Víctor
Lleva un par de horas dejando correr el tiempo en una cafetería no muy lejos de su casa.
Había decidido regresar y hablar con Aitana, hablarle del accidente con resultado de muerte y de su posible relación con lo ocurrido a Noa.
Pensaba reconocer un pasado con una zona oscura y descargarla así de la culpabilidad.
Era un buen propósito, la única alternativa honesta. No había otra.
Se ha echado atrás en el último momento.
Tras dejar el coche en el aparcamiento del edificio no ha encontrado el valor y ha desistido.
Ha subido en ascensor hasta la planta baja y, ante la estupefacción de César, que abría ya su fiambrera y destapaba su lata de cerveza, se ha llevado el índice a los labios rogándole silencio y ha salido a la calle por la puerta de servicio para no ser visto.
No recuerda haberla cruzado nunca antes.
Ha entrado en una cafetería modesta encajada entre un portal y una tienda de objetos de decoración.
No la había pisado con anterioridad. Por lo que ha podido deducir la frecuentan asistentas en sus ratos libres, porteros, repartidores y conductores privados.
Pide un bocadillo y un vaso de vino. Lleva horas sin ingerir nada y come en pocos minutos.
El vino, tinto y bronco, le desagrada y es reemplazado en cuestión de segundos por una caña muy fría seguida de cerca por un café.
Distrae la mente ojeando un diario manoseado y sucio de café y siguiendo una conversación entre dos mujeres sentadas a una mesa cercana que ocupan así un breve descanso.
Una de ellas abomina de la familia para la que trabaja por la forma en que se dirigen a ella y porque un vaso o un plato roto le son descontados de un sueldo de miseria.
A juzgar por lo que dice y por el resentimiento con que acompaña sus palabras no parecen faltarle las razones.
Añade que les pela la fruta de postre y que, excepto el señor de la casa, nadie se molesta en tapar el tubo de pasta de dientes.
—Él porque nació pobre y lo espabilaron un poco. Los demás como si no tuvieran manos para coger el cuchillo. Es que me sacan de quicio. Si no necesitara el dinero les iba a pelar la fruta Rita la Cantaora.
—O su puta madre —añade su interlocutora, una mujer algo más mayor y más harta todavía, que no parece tener mejor opinión de sus empleadores—.
La mía no retira ni la mesa de la cena. Me la encuentro cuando llego cada mañana.
Todo, platos, vasos, ceniceros… Y como fuma como una carretera el salón apesta.
Pero eso no es lo peor, lo peor es que cuando se levanta arruga la nariz porque le disgusta el olor y suelta: Carmen, esto es horrible, ventila, por favor.
Como si el olor lo trajera yo de mi casa.
—Y la mujer aflauta la voz e inclina la cabeza hacia el hombro imitando a una criatura consentida—.
Y eso cada mañana, Conchi, cada mañana. ¡Hay que joderse!
Víctor piensa que quizás Gladys habla de ellos como lo hace la mujer. Lamentaría que así fuera y hace un fugaz propósito de enmienda.
Sin perder el hilo ha seguido intentando hablar con Brufau mientras, demasiado acobardado para atender las llamadas perdidas, Víctor mantiene su móvil personal en silencio en el bolsillo del abrigo.
No responde a Aitana, tampoco devuelve las llamadas del despacho ni las de la policía que, con toda seguridad, sigue indagando en su pasado.
No sabría qué decir. Siente ganas de esconderse, de desaparecer.
¿Cómo reconocer ante los demás lo que lleva tantos años tratando de borrar de la memoria?
En varias ocasiones ha intentado ponerse en pie y dirigirse a su casa.
Se ha concedido a sí mismo las correspondientes y oportunas demoras. ¿Cómo mirar a su mujer a los ojos?
Espera poder hablar con su antiguo amigo, necesita saber si ha localizado a la familia de Nieves, por ese motivo el móvil prepago descansa sobre la mesa junto a la taza de café. No lo pierde de vista.
De repente la pantalla se ilumina, Víctor Renom se sobresalta y a punto está de dejar caer la taza de café. Acaba de recibir un WhatsApp. Procede del móvil que le dio a Pere Brufau.
Suspira con alivio. Noticias de Pere.
Un único mensaje:
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Y un link que remite a una publicación digital que no acostumbra a leer.
BcNews
ÚLTIMA HORA
El hallazgo de un nuevo cadáver a primera hora de la mañana conmueve al Poble-sec
Sara BASCONES
El cuerpo sin vida de un hombre ha sido encontrado esta mañana en la plaça dels Ocellets, un espacio público que desde el barrio del Poble-sec se abre a la popular y transitada avinguda del Paral·lel.
Un hombre sentado en un banco con la cabeza vencida hacia su hombro y un rastro de sangre a sus pies ha sido hallado por los primeros transeúntes que, con el amanecer, atravesaban la plaza.
Ha sido el propietario de un bar cercano que se disponía a levantar la persiana el que ha alertado a la policía que ha llegado pocos minutos después.
Aunque no ha trascendido todavía la identidad del fallecido, hemos podido saber que tenía entre cuarenta y cincuenta años de edad, que vestía un anorak que ha sido descrito por los testigos como de camuflaje y que se cubría con un gorro negro.
