Bel
—Y me envías a Brufau. ¡Serás cabrón! No te atreviste a buscarme tú mismo. No querías arriesgar. No eres de los que bajan al barro. Enviaste a un lacayo y no encontraste a uno más tonto.
Víctor comprende que ha propiciado la muerte del que fue su amigo y proveedor muchos años atrás.
—Cuando me llamaron del Topkapi devolví la llamada de inmediato.
Necesitaba conocer tus movimientos. No me equivocaba al pensar que habrías atado cabos.
Brufau utilizó su propio nombre. Siempre fue un imbécil.
Y tú lo sabías. No me lo podía creer. Me lo pusiste en bandeja.
El asesino y su camello. El lote completo.
—Fue muy fácil, improvisé un cuento. Soy rápida improvisando, aunque creo que eso ya te lo imaginas.
Le dije que Isa se había dejado el móvil en casa y que yo era su compañera de piso.
No hizo más preguntas ni tuvo reparos. Fui muy amable, le prometí que le hablaría de ella, que intentaría ayudarlo, y lo cité poco después en la plaça dels Ocellets.
Allí esperaste a Nieves más de una vez, ¿verdad?
—Sí, quedábamos allí, siempre en el mismo banco. Estaba cerca de vuestra casa y de la mía —admite.
—Me limité a presentarme con una botella de whisky oportunamente modificado para la ocasión.
No me equivocaba. Seguía siendo el mismo imbécil, el pirado que se metía todo lo que encontraba, el que se bebía el agua de los charcos si con ello conseguía colocarse.
Había cambiado mucho, estaba envejecido, torpe y en los huesos.
Una piltrafa. Me dio algo de pena, pero lo superé.
Bel estalla en carcajadas y a su risa desmedida asoma la locura.
Víctor adelanta la mano derecha y comprueba que no puede abrir. Ya no piensa en atacar, solo en huir. Tiene tanto miedo que le cuesta respirar.
—Bebió a morro todo lo que pudo, con avaricia —continúa.
No ha advertido el movimiento. Tampoco importa. La puerta del coche está cerrada y la pistola continúa contra su tórax.
—Ya sabes cómo era. A caballo regalado… Yo me limité a simular que bebía.
Fue muy fácil. No sospechó nada. Era un capullo con poco cerebro.
Cuando perdió el mundo de vista me senté sobre sus piernas e hice ver que le morreaba.
Dos amantes en un banco. A nadie le llamó la atención.
Fue asqueroso, repulsivo, eso sí. No me hubiera acercado a alguien como él ni con un palo.
No lo repetiría por nada del mundo, te lo aseguró.
—Y acompaña su afirmación con una risotada que a Víctor le hiela la sangre—.
Hacía frío y todo el mundo iba a lo suyo.
Nadie se fijó en la navaja con la que le iba rajando el pecho, los brazos, el cuello…
A cielo abierto, a la vista de todo el mundo.
Cabecea al hablar, como si picoteara. Tiene la expresión de una enajenada y la amargura que proporciona el dolor desmesurado.
—Nadie se dio cuenta de que mis caricias no eran caricias, nadie pudo ver lo que tenía en la mano, nadie comprendió que buscaba la piel entre su ropa.
La piel, la sangre… Tampoco vieron mi mano roja de sangre.
Al retirarla me bastó con esconderla en el bolsillo.
Me despedí con un beso en la frente y me fui.
Nadie me detuvo. Sus ropas empaparon la sangre y por lo que sé tardaron horas en saber que estaba muerto.
Al rememorar lo ocurrido Bel asoma el extremo de su lengua entre los dientes y acaricia con ella el labio superior. Paladea el macabro recuerdo. Está satisfecha de sí misma. Satisfecha y completamente enloquecida.
Víctor cierra los ojos como el crío que cree que al hacerlo podrá dejar de imaginar.
—¿Cómo pudiste…?
—Me despedí con un beso y cuando me aparté tu puto esbirro agonizaba.
Sin un grito, sin una queja. Se despidió de este mundo en un silencio total.
No creo que tardara en morir. No se dio ni cuenta.
No pagó con dolor, y eso sí que es una verdadera lástima, porque lo merecía —añade Bel, hundiéndole de nuevo la pistola en las costillas.
Víctor se yergue en el asiento y gime.
—Así de fácil.