Tedesco
Vuelve a sonar el móvil, está vez ha dejado el aparato sobre el asiento trasero y la pantalla se ilumina mientras el sonido inunda el interior del vehículo.
Es la voz de Serena.
—Lo tenemos, inspector. Tenemos el móvil de Víctor Renom. Estaba en una papelera muy cerca de la esquina.
—¿En una papelera?
—Sí, lo han tirado a una papelera. Ya lo traen a comisaría. Pero eso no es todo, la verdad es que es muy raro.
—¿Qué quieres decir?
—El agente ha encontrado dos móviles. El iPhone de Renom y uno muy sencillo, probablemente un teléfono prepago, de los que se compran sin necesidad de que tu nombre figure en ninguna parte. Ambos estaban encendidos. Puedo intentar…
—¿Dos móviles?
En el asiento del copiloto Iván Cabrera, sorprendido, frunce los ojos en un gesto de perplejidad e introduce el dato en el rincón de su mente reservado para Noa.
Lidia, vencido el cuerpo hacia adelante, sujeta el volante como si pretendiera arrancarlo.
Espera poder llegar a tiempo. Nunca olvidará el día en que, a pesar de correr cuanto pudo, de dejarse el alma al volante, llegó demasiado tarde.
Una prima muerta a manos de su marido cuando apenas había cumplido los veintiuno, es un perpetuo recordatorio y solo uno de los motivos por los que Lidia vive acelerada.
—Sí, desde luego, saca todo lo que puedas. Intenta saber desde dónde se hicieron las últimas llamadas o los últimos mensajes que recibió el prepago. Ponte con él en cuanto el aparato llegue a comisaría. Informa al juez, explícale la situación. No sabemos lo que podemos necesitar.
—De acuerdo. Volveré a llamar en cuanto tenga algo —se despide la agente mientras teclea ya el mensaje que enviará al juez y que reforzará con una llamada.
—Por cierto, ¿quién es el juez?
—Armengol.
—Bien. Por una vez hemos tenido suerte —añade antes de colgar.
—Es allí. —Iván señala a lo lejos.
Tedesco levanta la vista de la pantalla, guarda el móvil en el bolsillo y empuja las lentes nariz arriba.
Advierten un coche estacionado en el margen derecho de la carretera. Tiene el motor y las luces encendidas como si estuviera a punto de incorporarse a la circulación.
Iván sigue señalándolo sin despegar los labios.
Es un coche pequeño azul oscuro o negro.
Un vehículo muy corriente y de gama baja.
Probablemente no pertenece a Renom, Tedesco no lo imagina al volante de un Opel cargado de años y de kilómetros.
Busca en el bolsillo del abrigo su arma reglamentaria.
No la encuentra. Apenas la saca del cajón de su mesa.