Tedesco
Apenas han recorrido algo más de dos kilómetros a una velocidad demencial cuando en el silencio de la noche casi cerrada observan como el automóvil rebasa su carril para aproximarse peligrosamente a ladera de la montaña y de nuevo se aproxima a la cuneta.
—El coche es propiedad de Bel Jiménez.
—¿Bel Jiménez? —repite el inspector—. La hermana de Nieves se llamaba Isabel.
—Isabel Latorre Jiménez —recuerda Iván.
—Es ella.
A lo lejos se extiende la ciudad salpicada de luces, hermosa, indiferente. Tedesco se endereza en el asiento trasero y frunce los ojos para enfocar mejor, para vislumbrar lo que ocurre en el interior del Opel.
Imposible.
El Opel circula pasando de un carril a otro como si la persona que sujeta el volante hubiera perdido el control durante unos instantes.
Quizás se encuentra herida y no consiga controlar el vehículo.
Quizás sea Víctor el que ha disparado contra la conductora, piensa el policía desconcertado que se maldice mil veces por haber olvidado su arma reglamentaria. Todo indica que la va a necesitar.
Lidia, conduce sobrecogida.
Iván susurra una advertencia que se pierde en la noche.
—Se van a matar —pronuncia la joven agente—. Se van a matar.
Comprende que también esta vez, como cuando años atrás esperaba llegar a tiempo de salvar a su prima de los golpes, también esta vez llegará tarde.
Tedesco maldice, se arrepiente de no haber ordenado a su agente que sobrepasara el vehículo cuando la velocidad lo permitía.
Quizás, solo quizás, hubieran podido detenerlo.
Segundos después pueden ver cómo el coche regresa a su carril y cómo acelera todavía más con un esfuerzo excesivo del motor que parece a punto de sucumbir.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —Es Lidia la que reniega mientras pisa el acelerador.
Sin intentar reducir ni rectificar la trayectoria para tomar la siguiente curva el Opel sale de la carretera. Parece despegar durante unos instantes como si pretendiera emprender el vuelo y desaparece en la noche.
Cae.
Lidia Sampedro grita y detiene el vehículo policial a pocos metros del lugar en el que el Opel se ha precipitado hacia la oscuridad.
Iván Cabrera abre mucho los ojos y se apoya en el salpicadero mientras el inspector Tedesco se abalanza hacia el espacio libre entre los asientos delanteros. No puede creer lo que acaba de ocurrir.
—Noooo —aúlla al contemplar el vacío que parece haber engullido el coche—. ¡Joder! ¡Nooooo! ¡Nooooo!
En el segundo vehículo policial Samuel, estupefacto, toca el freno para no impactar contra el de sus compañeros. Grita. No puede evitarlo. También él ha podido ver cómo el Opel desaparecía como si la oscuridad se lo tragara.
Ignoran que el último pensamiento de Bel es para Clara Dalmau y que, instantes antes de impactar contra el suelo, es su imagen la que Bel intenta retener a toda costa para morir con ella, en su compañía. Ya nadie llegará a saberlo, tampoco Clara.
Lidia apaga el motor y retira el cinturón de seguridad.
Le tiemblan las piernas y la mandíbula inferior cuando abandona el volante.
Apenas consigue caminar. La tensión le pasa factura.
Samuel estaciona justo detrás. La agente rodea el vehículo muy despacio y se aproxima a Tedesco que está ya al borde del barranco con las manos en la cabeza como si no pudiera creer lo que está viendo. Andrea Romay se aproxima corriendo.
El aliento se aleja de sus bocas en forma de nubes diminutas y blancas que se desvanecen en la noche.
El inspector comprende la carrera desenfrenada emprendida por la joven fotógrafa.
Bel había planificado su muerte y la de Víctor.
No había dejado nada al azar. Estaba decidida a morir y buscaba un lugar exacto, uno de los puntos de la carretera en el que la altura es mayor.
Se aseguraba así de que ninguno de los dos saliera con vida del impacto.
Iván sigue en el interior del coche, pide ayuda.
Es un agente asistido por una lógica a prueba de emociones y por un inmejorable acomodo al rígido procedimiento policial.
Solicita, sin que nadie se lo haya ordenado todavía, dos ambulancias y un equipo de rescate, explica las circunstancias en las que se ha producido el accidente. Sin prisa, sin titubeos.
Sangre de esfinge.
El Opel ha impactado contra el suelo que se encuentra a unos diez o doce metros más abajo, quizás alguno más, y lo ha hecho con la parte delantera para acabar volcado sobre el techo. Las ruedas han dejado de girar y el motor ya no funciona. La oscuridad es total.
A Tedesco le recuerda una tortuga patas arriba. Un animal que morirá si nadie le socorre.
Tedesco piensa en bajar hasta el vehículo.
Recorre varios metros arriba y abajo de la carretera esperando encontrar un lugar que le permita aproximarse.
Nada que hacer. Es casi una pared lisa, un precipicio que cae en pendiente acentuada sin matas ni agarraderos.
Imposible bajar desde donde se encuentran.
La persona que ha dirigido el vehículo hacia el vacío sabía lo que hacía, había previsto hasta el último detalle y no esperaba salir con vida.
Había determinado el punto exacto con anterioridad.
No hay señal de que ninguno de sus ocupantes intente abandonar el coche.
Ni humo, ni fuego, ni tan siquiera el ruido del motor que se ha extinguido al caer.
Las luces se han apagado y el silencio se abre ante el puñado de policías que se han agrupado en torno al primer coche y miran hacia abajo como si se hallaran junto a una sima oceánica.
Samuel ha regresado al coche policial y recorre el vacío con el haz de una linterna.
Tras comprobar que no puede aproximarse Tedesco regresa junto a los agentes y contempla de nuevo el coche volcado.
No hay señales de vida. Grita. Espera en vano una respuesta, una voz que pida ayuda.
Mientras tanto, Andrea Romay, asistida por Lidia, informa al comisario Valero.
La conversación se tensa. Lidia proporciona los detalles.
Abrumado por la responsabilidad el inspector gira sobre sus talones, cierra los ojos, apoya los brazos en el techo del coche al que Iván, por iniciativa propia, acaba de acoplar un girofaro y esconde en ellos la cabeza.
Cree que ha cometido un error, un error imperdonable. Si el inspector le hubiera ordenado a Lidia acelerar y adelantar al vehículo quizás hubieran podido interponerse en el camino del Opel. Quizás, solo quizás, alguno de sus ocupantes seguiría con vida.
El estruendo de un trueno alerta a los agentes.
Samuel se sobrecoge.
Lidia maldice.
A lo lejos, sobre el mar, un relámpago divide la oscuridad en dos mitades.