Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Aitana
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Aitana

La mujer que se sienta frente a Mauricio Tedesco ha perdido el aplomo y ha olvidado la distinción entre las sábanas.

Dos medias lunas moradas ocupan sus párpados inferiores.

Parece disculparse por existir. Ha saludado al policía estrechándole la mano mientras le pedía perdón por algo que el inspector no ha acertado a saber. Tampoco ha preguntado.

—No sé dónde está. Le he llamado mil veces.

No coge el teléfono y no ha vuelto a casa.

Al despacho no ha ido en toda la mañana.

Y no sé qué hacer, no sé qué puedo hacer.

¿Y si le ha pasado alguna cosa? ¿Y si le pasa lo que le pasó a Noa?

No sé lo que… —Habla atropelladamente, como si pretendiera expresar varias inquietudes al mismo tiempo y le resultara imposible establecer prioridades—.

Y si no ha ido al despacho ya no sé qué pensar.

No sé, no puedo… ¿Y si también él desaparece?

—No lo creo. Sabemos que salió del edificio con su coche, quizás necesitaba estar solo, quizás…

—Siempre sale en coche. Eso no quiere decir nada. Creo que debería denunciar su desaparición.

—Lo sé, sé que no es normal, pero no creo que deba usted preocuparse. Además, es un adulto y no ha pasado mucho tiempo. Estamos esperando la orden para localizar su móvil.

—¿Usted no estaría preocupado?

Tedesco retiene el sí que le sube a los labios, controla el gesto de asentimiento que le pide su honestidad y lo substituye por una pregunta:

—¿Ha averiguado algo del accidente que le comenté?

—He hablado con la hermana de Víctor. Sus padres murieron, solo tiene una hermana mayor, Pilar.

Se llevan casi diez años, y vive en Lyon desde hace mucho tiempo.

Recuerda el accidente, pero ya no vivía en casa cuando ocurrió, estaba en Francia, se había casado y volvía a Barcelona de tarde en tarde.

Solo sabe lo que su madre le explicó. Nunca habló con Víctor de ese tema, su madre le rogó que no lo hiciera para que pudiera pasar página cuanto antes.

La familia estaba preocupada por él. Dice que llegaron a prohibirle que le hablara del accidente para no traumatizarle. Era un tema tabú.

Si no se mienta, no existe, recuerda haber oído el policía de labios de su propia madre. En esa absurda convicción reside el propósito de la mayor parte de los secretos. No existe, se borra de la memoria lo que no se mienta. Como policía sabe que no hay mentira mayor. Todo permanece.

Tedesco inclina la cabeza en un gesto que repite muy a menudo cuando advierte que algo no acaba de encajar. Un accidente, es un accidente. No es un delito como tal.

—Todo lo que sé es que Víctor conducía, acababa de obtener el carnet, iba acompañado de una chica muy joven, una menor, y el coche se salió de la carretera en una curva.

Perdió el control. La chica murió —añade Aitana—.

Pilar no llegó a conocerla, solo sabe que era novios, que salían.

Creo que los padres de Víctor tampoco la conocían, no la había llevado nunca a casa.

El policía asiente. Nada en sus palabras que aporte algo de luz al caso. Sin embargo, no deja de sorprenderle el silencio absoluto sobre lo ocurrido tanto en el seno de la familia como en los medios.

—Le puedo asegurar que en su casa nunca se hablaba de lo que pasó. Pilar no miente. Nadie se refirió nunca al accidente delante de mí. Víctor, tampoco. Eso es lo que más me extraña. Pensaba que confiaba en mí, siempre lo he creído.

Calla unos instantes. Es evidente que todas sus convicciones se han volatilizado.

—Creo que siguieron con sus vidas como si no hubiera pasado nada.

Intentaron olvidar a cualquier precio. Y yo juraría que lo consiguieron.

Pilar no ha sabido decirme hasta qué punto afectó a Víctor la muerte de la chica.

No tiene ni idea. Pero es lógico pensar que no debió de ser fácil pasar por algo así.

Se interrumpe unos instantes, se le ha quebrado la voz.

—La culpa es tan…

Y ocultando la cara entre las manos Aitana Nasarre intenta controlar el llanto. No lo logra.

Devastadora, piensa el policía que aguarda pacientemente a que la mujer se recupere. La culpa es devastadora. Cuando, tras haber apartado las lágrimas, Aitana Nasarre mira de nuevo al policía, su rostro es el de una mujer acabada.

—Por el momento no sabemos dónde está su marido, intentamos localizar la señal de su móvil. En cuanto sepa alguna cosa la llamaré. Necesitaría que nos facilitara los nombres y los teléfonos de los amigos de su esposo.

Aitana mira fijamente al policía como si comprender sus palabras le exigiera un gran esfuerzo de concentración. Tiene los ojos enrojecidos y los labios sin color. Sigue siendo una mujer muy guapa, aprecia el policía. Asiente.

—Quisiera hacerle una pregunta. ¿Conoce usted a un amigo de su marido, un amigo de juventud llamado Pere Brufau?

Piensa antes de responder:

—No. No lo he visto ni he oído hablar de él. ¿Es importante? ¿Ha sido él el que…? —No se atreve a continuar. Las manos le tiemblan a la altura de la barbilla. Ha perdido el control sobre ellas.

—No, no. Solo es un nombre que ha aparecido en el curso de la investigación. En cuanto tenga algo, la llamaré —promete el policía mientras inicia la dolorosa maniobra de ponerse en pie y tantea el bolsillo de la americana para asegurarse de que el ibuprofeno sigue allí.

Aitana comprende que ha llegado el momento de abandonar la comisaría y se levanta muy despacio. Tiende la mano en un automatismo y Tedesco la encaja de nuevo.

—Una agente anotará nombres y teléfonos. Y si recuerda alguno más, llame. Cuando acabe un coche la llevará a casa.

—Gracias.

* * *

Minutos después la madre de Noa rechaza con un manotazo el micrófono que una joven pelirroja acaba de acercarle a los labios. César la ha visto bajar del coche policial, se apresura y le abre de inmediato. Aitana lo mira como si no lo reconociera y susurra:

—Gracias.

El conserje llama el ascensor y, antes de que las puertas se abran, Aitana se gira y pregunta:

—Ha llegado mi marido.

César asiente.

—Sí, hace unas horas.

—¿Ha subido a casa?

—No, no lo creo. Volvió a salir inmediatamente.

—Perdona, César. ¿Cómo sabes que se ha ido?

—Aparcó el coche, pude verlo por la cámara del parking, subió hasta aquí y salió a pie por la puerta de servicio. —El conserje no le informa de que le pidió discreción. No sabe qué debe decir y se limita a responder a sus preguntas.

Aitana parece confusa y algo aturdida.

—Gracias. Y disculpa. Son días muy difíciles.

—Lo entiendo, señora. No hay nada que perdonar. —Y, aunque detesta cada hora que pasa en la jaula, César respeta a la mujer rota de dolor que nunca tuvo con él una mala palabra. Una de las pocas personas a las que el portero de la finca no aborrece.

Las puertas del ascensor se cierran ante el rostro ajado de Aitana Nasarre. Lina, la abuela materna, recogerá a Raúl en el Saint Michael, pronto estarán en casa.

Tiene tantas ganas de abrazar al hijo que sigue vivo.