Víctor
No ha reconocido su voz, era imposible. Demasiado tiempo, demasiado jóvenes.
Cree saber quién es, pero no puede recordar el timbre de su voz ni tan siquiera imaginar su aspecto actual.
De hecho, no tiene la certeza, solo abriga una sospecha.
Seguirá las instrucciones recibidas. No le queda otro remedio.
Espera poder detener la locura que se ha adueñado de su vida y proteger así a Aitana y a Raúl. También a sí mismo.
La amenaza ha sido clara, si habla con la policía, si le siguen, uno de ellos será el próximo en morir y no podrá hacer nada por impedirlo. Morirá igual que Noa, igual que Brufau. Y será muy pronto.
Camina hasta alcanzar la Via Augusta mientras en la ciudad se alargan ya las sombras y un viento inclemente barre hojas y paseantes. El invierno es ya una realidad en las calles como lo es la inminencia del cumpleaños de Noa que ya no celebrará.
No tardará en oscurecer. Siente frío, tanto frío que tirita varado sobre la acera.
Levanta las solapas del abrigo, se encoge y sigue temblando.
Un malestar creciente hace que se lleve la mano a la altura del estómago y que al andar le flaqueen las piernas.
Nunca antes ha sentido tanto miedo. Creyó que la desaparición de Noa era su límite, que experimentar más miedo era un imposible.
Se equivocaba. Fue un maldito ingenuo. También creyó que los peores episodios de una vida pueden dejarse atrás si se silencian. Apenas puede pensar.
Sabe que ha de hacer algo, que ha de intentar protegerse, que ha de tratar de seguir vivo por Raúl, por Aitana.
Ha de procurar no morir para que ellos también sigan con vida.
Si fuera creyente, si confiara en la intervención de la divinidad, estaría suplicando ayuda, rezando.
Se hubiera arrodillado y estaría implorando clemencia.
No lo es. Nunca lo ha sido. Solo siente miedo.
¿Cómo plantar cara a una persona capaz de cometer dos asesinatos?
Lo ignora, pero sabe que necesita un arma.
También sabe que es demasiado tarde para conseguir una pistola.
Las instrucciones han sido concretas. Apenas tardarán una media hora en encontrarse frente a frente. Ha de pensar y hacerlo deprisa.
Apenas tiene unos minutos y no se le ocurre nada mejor. Entra en una cafetería, una de las muchas que pertenecen a una franquicia y que ofrecen bocadillos a buen precio. Se acerca a la barra y planta un billete de cincuenta euros sobre la superficie metálica. Susurra:
—Necesito un cuchillo.
La joven que atiende la barra coloca los vasos limpios en su lugar. Es bajita, luce un moño del tamaño de una pelota de tenis en lo alto de la cabeza y viste de negro siguiendo las normas del local. Apenas acierta a parpadear. Cree haber oído mal.
—¿Perdone?
Víctor deposita otro billete del mismo valor:
—¿No me has oído? No es un atraco, no voy a hacerte daño. Te estoy comprando un cuchillo. Solo necesito un cuchillo. ¿Me oyes? Es una urgencia.
En sus ojos la joven reconoce la desesperación, el miedo.
—Pero… Yo, no… Yo no puedo…
La chica niega con la cabeza y señala con la mirada al propietario del establecimiento que pasa un trapo a una de las mesas.
Víctor se impacienta.
—Por favor, un cuchillo. Lo necesito. Nadie lo notará. Quédate el dinero. —Y añade veinte euros más que rescata del bolsillo del pantalón.
La joven de tez oscura y labios muy rojos, cuyo nombre, Saray, pende de una etiqueta a la altura del corazón, saca un cuchillo de hoja corta de un cajón y lo deja sin ruido sobre la barra al tiempo que se apodera de los billetes.
Espera que el hombre asustado pueda defenderse.
En el bar solo queda una pareja que apura sus cafés y comenta el contenido de la pantalla de un móvil. Nadie la ha visto.
—Gracias —susurra Víctor Renom, que hunde el cuchillo en el bolsillo de su abrigo antes de salir.
—¿Qué quería? —pregunta el propietario, que acaba de girarse al oír la puerta—. ¿No ha pedido nada?
—Preguntaba por una calle, pero yo no he sabido decirle —responde Saray mientras sigue colocando los vasos limpios en un estante.
En la calle, a pocos pasos de la cafetería, Víctor arroja ambos móviles a una papelera.
Ha sido la primera de las órdenes recibidas.
Todos los móviles que lleves encima . De alguna manera la persona con la que ha hablado unos instantes sabía que Víctor disponía de un segundo aparato para sus conversaciones con Brufau.
Inmediatamente después levanta el brazo y un taxi se detiene frente a él.
Le indica al taxista que debe enfilar la Rabassada.
Esa ha sido otra de las órdenes recibidas: llegar en taxi y hacerlo con el atardecer.
La siguiente: no llamar a la policía bajo ningún concepto.
—Yo le diré dónde debe dejarme.
