Tedesco
Lidia aparece sin ruido en el despacho cuando el inspector finiquita un bocadillo de jamón. La agente, que acaba de materializarse frente a su mesa, agita unas hojas en la mano y tiene en los ojos el brillo que el inspector conoce y que equivale a decir: tengo algo.
Mira a la agente mientras se endereza en la silla y la anima a hablar con un gesto.
—Iván está llegando —aclara Lidia con un guiño para explicar los pocos segundos de demora.
Justo en ese instante el mosso aparece en la puerta.
Se diría que jadea tras haber recorrido una distancia de unos quince metros.
El inspector todavía se pregunta cómo pudo superar las pruebas físicas.
¿A quién pudo sobornar? ¿Qué fisura en el reglamento aprovechó para ser admitido?
Para Iván Cabrera el Scrabble es un deporte de riesgo.
Con el propósito de ahorrar tiempo en permisos innecesarios Tedesco le ordena:
—Entra y siéntate.
Obedece. Por fortuna, y porque se conoce mejor que nadie, elige la silla más cercana a la puerta.
—Tengo la autopsia de Nieves Latorre —anuncia Lidia, que sigue sacudiendo los papeles en el aire con el brío que emplearía para agitar una bengala.
Es tan joven y tan entusiasta que al inspector el gesto de la agente le resulta entrañable.
Recuerda haber sentido ese mismo ímpetu, esa urgencia que todo lo relega, cuando entró en el cuerpo de policía.
Todo apremiaba. La adrenalina invadía la sangre a la menor oportunidad, nunca antes se había sentido tan vivo.
—Y evidentemente la has leído —señala Tedesco sin que suene a recriminación.
—Sí —responde con una sonrisa de complicidad—, pero antes de que se me olvide.
Serena no ha encontrado ninguna relación entre las personas de las que tenemos alguna sospecha y la familia de Nieves.
Ninguna. Aunque ha podido comprobar que tanto Martin Evenson como Gabriel Roberts tienen cosas que ocultar en el pasado, ninguna de ellas parece indicar que pudieran estar implicados en su muerte o vinculados de alguna manera a la familia.
Roberts es alcohólico y muchos años atrás, en Liverpool, se vio envuelto en algún incidente violento.
Él mismo lo ha reconocido cuando Samuel y Serena han vuelto a hablar con él.
Asegura que lleva años de abstinencia, pero Samuel lo duda, estaba muy nervioso y juraría que había bebido.
—Está bien. Sigue.
—Lo de Martin Evenson es un asunto delicado.
Serena ha contactado con el centro en el que estudiaba en Bristol.
Fue sorprendido mientras mantenía una relación sexual con uno de sus profesores.
Los descubrieron en un aula. El chico le practicaba una felación.
La relación era consentida, pero Martin era menor.
Todavía lo es. El profesor fue despedido, pero no hubo denuncia.
El padre de Martin se negó a acudir a la policía.
Quiso taparlo todo y que no trascendiera.
Sacó al chico del centro y se trasladaron a Barcelona.
Lo que pasó en Bristol, quedó en Bristol.
Tedesco resopla con desagrado. De nuevo el afán por borrar el pasado, por esconder los trapos sucios. Familias con grandes alfombras.
—Creo que eso es todo.
—¿Y qué dice la autopsia?
—Que la chica murió desangrada —afirma Lidia, y hace una pausa dramática.
—Como Noa y como Pere Brufau —añade el policía, al que no le sorprende el dato. De naturaleza impaciente, Tedesco intenta imprimir ritmo a la explicación.
—Murió desangrada porque cuando el coche se estrelló contra el árbol la chica sostenía en sus manos dos copas de cava, dos copas de cristal muy delicado, de esas largas, aflautadas. Se clavó los cristales en el torso, en los brazos, en la cara… Por todas partes. Murió desangrada en pocos minutos.
Iván reproduce en silencio los dos círculos que marcaban los dedos de Noa.
Su cerebro es mucho más veloz que el resto del organismo.
El policía lo advierte. Han alcanzado la misma conclusión en el mismo instante.
El asesino de la adolescente trató de revivir el accidente sentando a Noa a la izquierda en el banco como si acompañara al conductor de un vehículo y disponiendo sus dedos como si sujetaran las copas.
—Pero eso no es lo más sorprendente. Por lo que puede deducirse de la autopsia, aunque la ambulancia no hubiera tardado más de quince minutos en llegar desde que un motorista que circulaba justo detrás dio el aviso, Nieves Latorre se hubiera desangrado de todas maneras.
Los cristales seccionaron venas y arterias de cierta importancia, perdió sangre muy deprisa.
Tedesco carraspea para que prosiga al tiempo que se inclina hacia adelante como si temiera perder algún detalle crucial.
