, como respuesta a su mensaje, Tedesco ha contestado que estaba ya en comisaría.
—Lo siento. Nos vemos mañana.
* * *
El inspector tiene ya sobre la mesa las transcripciones de los mensajes enviados y recibidos desde los teléfonos prepago y confirman cuanto sospechaba.
Desafortunadamente comprueba que no aportan nada nuevo.
Sigue sin comprender las razones de tanto resentimiento y sabe que algo escapa todavía al conocimiento de la policía.
Convencido de que necesita ahondar en el accidente que parece ser el origen de todo para completar el informe y acallar su propia curiosidad ha ordenado traer a comisaría a Ricard Solé, el motorista que años atrás dio el primer aviso.
El joven que pidió auxilio con ayuda de un teléfono móvil.
El mismo joven que intentó contener con sus manos la sangre de Nieves y al que encontraron sentado junto al coche temblando de dolor y de miedo sin acertar a explicar lo ocurrido, intentando asumir que no podía hacer mucho más.
Nieves había perdido la consciencia. Agonizaba.
Tedesco sabe que ha oído antes el apellido del testigo y que ha sido en el curso de la investigación. Intenta situarlo. No lo consigue.
Iván lo acompaña hasta el despacho y el policía advierte que el hombre que aparece en el umbral tampoco parece haber descansado.
Tedesco le invita a entrar y observa que presenta oscuras ojeras y que no se ha afeitado ni peinado.
Parece exhausto. Como si la tragedia acabara de golpearlo personalmente y acabara de vestirse con lo que ha encontrado en el cesto de la ropa sucia.
—Quédate, Iván.
El agente obedece. Aunque no lo demuestra, se siente complacido.
Ricard Solé suspira al dejarse caer en la silla.
Grandes entradas presagian la calvicie total en un rostro en el que destacan unos ojos verdes de escleróticas enrojecidas por la fatiga bajo unas cejas arqueadas como acentos circunflejos y una barbilla en retirada.
Es el suyo un semblante extraño, como discordante, de los que precisan ser mirados con detenimiento.
No es especialmente atractivo, tampoco poco agraciado, pero es verdaderamente insólito.
Un experimento en el que se hubieran mezclado partes de rostros muy distintos.
El policía demora la mirada, no puede evitarlo. Ricard Solé se revuelve en la silla, parece incómodo.
—Usted dirá.
—Disculpe. Estaba pensando… —El inspector improvisa una excusa—. Imagino que estará sorprendido. No debe de saber por qué está aquí.
—Creo que sí que lo sé. Por la muerte de Víctor Renom —afirma con aplomo y un dolor evidente en el rostro que Tedesco no acierta a comprender.
El inspector no consigue librarse de la sensación de que algo se le escapa. El nombre debería decirle algo. Y sin embargo…
Iván Cabrera no parece sorprendido. De hecho, no parece experimentar absolutamente nada. Tedesco escuchó una vez referirse al joven agente como a un reloj sin manecillas.
—¿Cómo sabe que ha muerto? —inquiere el policía.
—Me llamó Lina, su suegra, soy médico. Me pidió que fuera a su casa y que le diera alguna cosa a Aitana, algo que la calmase, estaba muy afectada. Me explicó lo que había pasado. Esta mañana la noticia estaba ya en internet. Acabo de comprobarlo.
—¿Se conocían? ¿Usted y Víctor Renom se conocían? —Y Tedesco, que ignoraba hasta el momento la estrecha relación existente entre el médico y el padre de Noa, apoya los codos en la mesa y adelanta el cuerpo para no perder detalle.
Demasiado tarde para ocultar que desconocía la relación.
Algo en la mirada de Iván le indica que el mosso había deducido el vínculo entre ambos, le lleva ventaja atando cabos.
El policía lamenta haber pasado por alto la posibilidad.
Recuerda que Solé es el apellido del médico que ayudaba a Aitana a soportar el dolor por la muerte de Noa.
—Sí, éramos amigos desde niños. —Las palabras de Ricard Solé supuran un dolor que al policía no le pasa desapercibido—. Crecimos juntos, éramos muy amigos.
—Usted fue el que avisó del accidente hace muchos años.
El motorista que pidió ayuda y que intentó salvar a Nieves.
—El policía habla casi para sí mismo y lo hace con perplejidad—.
Ese dato no aparece en la investigación, nadie constató que se conocían.
