Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
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Víctor

Ha reconocido su silueta alta y delgada y su porte distinguido a pesar del frío y del miedo.

Ha madurado bien. Siempre fue un hombre afortunado.

Justo hasta que dejó de serlo. Le sonríe al vacío que la separa de su tercera y última víctima.

Conduce muy despacio, encuentra placer en postergar el momento.

No identifica a la conductora. No recuerda su rostro como no recordaba su voz.

—Sube. No creo que a Raúl le convenga que desobedezcas.

Obedece. ¿Qué otra cosa puede hacer? Siente como si dos manos invisibles hicieran un nudo con sus tripas mientras un estremecimiento, como un espasmo, sacude su cuerpo desde la cabeza a los pies. Imagina que volverán a la carretera. Ignora dónde pretende llevarlo. No pregunta.

En el interior del coche la temperatura es agradable. Espera poder dejar de temblar para recobrar el ánimo y hacer frente a la desconocida que mató a Noa. No saca la mano del bolsillo en ningún momento.

—¿Sabes quién soy?

—Creo que sí, pero no estoy seguro.

—Mi nombre quizás no te diga nada todavía, pero te voy a dar alguna pista.

Deberías recordarme. Nos conocemos. Soy fotógrafa.

Una de las buenas. Una revista de negocios me envió a tu empresa hace unos meses, pagaban bien.

Tenía que retratar al joven ejecutivo que había reflotado la empresa familiar cuando parecía a punto de hundirse.

Decisiones arriesgadas, innovadoras. Era un hombre de éxito. Y ese hombre eras tú, Víctor Renom.

Víctor sigue temblando. Apenas se atreve a mirar a la mujer que habla. Intenta recordar, evoca el reportaje que apareció en el semanal de un diario de gran tirada, pero no consigue recuperar el rostro de la fotógrafa que acompañó al periodista.

—Era una especie de publirreportaje sobre ti.

Una promoción descarada. Igual incluso pagaste por él.

Te fotografié en tu despacho y en tu casa.

Con tu secretaria, con tus empleados… Conocí a tu familia, estuve en tu piso…

Pude ver que lo tenías todo. Todo lo que un hombre puede desear.

Dinero, prestigio, una buena casa, una mujer, unos hijos…

Hace una pausa. Domina los silencios.

—A Aitana, a Raúl, a Noa…

Víctor cierra los puños cuando la mujer habla de Noa y con una mano se aferra a la puerta mientras con la otra empuña el cuchillo. Es tanta la ira que siente que podría matarla con sus propias manos. Valora la posibilidad de hacerlo. No le faltan las ganas.

Bel acciona el cierre centralizado. No permitirá que salga del vehículo.

—Le había dado muchas vueltas. Pensé tantas veces que merecías un castigo…

He pasado más de media vida pensando en hacerte daño, en matarte, en…

No encontraba el valor ni encontraba el momento.

Sabía que las cosas te iban bien, que tenías dos hijos, Noa y Raúl, y una mujer guapísima, que ganabas dinero, que…

Lo sabía antes de verte, antes de comprobarlo por mí misma.

Lo sabía todo de ti. Sobre todo, que no tienes escrúpulos de ningún tipo.

Sus palabras supuran resentimiento.

—¿Cómo puedes hablar de Noa? ¿Cómo puedes…? —balbucea Víctor Renom, apretando entre los dedos el mango del cuchillo.

La desconocida acerca a su acompañante la pistola que empuña en su mano derecha y que ha mantenido oculta bajo su abrigo. El arma roza ahora sus costillas inferiores. Víctor se sobrecoge. Calla.

—Puedo hacer muchas cosas. También hablar de Noa o de quien me dé la gana. A estas alturas deberías tenerlo muy claro. No tengo miedo. Ni escrúpulos. Ya, no. En eso me parezco mucho a ti. Mucho más de lo que crees.

Víctor se endereza en el asiento. Apenas puede verla, pero reconoce el arma corta en la mano de la mujer y advierte el anillo de plata que le regaló a Nieves, el uróboro, encajado en su dedo anular.

La serpiente que muerde su propia cola y forma un círculo, el círculo que siente cerrarse en torno a él, que le asfixia.

Un círculo infinito. No acaba de comprender a qué se refiere.

—No hagas ninguna tontería. No tardaré ni un segundo en meterte la primera bala. Quieto, no te muevas —ordena, y en su voz no cabe mayor amenaza.

La mujer hunde el cañón en su tórax. Víctor se aparta unos centímetros. Bel le apremia:

—¿Ya sabes quién soy?

—Creo que eres Isa, la hermana de Nieves —dice mientras pasea la mirada por la mujer alta, esbelta y de labios muy rojos cuyo rostro aviva en su mente la sombra de un recuerdo. Solo eso una sombra.

—Bingo. Eres un tipo listo. Lástima que no me reconocieras en aquella ocasión. Quizás todo hubiera sido diferente. No lo creo, pero nunca se sabe.

—Está bien, no te reconocí. No es un pecado, han pasado muchos años. Solo te había visto un par de veces y eras una niña. No puedes esperar que… Pero Noa… ¿Por qué Noa? Era yo el que conducía, si alguien tuvo la culpa, fui yo. Noa no había nacido. No entiendo…

—Noa era tu precio a pagar. Una vida por otra. Un dolor por otro. Así son las cosas. Así las veo yo.

