Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Tedesco
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Unas treinta personas entre policías, sanitarios y cuerpos de rescate permanecen varadas en el arcén como en una procesión extraña y tétrica.

La mayoría miran al vacío con las manos a la espalda mientras los especialistas descienden hasta el coche volcado.

Dos grandes focos, como de boca de escenario, iluminan la pendiente y permiten seguir el curso de la operación.

La circulación permanece cortada en el carril exterior y un par de agentes de tráfico ordenan el paso.

Las maniobras de aproximación y extracción de los cuerpos son lentas y complicadas y se alargan unas horas.

Gritos, voces y algún motor, el sonido ambiental del infierno. Una lluvia ligera completa el cuadro.

El cuerpo de Bel es el primero en ser rescatado y asegurado en una camilla para evitar que se desplace.

Presenta múltiples heridas. La doctora Soria certifica el fallecimiento.

Su brazo derecho ensangrentado cuelga y oscila como un péndulo cuando los sanitarios lo introducen en la ambulancia.

El policía advierte el anillo en su mano, ignora que perteneció a su hermana Nieves y que lo lucía el día en que murió.

No llegará a saberlo. Tampoco puede descifrar que el animal que recuerda a una serpiente y que engulle su propia cola representa para algunos la naturaleza cíclica de la vida, el círculo infinito, el eterno retorno.

Al aproximarse a Víctor Renom la doctora certifica que ha muerto y observa que recibió un tiro efectuado a muy corta distancia, casi a quemarropa, que le atravesó la parte inferior de los pulmones justo antes de que el Opel se despeñara.

Al disparo le siguió muy de cerca un choque violento contra el cristal delantero producto del impacto del vehículo contra el suelo que se saldó con una grave fractura craneal.

Posteriormente, al volcar el coche sin que el pasajero se hubiera sujetado el cinturón, el cuerpo se desplomó sobre el techo del Opel.

Los resultados de la autopsia determinarán si el disparo habría bastado para acabar con su vida.

—Probablemente, no, quizás habría podido sobrevivir. Pero es demasiado pronto para asegurarlo. Lo siento —se disculpa innecesariamente tras echar un último vistazo a los cadáveres que acaban de rescatar del fondo del barranco.

A Tedesco le gustaría agradecer su amabilidad. No lo hace. Solo cabecea para demostrarle que ha procesado la información y que comprende que no pueda añadir nada más. En otro momento intentaría retener la sonrisa de la doctora. La grabaría para recordarla a solas. Las circunstancias no acompañan.

Bel Jiménez murió debido al politraumatismo originado por el golpe.

Tampoco ella se había abrochado el cinturón de seguridad y, al caer y estrellarse, una esquina del espejo retrovisor interior se incrustó en su hueso frontal.

El mismo retrovisor que no llegó a romperse y que se desprendió de su cráneo cuando el vehículo quedó volcado sobre el techo.

Ha perdido masa encefálica, se ha fracturado la nariz y sus bellísimos labios son un amasijo sanguinolento.

Su rostro apenas resulta identificable. Presenta una herida profunda en el hombro izquierdo y ha perdido mucha sangre.

Por suerte para la policía la fotógrafa llevaba encima toda su documentación.

—Diría que ninguno de los dos sobrevivió al accidente.

Y para aliviar la rabia y la impotencia del inspector:

—Nadie hubiera podido hacer nada. Aunque hubieran podido sacarlos antes y la ambulancia hubiera llegado de inmediato, probablemente no habrían vivido para contarlo.

En ambos casos el impacto en los cráneos fue brutal, probablemente bastó para matarlos.

Piense además que no podemos ver las fracturas internas que quizás sean múltiples.

Posiblemente murieron en el acto o muy poco después —determina la doctora Soria antes de abandonar el borde del barranco en el que aguarda Mauricio Tedesco maldiciendo su suerte y su falta de anticipación.

En pocos minutos lo que era una llovizna ha derivado en un chaparrón bíblico.

El policía apunta para sí mismo: hora de la muerte 17:56.

La pistola, un arma de corto alcance, ha sido encontrada por el equipo de rescate en el interior del vehículo y será llevada al laboratorio para determinar a quién corresponden las huellas, si las hay, y saber así quién efectuó el disparo.

Tedesco no tiene la menor duda. No espera sorpresas.

Nadie se dispara en un costado. Los efectivos que han hallado el arma han localizado también un cuchillo manchado de sangre que será analizado lo antes posible.

Un modelo muy utilizado, un cuchillo de mesa, imposible obtener información siguiéndole la pista.

Antes de abandonar el escenario la forense, empapada y temblorosa, se quita los guantes de látex y le dedica una nueva sonrisa.

Tedesco, azorado e incapaz de corresponder, baja la mirada y permanece así unos instantes.

Resiste aparentemente impasible mientras regueros de agua se desprenden de su cabello para resbalar cuello abajo e internarse en su espalda.

A Iván Cabrera el gesto no le pasa desapercibido. De hecho, toma buena nota mental.

Un par de vehículos se detienen en la cuneta algo más abajo y sus ocupantes se aproximan a la carrera al escenario del siniestro. El último cadáver se pierde ya en el interior de la ambulancia. Una imagen sin cuerpo presente es una imagen que se devalúa.

Los primeros periodistas de sucesos, los buscadores de sangre, acaban de llegar.