El taxista, un chico paquistaní de ojos saltones y bigote breve que no conoce la ciudad, le pide que deletree el nombre.
Tras varios intentos el joven consigue introducirlo correctamente y el GPS indica el camino más corto para embocar la carretera que se encarama a Collserola.
Víctor asiente y el joven taxista se une a la circulación.
Contempla la ciudad que deja atrás, una ciudad iluminada por la cercanía de la Navidad.
Recuerda que Noa adoraba la Navidad. Las comidas en familia, los regalos, el árbol, las luces que embellecen las calles…
Incluso las multitudes por todas partes.
Todo la entusiasmaba. Además, justo antes de fin de año, celebraban su cumpleaños.
No llegará a cumplir los quince. Era la más pequeña de su curso.
La niña de fin de año. Pronto se despedirán de Noa que será enterrada junto a sus abuelos paternos en el panteón familiar.
Víctor piensa que quizás no esté allí para decirle adiós.
La dulce Noa. La hija perfecta.
Su ratita.
Retira las lágrimas que anegando sus ojos confunden los contornos y hacen bailar coches y casas. Quizás sea la última vez que contemple las calles de la ciudad en la que ha vivido toda su vida, la ciudad en la que esperaba envejecer y morir junto a Aitana viendo crecer a Noa y a Raúl.
En una de las vías que atraviesan se encienden en ese instante las farolas.
Noa aseguraba que era aquel un instante mágico.
Cuando era muy pequeña había preguntado dónde estaba el señor que accionaba el interruptor de las farolas.
¿Cómo es que nunca podían verlo? Eran tantas las cosas que la entusiasmaban, tantos los detalles que apreciaba y que escapaban a todos los demás.
Víctor cierra los ojos y se inclina hasta rozar con la frente el asiento delantero.
—¿Usted bien? —pregunta el taxista, que, con ayuda del retrovisor, observa que su pasajero está llorando.
Cabecea, es su forma de asentir sin despegar los labios. No puede hacerlo sin derrumbarse. Contempla el mar mientras ascienden. Nunca antes Barcelona, cuajada de luces y sobre la que se derrama ya la noche, le ha parecido tan bella. Desearía que el trayecto no acabase nunca.
Palpa el cuchillo en el bolsillo derecho de su abrigo.
No quiere llegar.
Pocos minutos después, justo tras superar una curva a la derecha, alza la voz y ordena al taxista:
—Pare aquí, por favor.
El joven se encoge de hombros. Una cuneta desierta y cubierta de arbustos pelados en mitad de la nada no parece un buen lugar para detenerse. Se gira y con un gesto de extrañeza pregunta:
—¿Usted seguro?
—Sí. No se preocupe.
Paga y abandona el vehículo. El taxista le desea buenas noches por cortesía tras preguntar si quiere que le espere o que lo recoja dentro de un rato.
Víctor niega con un gesto. Nada le gustaría más que regresar a casa en el taxi del joven que le devuelve su tarjeta de crédito y la acompaña con un papel en el que figura fotocopiado su nombre y su número de móvil.
—Por si usted necesita.
Una especie de reclamo que Víctor guarda junto a la VISA. Nunca se sabe.
El joven cambia de sentido algo más arriba antes de descender de nuevo en dirección a una ciudad que se le antoja acogedora si se la compara con la carretera oscura y solitaria que va dejando atrás.
Mira a Víctor con curiosidad y levanta las cejas a modo de saludo cuando pasa frente a él.
Lo pierde de vista con recelo. No es un buen lugar para estar solo.
Ni coches ni personas a la vista. Nada. Nadie.
Víctor comprueba que el frío es más intenso a cielo abierto y la oscuridad cada vez mayor. También lo es el miedo que parece trepar desde las suelas heladas hasta sus manos no menos ateridas, hasta sus ojos que lagrimean, hasta su estómago desbaratado, hasta el rincón más remoto de su mente.
Ignora cuánto tiempo tendrá que esperar rodeado de sombras.
Con las manos en los bolsillos del abrigo, la cabeza hundida entre las solapas y el corazón sin freno, Víctor aguarda con la mirada en la carretera desierta.
Piensa en Aitana. No espera mucho de la policía, aunque el inspector le parece un hombre sagaz.
Demasiados secretos. Si muere serán tantas las preguntas que no tendrán respuesta que quizás no pueda perdonarle.
Se arrepiente de no haber atendido ninguna de sus llamadas. Sabe que no ha sido justo con ella.
Quizás habría podido conseguir una pistola, encargarse él mismo de acabar con la pesadilla aun a riesgo de perder la libertad.
Se reprocha no haber pensado antes en un encuentro cara a cara.
La urgencia con la que debía acudir a la cita ha hecho que no pudiera hacerlo.
Algo así requiere tiempo y contactos, piensa.
Quizás una compra por internet. De nada sirve darle vueltas.
No hay remedio. Palpa el cuchillo y tiembla de frío mientras espera que se detenga alguno de los coches que suben en dirección al Tibidabo y que de él descienda la persona que mató a Noa y a Brufau.