Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Gabriel
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Gabriel

El conserje se detiene cerca ya de la puerta del edificio con las llaves en la mano.

—Voy a abrir para… —No acaba la frase, el director le interrumpe.

—Cuando hayan salido, pasa por mi despacho. Quiero hablar contigo.

Aguarda tembloroso a que el último de los alumnos que regresa a casa para comer haya abandonado el Saint Michael, cierra y se dirige a su casa casi a la carrera.

Necesita un trago. Lo necesita como el aire que respira, como el abrigo que tanto echa en falta.

Se aclara la boca varias veces para ahuyentar el color y un par de minutos después pide permiso para entrar en el despacho del profesor.

—Pasa, Gabriel. Siéntate.

Nunca antes el director le ha invitado a sentarse.

Acostumbra a recibir las instrucciones de pie.

Siempre son claras, precisas, apenas unas palabras.

Intuye que la bronca por lo ocurrido será de las que no se olvidan.

Se sienta sin aproximar la silla a la mesa.

Sabe que, a pesar de las precauciones tomadas, el aliento puede delatarle.

—Como comprenderás no puedo dejar pasar lo que ha ocurrido hace un rato.

No sé a qué se debe tu reacción y creo que no me importa.

Sea lo que sea lo que te haya dicho el chico, lo que has hecho es intolerable.

Ningún empleado puede intimidar a un alumno como has hecho tú.

Has agredido a un alumno en presencia de sus compañeros y de algún profesor. ¿En qué estabas pensando?

Gabriel calla. Comprende que la pregunta es retórica y que no requiere una respuesta.

El director, siempre pomposo, parece haber olvidado los preámbulos.

Viste de gris y siempre se anuda al cuello una corbata roja.

Gris y rojo oscuro, los colores del Saint Michael’s School que se repiten en el aulario, el pabellón y los pasillos.

Mira al conserje directamente a la cara mientras repite el gesto de atusarse repetidamente el cabello hasta conseguir que quede pegado a la cabeza como si acabara de lamerlo una vaca.

Resulta evidente que se siente incómodo y que preferiría estar haciendo cualquier otra cosa.

—Lo que ha pasado llegará a las familias y a la asociación de padres.

Ya lo sabes. Todo vuela. No tardaré en recibir alguna llamada.

Eso si tenemos suerte y nadie lo ha grabado.

Si hay imágenes, será un verdadero desastre.

Un conserje intimida a un alumno y lo agrede. No sobreviviremos a más mala prensa.

Ahora viene cuando lo matan, piensa Gabriel que empieza a temer lo peor.

Y no se equivoca. No se atreve a explicar que el chico estaba indignado porque el memorial en recuerdo de Noa había desaparecido.

No replica. No añade que la orden dada por el director estaba en la causa del altercado y que no solo era inadecuada, era francamente odiosa.

Un error. ¿De qué serviría esclarecer el origen del malentendido propiciado por el miedo a ser acusado del asesinato de la chica?

—No puedo tolerarlo. Este centro no puede consentir que pasen cosas como la que ha sucedido hoy en el patio.

Espero que Martin no se lo explique a su padre, creo que no lo hará, no tienen buena relación, pero podría equivocarme.

Si habla con él no solo nos puede caer una denuncia, puede ser mucho peor.

Mucho peor. No quiero ni pensar lo que… —No acaba la frase.

Imagina una fotografía de Gabriel zarandeando y sujetando por el cuello a un alumno asustado. Puede anticipar los titulares. Mueve la cabeza a derecha e izquierda. Niega. Ni un solo cabello se separa de su cabeza.

Gabriel entorna levemente los ojos y se muerde el labio inferior. Es su manera de procurar permanecer con la boca cerrada para evitar que el aliento a alcohol alcance a su interlocutor. Una estrategia, una de tantas.

—Por no hablar de tus problemas con el alcohol.

Gabriel da un respingo.

—Que no haya dicho nada hasta ahora de tu inclinación al whisky no significa que me haya pasado por alto.

Por respeto a tu situación, porque sé que perdiste a tu esposa y que han sido años difíciles, he pensado que podía dejarlo pasar.

Esperaba que reaccionaras y que controlaras el problema, pero no ha sido así y tu afición no ha pasado desapercibida.

Ni a mí ni a nadie. Y si yo lo sé y lo saben los profesores y seguro que lo sospecha también algún alumno; es muy posible que ahora mismo corra ya entre las familias.

—Pero yo puedo… No volverá a pasar, yo sé que…

—No sigas, Gabriel. La decisión está tomada. Has tenido oportunidades y no las has aprovechado. La situación ha ido a peor y como director debo tomar una determinación. Es mi obligación.

Gerald Thompson no le ahorra la pausa dramática.

—Tienes un mes para buscar una vivienda.

Dentro de un mes dejarás de trabajar aquí y con el empleo perderás la casa que será ocupada por el nuevo conserje.

Lo siento, sé que es un problema para ti, pero no puedo hacer otra cosa.

Y espero un mes porque creo que para entonces el asesinato ya no estará en los periódicos y tu despido no llamará la atención.

Si llega a saberse el motivo podría perjudicarnos.

También espero que durante los días que seguirás aquí trates de no meterte en líos.

Ni tú ni el centro necesitan más problemas.

Gabriel permanece clavado a la silla. No rebate las palabras del director. No puede. No sabe.

—Ahora puedes irte. Y espero que te comportes con el Saint Michael como el centro se ha comportado contigo.

Gabriel Roberts se levanta apoyándose en la mesa y desaparece sin despedirse.