Bel
—¿Qué piensas hacer? —pregunta, y le tiembla la voz al hacerlo.
—Lo sabrás en su momento. Ahora quiero que comprendas hasta qué punto eres frágil.
Tu dinero no compra la seguridad. No te mantiene a salvo.
Quizás Aitana no te lo haya dicho, o quizás sí, pero no te habrá parecido importante.
Nos hemos visto algunas veces. A tu mujer le gustó mi trabajo, le encantaron mis fotos y me contrató para fotografiar algunos interiores en los que había trabajado.
Has tenido suerte con ella, es buena persona y tiene mucho estilo, hasta diría que te quiere.
Pero no sabe cómo eres. Eso solo lo sé yo. Ella te admira.
—No sé de qué estás hablando. Fue un accidente. Yo no…
—Calla. Déjame acabar.
La voz de Bel es imperiosa. No admite réplicas. En la carretera que atraviesa la montaña apenas circula algún coche en dirección a la ciudad. Cuando Bel calla el ronroneo del motor suena como un estruendo.
—He vuelto a tu casa algunas veces. He charlado con Noa y he jugado con Raúl mientras yo esperaba a Aitana o planificábamos una sesión de fotografías en una supercasa.
—La risa de Bel es fría como su voz, como su mirada—.
Incluso pasé en una ocasión a recoger a Noa por el Saint Michael porque yo había acabado de fotografiar un salón, pero Aitana seguía hablando con el propietario sobre la reforma del jardín.
Le hice el favor con la mejor de las intenciones —añade, y le sonríe al vacío—.
Ella misma me lo pidió. Fue entonces cuando pensé en la posibilidad de empezar por Noa.
Había podido ver cuánto la querías y cuánto te quería ella a ti.
Seguro que no te fijaste, pero en todas las fotos tu hija se situaba a tu lado.
Víctor apenas puede creer lo que está oyendo.
Mira a Bel y cree comprender lo que le espera.
Se le hiela la sangre. Muy de vez en cuando las luces de un coche al pasar iluminan el interior del vehículo.
Quizás los conductores piensen en una pareja joven que precisa intimidad, quizás en un adulterio.
Imposible pedir ayuda. La bala no tardaría en atravesar sus pulmones.
—Sabía que estabas de viaje y que Raúl tenía fiebre.
Cuando Noa salía tarde de la escuela acostumbraba a regresar con alguna amiga.
Siempre era así. El concierto y todos sus intérpretes aparecían en la web del Saint Michael’s School.
Esperé a la salida, pensé en adelantarme y decirle que Aitana me había enviado.
Apagué el motor y salí del coche. Me situé lejos de las cámaras, probé suerte.
Los coches estaban lejos de la entrada. Tenía tiempo para acercarme si la veía dirigirse al coche de alguna amiga.
Pero no fue así. Se quedó completamente sola.
No tuve ni que acercarme y llamarla. Nadie me vio.
—¿Cómo pudiste?
—¡Calla! —grita, y de nuevo hunde el cañón entre las costillas.
Víctor se tensa y aferra el cuchillo tan fuerte que la hoja abre un corte en uno de sus dedos, justo por debajo de su alianza. Ahoga un gemido.
—Observé cómo se quedaba sola, vi cómo echaba a andar bajo la lluvia.
Esperé unos minutos a que no quedara nadie.
La seguí. Aquella noche Noa subió a mi coche sin reservas.
Me conocía y no era la primera vez que Aitana me pedía que la recogiera a la salida del instituto.
Se le alegró la cara al decirle que me enviaba su madre.
Tenías que haberla visto. Aitana había pensado en ella, no la había olvidado.
Víctor no puede retener las lágrimas. Solloza.
—Fue feliz durante unos minutos, Incluso me disculpé por llegar tarde. Lo hice por ella. Fue muy fácil. Demasiado fácil. He de decirte que incluso con ella tuviste suerte. Era inteligente y ambiciosa. Y preciosa. Un tesoro. Me quedé con ganas de fotografiarla.
