Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor #2
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Víctor #2

Da la espalda a la ciudad. De pie en el margen, en el lugar exacto en el que ocurrió, Víctor no aparta la mirada de la carretera.

No quiere ver, no quiere recordar. Se obliga a no mirar hacia atrás, hacia el punto de la cuneta en el que el vehículo dejó el asfalto un anochecer de primavera y se hundió sin remedio en el vacío hasta chocar contra un árbol.

Quizás podría incluso recordar el árbol.

A diferencia de Nieves, posiblemente el árbol siga en pie.

No debe hacerlo. No quiere recordar a Nieves tal y como la vio cuando los sanitarios golpearon el cristal de su ventana y él recobró la consciencia unos instantes antes de hundirse de nuevo en la oscuridad de la conmoción cerebral.

Nieves que grita cubierta de sangre. Nieves aterrorizada que gime, que no tarda en apagarse.

Las copas del mejor cristal hechas añicos clavadas en su pecho, en su cuello y en su cara.

Manos, muchas manos ensangrentadas que intentan retener la sangre y con ella la vida.

Las voces. El miedo. La mente turbia. El horror.

Recuerda que es tanta la sangre que el uróboro que acaba de regalarle con motivo de un aniversario, seis meses juntos, que acaba de inventar para hacerla feliz y que Nieves lucía en el anular ya no resulta visible.

Nieves con un top azul que ya no lo es, que es solo rojo, de un rojo que se oscurece con el paso de los minutos. Tampoco son blancos sus pantalones, solo rojos, completa y pavorosamente rojos. Nieves que agoniza mientras la sacan del coche y la depositan exánime en una camilla.

Del cielo al infierno en un abrir y cerrar de ojos.

Lleva años intentando alejar la imagen de su mente.

Sobre la ciudad el cielo es ya de un azul muy oscuro. Las nubes ocultan la luna en cuarto creciente y solo algunas estrellas, muy pocas, resultan visibles.

Soledad total, oscuridad en aumento.

Frío, mucho frío.

TEDESCO

Iván Cabrera ha conseguido localizar el atestado y conoce el punto exacto en el que se produjo el accidente mortal.

Por indicación del inspector, que a falta de otros indicios se aferra a un presentimiento, ha pedido un par de coches policiales sin distintivos.

Esa ha sido la orden que Tedesco ha bramado desde su despacho.

Sin ningún tipo de identificación. Mejor no alertar a los implicados de la llegada de la policía ni sembrar el lugar de un escándalo de luz azul y sonido a ráfagas.

Los acompañarán la subinspectora Andrea Romay y los mossos d’esquadra Samuel López y Martí Valls a modo de refuerzo en un segundo vehículo.

En su conversación con el juez Lidia ha señalado la extrema urgencia de la autorización en el curso de un caso abierto con dos asesinatos y ha insistido en la apremiante necesidad de localizar el móvil de Víctor cuanto antes.

Quizás se trate de la vida o la muerte del propietario del aparato, ha remarcado.

Espera el permiso que puede llegar en cualquier momento.

El inspector precisa obtener el beneplácito de un juez para activar la localización del móvil y sabe mejor que nadie que las variables que determinan la celeridad de la acción judicial son muchas e imprevisibles y no siempre se corresponden con la premura del cuerpo policial.

Pesimista por naturaleza y por acumulación de experiencias decepcionantes, el policía teme lo peor. Y lo peor, sin duda, sería llegar tarde.

No tienen la certeza, ni tan siquiera un indicio de que Víctor se encuentre en el lugar en el que estampó el coche familiar muchos años atrás.

Solo una intuición, una deducción personal del inspector que se sustenta en un instinto agudizado por los años y, solo tangencialmente, en el curso más bien errático de la investigación.

El punto exacto por el que el vehículo se despeñó se le antoja el mejor escenario posible para culminar una venganza, para dejar fluir el resentimiento.

No saben apenas nada sobre el posible asesino, solo que quizás se trate de algún pariente cercano o de alguien relacionado de alguna manera con Nieves Latorre, la chica muerta.

Padre, hermana, primos, quizás un novio despechado…

En la mente del inspector una extraña forma de hacer justicia cobra cada vez más fuerza como móvil de los asesinatos.

El operativo que el policía pretende llevar a cabo con la mayor discreción se fundamenta en las horas que el padre de Noa lleva desaparecido y en la falta de pistas más precisas.

No son grandes argumentos, pero es todo lo que tienen hasta el momento.

Son tantas las lagunas que Tedesco inicia la operación con muchas reservas y a riesgo de regresar a comisaría con las manos vacías, la cabeza baja y el caso agravándose con una nueva víctima mortal para beneficio de la prensa que amarillea.

Dado que no existen nuevas pistas ni una idea mejor ha decidido, por su cuenta y riesgo y sin consultar a su superior, poner en marcha una actuación policial aventurada que le costará un encuentro desagradable con el comisario Valero si resulta infructuosa.

Si pudieran localizar el móvil.