No puede seguir leyendo. El corazón encabritado parece a punto de atravesar las costillas y un sudor helado se reparte ya por todo su cuerpo.
Cierra los ojos y se lleva la mano al pecho, le cuesta respirar.
Permanece así unos segundos, intentando controlar el miedo y la ira.
Su actitud despierta el recelo del camarero que no aparta la mirada.
No necesita un cliente infartado cuando está a punto de acabar el turno.
Ha prometido recoger a sus hijos en la escuela. ¡Mierda!
Víctor abre los ojos y lo hace muy despacio, sigue respirando con dificultad. Inspiraciones muy profundas seguidas de expiraciones entrecortadas. El camarero no le quita ojo. También las dos mujeres se fijan en él.
Con mano temblorosa retira el sudor que le perla la frente e intenta comprender.
La noticia de la muerte de Brufau ha sido enviada desde su móvil, el mismo que Víctor le entregó horas atrás.
Parece imposible, pero así es. Tiembla al deducir que, con toda probabilidad, el aparato está en manos de la persona que acabó con su vida. Y con la de Noa.
Inspira.
Se obliga a continuar.
Fija la mirada en el texto. Sobrevuela las líneas ya leídas y con la mano entreabierta sobre los labios deja ir el aire muy lentamente.
Y, aunque no hemos podido asistir al levantamiento del cadáver que ha sido ordenado por el juez poco después de su localización, sí que estamos en condiciones de adelantar a nuestros lectores que entre la muerte de Noa y la del desconocido existen paralelismos evidentes.
Ambos cuerpos fueron hallados en lugares públicos y concurridos a lo largo del día.
Al parecer en ninguno de los casos el asesino ha pretendido ocultar su crimen, por el contrario, se diría que intenta demostrar de lo que es capaz.
Retira la mano e inspira de nuevo con los ojos cerrados. El joven camarero abandona la barra y se acerca sin ruido.
Quizás pretende así burlarse del cuerpo policial, aunque este extremo sea solo una suposición.
Por otra parte, y siempre según los testigos presenciales, ambos perdieron mucha sangre antes de fallecer.
En ninguno de los dos asesinatos existen alertas policiales previas a los macabros hallazgos, tampoco alteración del orden.
Ambos han sido cometidos con total discreción por un criminal extremadamente cauteloso.
Esperamos que dichas similitudes, que resultan obvias, no pasen desapercibidas a la policía.
Víctor levanta la mirada y, con un gesto, tranquiliza al camarero.
Tal y cómo aventurábamos en ediciones anteriores a raíz de la muerte de Noa Renom, el asesino parece desear que su obra criminal sea contemplada y «admirada».
Creemos poder afirmar que posee un componente narcisista que solo se ve satisfecho con la repetición del acto criminal y la indudable proyección que este comporta.
Cabe preguntarse cómo elige sus víctimas.
¿Existe una explicación o simplemente se deja guiar por el azar?
Si existe, quizás nuestra policía sea capaz de determinar el vínculo existente entre Noa y el desafortunado desconocido que se hizo tatuar una hoja de marihuana en la mano. Así lo esperamos por el bien de todos.
Probablemente no es este el último asesinato que sacudirá la ciudad.
La pregunta es:
¿Quién será su próxima víctima?
Víctor se ha inclinado sobre sí mismo y roza la mesa con la frente. Cree poder responder a la pregunta que plantea la periodista.
Habrá una próxima víctima.
Gime.
—¿Necesita ayuda? ¿Se encuentra bien?
Víctor Renom levanta la mirada. Y, aunque es evidente que precisa algún tipo de auxilio, niega con la cabeza. No consigue hablar.
El joven camarero se aleja despacio y sin perderle de vista.
En ausencia de la propietaria no quiere problemas.
Las dos mujeres que conversaban se levantan ya para marcharse.
Contemplan con compasión al hombre derribado.
Va bien vestido, lleva buen reloj y mejor abrigo, pero no desearían estar en su piel.
Parece un muerto en vida. Está muy pálido y terriblemente asustado.
Ignoran que es el padre de la chica desaparecida días atrás, la chica brutalmente asesinada.
En un rincón un anciano ojea el periódico ajeno a todo. Un bastón descansa apoyado en la mesa.
Una llamada ilumina ahora la pantalla.
Como el mensaje anterior procede del móvil de Pere Brufau. El móvil de un cadáver.
No se atreve a descolgar dentro de la cafetería. Se levanta bruscamente con arrastrar de silla, deja un billete sobre la barra y sale. Se siente perseguido por el diablo y puede advertir el vómito en rápido ascenso hacia su boca.
Alcanza la calle y responde a la llamada.
—Creo que ya sabes quién soy.
Varado en una esquina, tembloroso por la ira y con las piernas como de gelatina, no acierta a contestar. Se ha llevado la mano libre a los labios.
—Tenemos una conversación pendiente.
Víctor se arrima a la pared del edificio en busca de apoyo. Escucha. No habla. No puede. Si lo hace acabará por desplomarse sobre la acera. Cuando la voz se despide de él un espasmo desbarata definitivamente el vientre.
El bocadillo bañado en cerveza, café y jugos gástricos queda sobre la acera muy cerca de la entrada de la cafetería.
El camarero, que no le ha quitado ojo, maldice su sombra.