De hecho, casi no hay rastro de una investigación.
Apenas un atestado en el que hemos encontrado su nombre.
O bien no la hemos podido encontrar o no existe.
Ricard Solé asiente. Los ojos se le han llenado de lágrimas y no puede evitar sacudir las manos en el aire como si en ellas perdurara el recuerdo de la sangre.
Retira el llanto con el puño del abrigo del que no se ha desprendido.
Está encorvado, abandonado en la silla, destensado como una cuerda en un bolsillo.
Gime en voz muy queda. No acierta a hablar.
Minutos después, recuperada en parte la compostura, Solé levanta la mirada y enfrenta la del policía:
—Aquel día Víctor no había localizado a Brufau.
También ha muerto. Pere Brufau le suministraba la coca.
A él y a casi todos. Era su camello. Me pidió que le llevara unas rayas, quería pasar una tarde especial con ella, con Nieves, quería celebrar que llevaban seis meses juntos.
Yo no esnifaba, no le encontraba la gracia, pero si Víctor me lo pedía…
—No acaba la frase, pero el silencio es elocuente—.
Encontré a Brufau en un garito y compré la coca para él.
Nieves era la chica con la que Víctor andaba en aquel momento y, aunque era la más guapa de las chicas con las que había salido, nunca pensé que fuera nada serio.
Pero si Víctor me pedía un favor, yo se lo hacía.
Fuera lo que fuera. Sin preguntas, sin reproches.
Así era nuestra relación. Así fue siempre —suspira—.
Siempre estuve allí cuando él me necesitó.
Al policía le habría gustado saber si Víctor Renom correspondía a su amigo con una lealtad parecida, sin embargo, pregunta:
—¿Pasó usted la tarde con ellos?
—No exactamente. Fuimos a una casa de mi familia en Vallvidrera.
Había sido desde siempre el picadero de mi padre.
Sí, como lo oye. Así eran las cosas en mi casa.
Todo el mundo lo sabía. Mi padre subía a Vallvidrera a lo que subía, no engañaba a nadie —añade ante la mirada perpleja del inspector—.
El caso es que mi padre esperaba que también fuera el mío, el de su hijo mayor.
Siempre tuvo grandes expectativas y muy pocos escrúpulos, pero eso no creo que le interese.
Yo tenía las llaves, me las dio a los dieciocho años, cuando tuve carnet de conducir.
Me las dio y me dijo: ve con cuidado, no las dejes preñadas, después todo son líos.
Eso fue todo. No era la primera vez que les dejaba la casa.
Con un gesto, Tedesco le indica que prosiga:
—Ellos estuvieron solos, Víctor quería intimidad y yo no pintaba nada.
Yo estuve en el pueblo, eché el rato en el bar y pasé a buscarlos un par de horas después para cerrar la casa y recuperar las llaves.
Estuve a punto de decirle que no cogiera el coche, estaba eufórico, agitado, había esnifado.
Lo pensé, pero no lo intenté. Víctor no se dejaba aconsejar.
Pensé que no me haría caso. Ya le digo que ni lo intenté.
Ese fue uno de los errores que cometí y que no me perdonaré nunca.
—Y entonces Víctor Renom estrelló el Audi.
Ricard Solé cabecea sin poder retener las lágrimas.
Busca en sus bolsillos algo que no encuentra.
Está inquieto. Se desespera. Tedesco le ofrece un paquete de pañuelos de papel que siempre guarda en el cajón superior de su mesa y que repone con frecuencia.
Un policía se enfrenta muy a menudo al desconsuelo.
Ricard saca uno de ellos y lo aplasta primero contra uno de sus ojos, después contra el otro.
Una extraña forma de alivio aparece en su rostro cuando sigue explicando lo que ocurrió.
Demasiado tiempo en silencio, piensa el inspector.
—Yo les seguía en moto cuando… Bajé como pude hasta el coche, era poca distancia.
El Audi se había empotrado en un árbol. Vi que Víctor estaba inconsciente, pero respiraba.
Conmoción. Intenté que hablara, lo sacudí, le grité, pero no podía hacer nada por él.
Me limité a comprobar si llevaba encima la cocaína, pensé que era mejor que no se la encontraran encima.
No la encontré. No quedaba. La habían esnifado toda.
Cierra los ojos unos instantes y se le descompone el rostro. El policía juraría que revive la escena.