Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Martin
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Martin

La profesora ignora lo acontecido en el patio y le apremia:

El chico cruza el aula despacio hasta el pasillo lateral que le permitirá alcanzar su mesa en la última fila.

No piensa avivar el paso. No se desprenderá de su coraza.

Es lo único que posee. Todavía experimenta la rabia ocasionada por la rápida y desconsiderada ocultación de todo lo depositado en recuerdo de Noa.

Panda de hipócritas, piensa y avanza con la vista baja y los dientes apretados.

Amanda Saldaña, de pie frente a la pizarra digital, observa al alumno aparentemente impasible que pasa junto a ella. Intuye que está alterado.

Chantal lo observa, comprende que sigue asustado y profundamente indignado. También que no le falta razón. Mientras tanto, Vivi busca en el interior de la mochila el libro de texto que ha quedado abierto sobre la mesa de su habitación.

—¡Mierda! ¿Dónde coño…? —murmura.

La profesora se impacienta.

—Viviana, haz el favor.

La clase de Historia es una de las que Martin prefiere. Respeta a Amanda Saldaña y le interesa la materia. Al alcanzar la segunda fila el chico se detiene y aúlla:

—¡Joder! ¿Quién ha sido el capullo? —Y de un tirón coge la mochila que alguien ha dejado sobre la silla vacía de Noa y la lanza hacia la mesa de la profesora.

Amanda Saldaña da un respingo y se dispone ya a expulsar a uno de sus mejores alumnos, también uno de los más difíciles. No puede tolerar una conducta tan inapropiada.

—Acaban de matarla. ¡Joder! ¿Es que no os importa nada? —Hay lágrimas en su voz cuando se aproxima a la mochila escolar y la emprende a patadas mientras repite—: ¿Es que a nadie le importa nada? ¿No os importa que la hayan matado?

También él, como Gabriel, ha perdido el control.

Chantal se levanta de un salto, es la primera en comprender. Sujeta a Martin por los hombros y el chico se tranquiliza. Chantal le susurra al oído:

—Nadie volverá a hacerlo. Nadie. Yo te ayudaré.

La profesora observa la escena con cara de perplejidad. No sabe cómo debe reaccionar, también ella ha comprendido el disgusto de Martin y su reacción airada.

—Tiene razón, es la mesa de Noa. —Chantal se dirige ahora a la clase, también a Amanda Saldaña—. Han retirado todo lo que dejamos en el patio. No han dejado nada. Las flores, los mensajes… No queda nada. No podemos olvidarla tan pronto. No es justo.

—Lo siento. Lo siento mucho. No lo he pensado murmura un chico rubio con el rostro salpicado de acné que se levanta abochornado, recoge la mochila y la cuelga de su silla.

—Es cierto, Edgar. Creo que deberíamos conservar su mesa vacía. Sería una manera de recordar lo que ha pasado. No debemos olvidarlo. Y tú, Martin, por favor, siéntate y contrólate. Sé que tienes razón, pero hay muchas maneras de hacer las cosas y no has escogido la mejor.

Sofía Velarde se ha puesto en pie y aplaude mientras Chantal regresa a su sitio y Martin se dirige a su mesa.

Amanda Saldaña la mira y eso basta.

—Bien hecho, Martin —pronuncia en voz alta antes de sentarse. Ni quiere ni puede renunciar a unos segundos de notoriedad—. Bien hecho. Cuenta conmigo.

Martin ha alcanzado su silla y tiembla como si sufriera espasmos, como si alguien aplicara a sus brazos pequeñas corrientes eléctricas.

Hunde el rostro entre los brazos unos instantes.

Necesita serenarse. Y, aunque su conducta es punible dado que ha soliviantado el orden y no ha respetado la propiedad de un compañero, esta vez no habrá sanción.

Algo en el aspecto desolado del chico hace que la profesora inicie la clase sin más dilación.

Intuye que Martin Evenson no necesita más problemas de los que ya tiene.

Claudia Pisón, sentada muy cerca del chico, sigue observando a Martin mucho después de que Amanda Saldaña haya empezado a exponer las causas de la Primera Guerra Mundial.

No ha mirado ni una sola vez el mapa en inglés de los países beligerantes que la profesora proyecta en la pizarra digital y no retiene el nombre del heredero de la corona austrohúngara asesinado en Sarajevo.

Piensa que si muere asesinada le gustaría que alguien reivindicara su memoria como Martin acaba de hacer con Noa.

Se siente tan desdichada que está segura de que nadie se tomaría la molestia.