Iván cambia de postura en la silla sin alterar el gesto, es su manera de aliviar la impaciencia que parece no experimentar.
Ambos intuyen que la información que la agente se reserva resultará crucial para hacer avanzar el caso.
—En la sangre de Nieves detectaron una concentración importante de cocaína y de raticida. Ya sabemos que el raticida propicia el sangrado.
—Cocaína —repite el inspector como si hablara para sí mismo.
—El accidente se produjo en la carretera de la Rabassada, a medio camino de ninguna parte. Ni pisos, ni cafeterías, ni restaurantes… Nada. La ambulancia no llegó a tiempo y el motorista que se detuvo intentó ayudarla, pero no pudo hacer nada.
—El raticida se utiliza para alargar la cocaína, es una forma de adulterarla que se emplea en algunos países.
Aquí lo han detectado en alguna ocasión.
No muchas. Generalmente no da problemas y el comprador ni se entera, pero si la persona que lo consume sufre una herida, la hemorragia es algo más difícil de detener —añade Iván, y el policía juraría que lo está leyendo dentro de su cabeza, en alguna de sus muchas carpetas destinadas a acumular información—. Si las heridas eran importantes…
—¿Y quién pudo proporcionarle la cocaína a una chica tan joven?
—¿Víctor? —apunta Lidia.
—Y el camello de Víctor…
En la mente de todas las imágenes del cadáver de Pere Brufau con cortes en la parte superior del torso y en la cara, la mano abierta sobre el muslo en actitud oferente y en los bolsillos pastillas y cocaína para distribuir.
Tedesco palpa sus bolsillos ante sus agentes algo perplejos. Busca su móvil, se impacienta. Lo encuentra poco después bajo una carpeta y llama de nuevo a Víctor Renom. Es urgente que pueda hablar con él.
No contesta la llamada.
El policía comprueba la pantalla. Ha llamado doce veces durante el día.
El padre de Noa no ha descolgado en ninguna ocasión.
Necesita tanto ese café negro y muy caliente que pronto experimentará algún tipo de síndrome de abstinencia.
Quizás empiece a sacudirse en la silla como poseído por el diablo.
—¡Joder!, hemos de dar con él. Todo apunta… —No acaba la frase, no es necesario. Por eso escoge a sus agentes, por eso confía en ellos, para no tener que dar más explicaciones de las necesarias—. Necesitamos la señal de su móvil.
Todos los indicios señalan a Víctor Renom como una posible próxima víctima. Parece evidente que, en contra de lo que afirma Sara Bascones, no se encuentran ante un asesino en serie que mata por el perverso placer de ver morir, de matar. Los vínculos entre ambos crímenes así lo confirman.
—¡Mierda! —exclama, y se apoya en el respaldo de la silla con un gesto brusco. Una punzada de dolor acompaña el movimiento inesperado.
El policía cierra los ojos y espera a que mengüe el dolor.
Todo apunta a un ajuste de cuentas.
—¿Tenemos imágenes?
Lidia, que se ha levantado ya para salir corriendo, niega con la cabeza.
—Nada que pueda servirnos. Mala calidad y una única perspectiva.
Hemos identificado a Brufau, llega y se dirige al banco.
Lo vemos durante unos minutos sentado de espaldas.
La persona que se acerca y se sienta junto a él se cubre con anorak, gafas oscuras y capucha.
Imposible la identificación. Además, era de noche y entra en imagen dándonos la espalda, en ningún momento se le ve la cara, como si conociera la situación de las cámaras.
Es alguien alto y delgado, es todo cuanto podemos saber.
No me atrevería a decir si es hombre o mujer.
Seguiré buscando, quizás consiga alguna más —añade la agente, que se aproxima a la puerta del despacho para abandonarlo mientras Iván inicia su operativo particular para ponerse en pie.
El inspector resopla y murmura una maldición antes de dirigirse de nuevo a sus agentes.
—¿Qué hay del móvil?
—Estamos esperando la autorización, no puede tardar.
—Quiero la localización exacta de ese móvil, y la quiero ya. Pásame al juez, necesitamos que nos autorice inmediatamente —aúlla Tedesco, y golpea la mesa con el puño.
La agente echa a correr como perseguida por una bala. Comparte con su superior la sensación de que el tiempo apremia.
—Iván, comprueba el lugar exacto en el que se produjo el accidente —ruge—. Y espabila. ¡Joder! Muévete.
Iván inicia el trote.
Tras espolear al mosso parsimonioso con el cerebro bien amueblado y las extremidades lánguidas como mano de cura, el policía sale al pasillo y rebusca monedas en el bolsillo.
No las encuentra.
—¡Hay que joderse!