—Yo no la maté, Isa. No maté a tu hermana.

—Esa es tu manera de ver las cosas. No es la mía. Para mí no solo la mataste, hiciste mucho más que eso.

El silencio entre ambos solo dura unos instantes. Los justos para dejar pasar el coche que se acerca en dirección contraria y que la deslumbra durante unos segundos.

—¡Ah! Ya sé que no te interesa, pero hace mucho tiempo que dejé de llamarme Isa.

—No la maté. Fue un accidente. Pasa todos los días.

—A mi entender la mataste dos veces. Y solo la primera fue un accidente.

No ha apagado el motor. Los faros iluminan los matorrales que flanquean la carretera.

Más allá solo se intuyen las copas de los árboles más altos que superan el vacío.

Bel se interrumpe y hunde de nuevo el cañón de la pistola en el abrigo de su acompañante.

Víctor da un respingo. La fotógrafa lo mira, aprecia el terror en sus ojos y en su respiración entrecortada.

Víctor aparta la mirada mientras niega con la cabeza.

No entiende a qué se refiere. La mataste dos veces .

—¿Qué quieres decir? —susurra con el cañón de la pistola hincado entre las costillas.

Bel encuentra placer en comprobar que es capaz de sentir terror. Descubre que ha esperado mucho tiempo para reconocer ese temblor en las manos y ese espanto en la mirada.

—Cuando me dieron tu nombre y me enviaron a tu despacho no tuve ninguna duda.

Eras tú. Pensé que por fin había llegado el momento, que la vida nos acercaba con una finalidad, que se trataba de una especie de justicia poética.

Habían pasado más de veinte años. Como tú dices es mucho tiempo.

Yo tenía mi propia vida y las cosas me iban bien, mejor que nunca.

Podía haber seguido con mi vida, haberme olvidado de ti.

Pero no fue así. No pude. Demasiados años dando vueltas a una idea, a un propósito.

Te vi y el pasado volvió a caerme encima como una piedra desde lo alto de un barranco, como el coche en el que murió mi hermana.

Todo el rencor que había acumulado me aplastó.

Lo que había sido una idea durante tanto tiempo pasó a ser una necesidad.

Dejé de ser la que era. Volví a vivir la muerte de Nieves, su ausencia, tu cobardía, todas tus miserias, las mentiras… Todas las mentiras.

—¿Mentiras? No sé de qué hablas.

Bel no quiere oír. Necesita seguir hablando, escupir el resentimiento.

—Volví a sentir el dolor infinito de mi madre, su enfermedad, su muerte…

Siempre he estado convencida de que mi madre enfermó de dolor.

Nos quedamos solas y ella no pudo superar la muerte de Nieves, no levantó cabeza y…

Lo que es todavía más injusto, murió pensando en su hija mayor, con su nombre en los labios y creyendo que en parte era culpa suya.

Ella te había conocido porque mi madre la llevó a tu casa para que la ayudara.

Fueron tantas cosas… Y todas empezaron aquel día.

Justo un atardecer de primavera. A esta hora aproximadamente. En esta carretera. Justo aquí.

—Pero fue un accidente, el coche…

—Calla —ordena.

Y prosigue con la mirada entre las sombras:

—Aquellos meses volvieron como la peor de las pesadillas. Solo veía a Nieves, a mi madre…

Sin dejar de apuntarle, Bel aparta la mirada y la hunde en la oscuridad.

—Después de haber comprobado cómo era tu vida, llegó un momento en que no podía seguir adelante sin hacer nada, sin castigarte, sin ajustar cuentas.

Sencillamente, no podía… No hacerlo era como volver a traicionar a mi hermana.

Fue entonces cuando empecé en serio a pensar en cómo hacerte pagar su muerte.

—Pero, tú no eres Isa Latorre, habría reconocido tu apellido —balbucea Víctor con el cañón de la pistola barrenando su tórax. Es consciente de que el dedo de Bel en el gatillo y toda la rabia acumulada en su mente pueden significar la muerte en cualquier momento.

—Tienes razón. Yo ya no soy Isa, no soy Isa Latorre, la criatura con la que te cruzaste alguna vez cuando recogías a mi hermana mayor en la esquina de mi casa para que mi madre no la viera en el coche de un desconocido.

Ni me mirabas. No soy la misma que una vez subió a un coche despampanante con su hermana menor de edad.

Ambas deslumbradas porque el chico de casa buena decía estar enamorado.

Soy Bel Jiménez. Hace muchos años que cambié el orden de mis apellidos.

Eso no tuvo nada que ver contigo. No vayas a creer.

No eres el centro del mundo. Solo un miserable más.

Un cabrón como hay tantos. Como mi propio padre.

Simplemente decidí relegar a mi padre, tratar de olvidarme de él como él había hecho conmigo, con nosotras.

Con mi madre, con Nieves. Lo hice desaparecer de mi vida, un recuerdo fugaz y más bien molesto.

Solo eso. Ahora es solo un segundo apellido, Latorre.

Un apellido que no utilizo y que casi todo el mundo ignora.

Nunca lo menciono si puedo evitarlo. Además, Isa nunca me gustó —añade y ríe—. Soy Bel Jiménez y no tardaré en morir.