Víctor Renom cierra los ojos. Las palabras de Bel le duelen como una navaja clavada en las tripas. Gime y susurra de nuevo:
—¿Cómo pudiste?
Nota la mano empapada en sangre en el interior del bolsillo.
—No fue difícil. Basta con no tener escrúpulos. Como tú. A ti también te hubiera resultado fácil.
—Yo no soy como tú. Yo no he matado a nadie, fue un accidente —afirma Víctor a gritos—. Tú eres una asesina.
Tiembla de ira con la pistola clavada en el costado y la mirada en el vacío que se adivina más allá de las luces del automóvil encendidas.
—Hice algunas otras cosas que no imaginas.
Te sorprendería saber lo fácil que es conocer a la gente como tú.
A la chusma como tú. Quise saber más de ella, de Noa.
Y de todos vosotros. Entré en el colegio y pedí hablar con el director, le ofrecí un reportaje como freelance, le aseguré que intentaría publicarlo y que sería una buena manera de promocionar el centro.
No le costaría nada, a mí me pagaría la revista.
El director aceptó sin hacer preguntas, la publicidad siempre viene bien.
Por cierto, es un fantoche, un mamarracho.
Pensáis que todo se compra, pero… En fin.
Llegué incluso a… No sé cómo decirlo. Podríamos llamarlo intimar con la orientadora.
De hecho, ese asunto se me fue de las manos.
Clara la conocía, había hablado con Noa en algunas ocasiones.
De hecho, habló con tu hija el viernes. Y con Aitana.
Víctor inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. No quiere seguir escuchando. Valora la posibilidad de sacar el cuchillo y clavárselo a la fotógrafa. No encuentra el momento. Bel no ha apartado la pistola de sus costillas ni durante un instante.
—Llegué a leer su expediente, pero no pienses mal de Clara, es buena, sabe lo que hace.
Fue un descuido. Aunque la verdad es que tampoco importa mucho lo que pienses ni de ella ni de nadie.
De hecho, ya no importa nada. Nada en absoluto.
—Y subraya sus palabras con una risa afilada como un cristal roto.
—No eres más que…
—¿Qué es lo que soy? Yo también quisiera saberlo.
Estoy podrida, eso sí lo sé. Podrida de dolor y de rabia.
No puedes imaginar cuanta. Rabia por lo que le hicisteis a Nieves, incluso a su memoria.
Ni moral ni decencia. No tenéis nada dentro.
Ni tú ni los tuyos. Estás vacío y eres un hijo de puta —le escupe a gritos—.
Eso es lo que eres. Un malnacido, un hijo de la gran puta.
—No sé de qué hablas… ¿Qué le hice? ¿Qué le hicimos? ¿Por qué hablas en plural? Fue un accidente, pudimos haber muerto los dos. Ella llevaba las copas en las manos. No tuve la culpa. Yo sobreviví. ¿De eso me acusas? No quise que muriera, nunca quise que…
—Podrida de dolor. —Bel continúa hablando como si no le importara nada de lo que su interlocutor pudiera decir—.
Estoy a punto de perder a la única persona a la que he llegado a querer.
La perderé como lo perderé todo. La única con la que me habría gustado vivir.
Sí, quizás lo hayas adivinado, la orientadora.
Me enamoré de ella. Y ella de mí. No pude preverlo.
Esas cosas pasan a veces. Nadie puede saber…
Podríamos haber tenido una buena vida —susurra, y cabecea al hablar.
Durante unos instantes Bel imagina la vida en compañía de Clara. Víctor, sacudido por el llanto, apenas acierta a hablar.
—No hay salida para mí. Tampoco para ti.
No te engañes. Estamos atrapados en este coche.
Atrapados ¿me oyes? Y hoy cerraremos el círculo —remata acariciando con la mano libre el anillo que luce en el anular—.
Esta vez quizás la policía se encargue de investigar, quizás consiga llegar algo más lejos.
