Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor #3
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Víctor #3

Impaciente y temiendo llegar demasiado tarde al lugar de los hechos pasados y quizás, solo quizás, relativos a un futuro inmediato; el policía ha encendido un cigarrillo a la entrada de comisaría mientras Lidia y Samuel van en busca de los vehículos.

A través del cristal que separa la calle del interior Tedesco espolea a Serena para que insista.

La joven de los ojos grises como agua de charco asiente sin palabras y sonríe con el auricular pegado a la oreja.

Articula alguna cosa que el policía no puede interpretar y asiente, parece indicarle que está a punto de llegar.

Finalmente, Serena Mínguez baja la mano en un gesto rápido que serviría para dar la salida a una carrera de Fórmula 1 y que el policía recoge con un suspiro de alivio.

—Tenemos el permiso —anuncia el policía mientras Lidia se sienta al volante como un vaquero se lanzaría sobre el lomo de un caballo.

Tedesco arroja sobre la acera el cigarrillo al que solo ha dado un par de caladas, lo pisa casi con furia y se acomoda justo detrás, donde el recogimiento es mayor.

Es su forma de desentenderse de la conducción.

Le tensa el asiento delantero, demasiados estímulos.

Siente que fija toda su atención en la carretera y que no puede pensar.

La agente se dirige a la Ronda de Dalt desde donde cogerá la salida que lleva a la Rabassada. Pasan unos minutos de las cinco de la tarde y pronto la noche se cerrará sobre sus cabezas. En invierno los días son muy cortos.

—¿A qué hora tuvo lugar el accidente? —pregunta el policía a Iván, que conoce bien el atestado policial y podría recitarlo desde las primeras líneas hasta la firma si fuera preciso. La pregunta surge directamente del olfato del veterano policía. Los detalles son importantes, a menudo decisivos.

—Poco antes de las seis, los agentes no pudieron precisar.

Era en junio, un domingo. Llamó un motorista que circulaba justo detrás y que esperó junto al coche e intentó socorrer a la chica.

Intentó detener la sangre. Fue él el que dio la alerta, el que pidió la ambulancia.

En el informe consta que hizo lo que pudo.

Al parecer cuando llegaron estaba muy alterado y cubierto de sangre.

Estaba en shock —responde sin un parpadeo y sin necesidad de consultar la documentación.

—¿Tenemos sus datos?

—Sí. Ricard Solé García. Tenemos su DNI y su dirección en aquel momento. No creo que sea difícil dar con él.

—Quizás tengamos que hacerle una visita. Envía un mensaje a Serena, que lo encuentre cuanto antes.

La carretera, poco frecuentada, asciende sinuosa en dirección al Tibidabo.

Lidia agarra el volante como si pudieran arrebatárselo de las manos, toda su atención centrada en la vía casi desierta y salpicada de curvas cerradas que se suceden en una oscuridad creciente.

Conduce deprisa, como si compitiera consigo misma.

Mueve los labios y cabecea sin ser consciente.

La adrenalina inunda su torrente sanguíneo.

Justo detrás, Samuel, al volante del segundo coche, maldice la noche que apenas tendrá luna.

Iván se siente obligado a informar:

—No habrá luna.

Lidia, contrariada, resopla.

Suena el móvil del inspector que se sobresalta.

El móvil siempre le pilla desprevenido, como a traición, el alboroto del aparato siempre le alarma, como si cobijara un enorme insecto en el bolsillo, un molesto animal que zumba.

Una gran abeja. Desconfía del aparato, como si solo pudieran llegar malas noticias.

Algunas veces la excepción es regla.

—¿Sí?

—Tenemos el móvil, lo he localizado —es la voz de Serena—, pero es muy raro.

He enviado a un agente que se encuentra cerca al sitio que nos indica la triangulación.

Le he dicho que no haga nada por el momento.

Solo que lo encuentre. No es lo que esperábamos, inspector, la señal apunta al aire libre, a la calle.

—¿Aire libre? ¿En qué punto? —pregunta Tedesco, y agita la mano en el aire para avivar la conversación como si la agente pudiera verlo—. ¿En Collserola?

No parece importarle estar utilizando un móvil.

Lidia puede verlo gesticular a través del retrovisor interior. Sabe que no puede evitarlo. Sonríe. Quizás el policía no se equivoca cuando repite que pertenece a otra generación. Un boomer . Un carcamal.

—No. En Collserola, no. En la Via Augusta, inspector. Es un iPhone, la ubicación es siempre muy rápida y acostumbra a ser muy exacta. Señala un punto concreto en la Via Augusta a la altura de la ronda del General Mitre.

—Está bien. Manda también una patrulla, por si acaso. No sabemos lo que pueden encontrar. Y llámame en cuanto tengas algo.

—¿En la calle? —pregunta Iván por preguntar. Lo hace en voz baja, como si se lo preguntara a sí mismo.

Durante unos instantes Tedesco valora la posibilidad de dar la vuelta lo antes posible y dirigirse a la Via Augusta, quizás es lo que deben hacer. Decide seguir su instinto aun a riesgo de cometer un grave error. Un error imperdonable.