Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Tedesco
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Tedesco

Están muy cerca, a unos cincuenta metros.

—Reduce, los rebasaremos despacio. Necesitamos comprobar que Renom está dentro. ¿Vais armados?

Ambos asienten.

Segundos después, a punto de situarse ya a su altura, advierten con perplejidad que una sombra se separa de las muchas sombras que pueblan el anochecer.

El coche estacionado en el margen sigue con las luces encendidas y se incorpora a la carretera desde la cuneta.

Lo hace con un cabeceo, como un barco sacudido por el oleaje en alta mar.

La persona al volante no ha accionado el intermitente.

La maniobra ha sido brusca y peligrosa. Durante unos instantes el Opel oscuro ha ocupado el carril contrario a unos veinte metros del coche policial.

Con el corazón a mil Lidia pisa el freno. El cuerpo le pide que aporree el claxon. Es lo que haría en cualquier otro momento. Se limita a maldecir en voz baja.

—¡Mierda! ¡Joder! Van a matarse.

Tedesco se sujeta al asiento delantero para no darse de bruces con el reposacabezas. Iván se apuntala en la guantera.

—Quédate detrás —le ordena Tedesco—. No intentes adelantar. No sabemos qué puede pasar. Les seguimos.

Lidia obedece y, vencida sobre el volante, mantiene la distancia que los separa del Opel.

A la luz de los faros del único coche que circula en dirección contraria distinguen a dos personas en su interior. Dos siluetas sin nombre y sin rostro. Imposible identificar a Víctor con certeza, aunque algo le dice al veterano policía que es el hombre que ocupa el asiento del copiloto.

Lidia parece creer que es una mujer la que conduce.

—Juraría que es una tía.

Y, aunque Tedesco no habría empleado las mismas palabras, asiente. Parece una mujer la que se encuentra al volante.

Iván afila la mirada y, vía móvil, facilita la matrícula a la comisaría para que den con el propietario del vehículo. Tedesco, todavía impactado por la maniobra, no ha tenido tiempo ni de pensar en la posibilidad.

—Bien hecho, Iván.

El vehículo que les precede circula ahora a una velocidad excesiva que hace que Lidia se acerque al volante todavía más mientras maldice en voz alta a la conductora y a toda su estirpe.

El torrente de adrenalina hace que se tense y parezca capaz de romperse.

También lo hace Samuel que les sigue a poca distancia y que no puede creer que alguien conduzca de forma tan suicida.

Mientras tanto, Andrea Romay, la inspectora, intenta hablar con Tedesco mientras se sujeta al asiento para no resultar zarandeada en las curvas.

No lo consigue. El inspector no descuelga.

—¡Joder! ¡Se van a matar! —murmura Samuel.

—No lo pierdas —ordena Tedesco a Lidia al comprobar que aumenta la distancia que los separa.

La agente susurra una maldición.

Aprieta los dientes todavía más y acelera.

BEL

Víctor comprende que la decisión está tomada, que nada de cuanto pueda decir detendrá a la fotógrafa a la que ya no le queda nada que perder. Es inútil argumentar, no conseguirá hacer que cambie de opinión. A Bel no le queda futuro. Lo ha perdido todo. Incluso la cordura.

Decide intentar sobrevivir a una muerte segura.

No puede renunciar a Aitana ni a Raúl. Debe tratar de volver a casa.

Es lo único que desea. Sobrevivir para volver junto a ellos, para recordar a Noa, para apedazar su vida y la de su familia.

Necesita encontrar las fuerzas para enfrentarse a Bel, para someterla.

Mientras, la fotógrafa, con la vista en la carretera y en el rostro una mirada despiadada, toma una curva a una velocidad excesiva; Víctor saca del bolsillo la mano que empuña el cuchillo. Está empapada en sangre. Le repugna.

La fotógrafa no advierte el movimiento.

Víctor respira hondo y con un gesto brusco que desconcentra a la conductora se abalanza sobre ella y hunde la hoja en su hombro izquierdo por encima del corazón.

Bel grita y su voz es un aullido que parece llegar de todas partes.

Pierde el control del vehículo que invade el carril contrario y a punto está de estrellarse contra la pared de rocas.

Gira el volante con un gesto brusco y rectifica.

El vehículo se acerca peligrosamente a la cuneta que acaba en el vacío.

Inmediatamente después Víctor retira la mano en la que la sangre de Bel se mezcla con su propia sangre.

Tiene la respiración acelerada y la vista en la carretera.

Se sujeta al asiento con todas sus fuerzas mientras el cuchillo sigue clavado en el hombro de la mujer que grita.

De un nuevo volantazo la fotógrafa intenta corrige la trayectoria. El Opel cabecea de un lado a otro de la carretera como si un borracho controlara el volante.

Bel, que conserva la pistola entre sus piernas, la recupera y aproxima el cañón al costado de su acompañante. Víctor intenta defenderse golpeando el brazo con el que la sostiene. No consigue que afloje los dedos y suelte el arma.

Bel dispara sin poder apuntar mientras con un mano trata de controlar el volante.

El auto invade de nuevo el carril contrario.