Averiguar lo que pasó y cómo pasó. Quizás alguien decida hacer justicia de una puta vez.
—Por favor, yo no soy un asesino —implora Víctor con la pistola hurgando entre sus huesos—. Por favor. No diré nada. Puedes huir, puedes huir con ella. Sálvate.
—Tú eres un hijo de papá que se libra de los problemas a cualquier precio, como habéis salido de ellos toda la vida.
Con dinero y con contactos, un hijo de papá sin más moral que la que compra el puto dinero, eso es lo que eres.
—Bel, airada, grita y su voz impacta en el techo y en las paredes y retumba amplificada en el interior del coche.
—Fue un accidente, Isa. Yo nunca…
—¡Calla! —grita—. Tú ibas de coca hasta las trancas.
Era lo que hacías a diario. Podías comprar toda la que quisieras.
Y Nieves iba igual que tú. Colocada de coca y de raticida.
Lo sabías, ¿verdad? Adulterada con raticida.
Se desangró en pocos minutos. En un suspiro.
No pudieron hacer nada. Y tú le diste esa coca, tú podías comprar la que quisieras.
Nosotras no teníamos un duro. Nos mantenía mi madre planchando por las casas.
Así la conociste, porque a veces Nieves o yo le la acompañábamos y echábamos una mano para que regresara antes a casa.
Nieves besaba tus camisas una vez planchadas.
Mi madre nunca lo supo. Era tan patético.
Yo me burlaba de ella. Te hace reír, ¿verdad?
Bel calla. Tiene los labios apretados y con la mirada traspasa la noche. Lejos de todo, en el silencio absoluto de la carretera desierta el sonido del motor parece más fuerte, más poderoso.
—Tú la mataste, tú y ese cabrón. Ese esbirro.
—Habíamos celebrado que hacía seis meses que salíamos. Éramos muy felices. Yo la quería, te lo juro. La quería. —Y la voz de Víctor es un susurro—. Hubiera hecho cualquier cosa por…
—Cualquier cosa menos decir la verdad. Tenía diecisiete años.
Todavía iba al instituto, era una cría y estaba tan colgada de ti que no veía nada.
Era ingenua, confiaba en ti. Pensaba que erais buena gente.
Si le hubieras pedido que se pegara un tiro, lo habría hecho.
No habría dudado ni un segundo. Mi madre no sabía nada.
Ella no se atrevía a hablarle de ti. Mi madre le habría aconsejado que te dejara, se lo habría ordenado, le habría prohibido que siguiera contigo.
Y Nieves lo sabía. Mi madre os conocía mejor que nadie, a ti y a los tuyos.
Sabía cómo era tu familia, cómo era tu padre, cómo eras tú.
Llegó a sentirse responsable de su muerte, responsable de que su hija te hubiera conocido.
Si ella no hubiera trabajado para tu madre, Nieves no habría muerto.
No dejó de pensar en ello ni un solo día. Se culpó sin tener ninguna culpa.
Bel cabecea como si celebrara una amarga ocurrencia. Su sonrisa es amarga como la hiel en los labios.
—Tiene gracia. Cuando le detectaron el cáncer ya era tarde. No se desesperó, no se lamentó. Lo aceptó como había aceptado tantas cosas. ¿Sabes? Aunque no me lo dijo nunca, creo que mi madre tenía ganas de morir.
—También yo estaba enamorado. No lo dudes.
La fotógrafa prosigue. El silencio es breve, como sus gestos. No le interesa lo que Víctor pueda decir.
—Y todo empezó cuando un buen día Nieves salió de casa después de comer. Dijo que iba al cine con sus amigas. Mi madre no preguntó. No sospechaba nada. Aquella noche no regresó. Se había desangrado justo aquí, unos metros más abajo, contra un árbol. Pensé que quizás no lo recordarías.
—Hubiera hecho cualquier cosa por ella.
—Cualquier cosa menos asumir la verdad.
—Te juro que no entiendo…